jueves, 23 de marzo de 2017

Una jornada memorable

La manifestación en repulsa del 23F reunió tras una misma pancarta a Fraga Iribarne, líder de Alianza Popular, junto con la plana mayor del partido comunista, algo nunca visto. Juntos en apoyo de la Constitución, de la democracia
JOSÉ ÁLVAREZ JUNCO 18 NOV 2015 - 18:49 CET
Cabeza de la manifestación que, bajo el lema "Por la libertad, la democracia y la Constitución", recorrió las calles de Madrid el 27 de febrero de 1981 en contra del intento de golpe de Estado del 23-F / EL PAÍS
En el metro, camino de Embajadores, volví a vivir una tensión que había olvidado.
 De reojo, miraba con recelo a los demás pasajeros, intentado adivinar quiénes iban y quiénes no a la manifestación, o sea, quiénes estaban contra el golpe y a quienes les traía sin cuidado.
Había sentido muchas veces, bajo la dictadura, esa desconfianza hacia mis conciudadanos, esa necesidad de saber quiénes y cuántos eran los nuestros.
Y, sin embargo, aunque habían pasado poco más de cinco años desde la muerte de Franco, había olvidado esta sensación.
Ahora la revivía. En el metro o en la calle, merodeando por Atocha o por la Gran Vía, cuando había convocatorias de manifestaciones “masivas”, me había hecho muchas veces el distraído, mirando hacia otro lado, especialmente cuando pasaba junto a los furgones de policía.
Tenía miedo, sentía unas ganas irresistibles de meterme en un bar, de buscar un baño.
La calle parecía la de siempre, no había indicios de que fuera a ocurrir nada extraordinario, pero quién sabía, a lo mejor íbamos a inundar el centro de la ciudad, millones de bocas iban a gritar “libertad, amnistía, Estatut d'Autonomia”, o cualquiera otra de las consignas del momento.
Y el régimen, incapaz de resistir la presión popular, se derrumbaría aquella misma noche.
Luego resultaba que no, que no éramos millones, sino unos centenares, quién sabe si algunos miles, sobre todo estudiantes, grupos pequeños, huyendo de la policía, recibiendo porrazos o siendo detenidos.
 Solo cuando nos agrupábamos en una esquina libre de grises, gritábamos con nerviosismo aquellas consignas, para huir otra vez de inmediato. Aunque aquellos segundos de libertad habían valido la pena.
Por la noche los recordaríamos, engrandecidos.
Era un déjà vu desagradable, sin atractivo nostálgico.
Se me había borrado de la mente, sí, demasiado pronto, había dado por supuesto que no volvería a sentirlo. Pero solo cuatro días antes, el 23 de febrero, el miedo nos había vuelto a entrar en el cuerpo.
No solo a mí, sino a otros muchos.
Porque, en aquel vagón de metro, todos, casi todos, estábamos viviendo la misma sensación. Y es que esta vez, de verdad, éramos muchos.
Lo comprobamos al intentar salir a la calle.
Una marea humana hacía casi imposible subir aquellas escaleras.
Esta vez, sí, íbamos a ser millones. Qué alivio.
Yo iba con unos amigos argentinos, altos, un poco encorvados, inteligentes, depresivos.
Vestidos con la mayor informalidad, como todos nosotros, portaban sin embargo una elegancia innata.
Ellos ya habían vivido aquello y estaban más pesimistas que nadie.
Qué angustia, tener que planear irse de nuevo a otro país.
Yo mismo, que tenía mi billete de tren a París para unos días después, donde estaba contratado para un semestre, me había jurado, aquella tarde del 23 de febrero, que si triunfaba el golpe intentaría quedarme allí, en las condiciones que fuera.
Mi hijo no iba a crecer, como yo, bajo una dictadura.
Aquella tarde del 23, la de cuatro días antes, no la ha olvidado nadie.
A mí me llamó un amigo, hacia las seis y media, diciéndome que pusiera la tele. Vi lo que estaba pasando, porque durante unos minutos fue un golpe televisado.
 Visité luego a un vecino de confianza, que me intentó tranquilizar.
No será nada, no tienen apoyos.
El tiempo demostró que tenía razón, pero en aquel momento lo atribuí a su innato optimismo. A las nueve, cuando la primera cadena debía emitir el telediario nocturno, salió un locutor muy almibarado que anunció, como si no pasara nada, el comienzo de un programa de folklore latinoamericano.
Se me cayó el mundo a los pies.
Se la tengo jurada a ese locutor desde entonces.
Era evidente que los golpistas habían tomado la televisión.
Sin embargo, al cabo de no mucho apareció, creo recordar, Iñaki Gabilondo, que anunció, con voz irritada, que la sede de TVE había estado ocupada por una columna militar, pero que ya se habían ido.
Dijo también que emitirían un discurso del Rey sobre la situación.
Pero el discurso se hizo esperar hasta la una de la madrugada. Hasta entonces, la situación siguió siendo muy alarmante.


La periodista Rosa María Mateo lee ante el Congreso un manifiesto tras la marcha contra el intento de golpe del 23-F / BERNARDO PÉREZ
La tensión del 23F no era casual, ni inesperada. Los indicios se habían acumulado en las semanas anteriores. Y era lógico.
 El tránsito de una dictadura a una democracia nunca es fácil.
En diciembre, Fuerza Nueva había celebrado un congreso y El Alcázar publicado tres artículos del colectivo Almendros, rematados por uno del general Fernando de Santiago y Díaz de Mendívil titulado Situación límite.
En enero, los Reyes visitaron el País Vasco y la izquierda abertzale escenificó una escena muy desagradable en la Casa de Juntas de Guernica. A la vez, sin embargo, el nuevo Estado autonómico parecía seguir añadiendo ladrillos a sus paredes, con la aprobación del Estatuto gallego y de la policía vasca.
Repentinamente, el 27 de enero, Suárez dimitía, con un agorero mensaje de despedida en el que expresaba su deseo de que la democracia no fuera, una vez más, un paréntesis en la historia de España.
Dos días más tarde, ETA secuestraba a José María Ryan, ingeniero de la central nuclear de Lemóniz, que apareció asesinado poco después.
La opinión vasca reaccionó bien y el día 9 se produjo una huelga general, con manifestaciones, en repulsa por aquel asesinato.
Parecía que la violencia terrorista, la lacra más importante que había manchado la Transición, estaba siendo por fin repudiada por los vascos.
Pero apenas cuatro días después se supo que José Ignacio Arregui, miembro de ETA militar, había muerto en Madrid tras una semana de detención.
Los indicios de torturas se daban por descontados.
El efecto Ryan se disolvía y la nueva huelga general y nuevas manifestaciones del 16 fueron ya en protesta por la muerte de Arregui.
La policía le había echado un cable a ETA.
Los días 18 y 19, las Cortes entraron a debatir la investidura de Calvo Sotelo.
El 20 se celebró la primera votación y el candidato de UCD no consiguió la mayoría absoluta. Aquel mismo día, ETA secuestraba a tres cónsules de España.
 El 21, cuando Tejero entró en el Congreso, se estaba celebrando la segunda votación de investidura de Calvo Sotelo.
 El golpe fracasó, como se sabe, y los cuatro días transcurridos habían estado cargados de especulaciones.
 Ahora, el 27, la práctica totalidad de las fuerzas políticas habían convocado esta manifestación en apoyo de la democracia.
A la convocatoria se habían sumado muchas corporaciones públicas y asociaciones civiles y se habían publicado varios manifiestos de adhesión firmado por intelectuales y artistas.
El alcalde Enrique Tierno había redactado un bando exhortando a acudir y a portarse de manera “impecable”.
Pero Fuerza Nueva y otros grupos de extrema derecha habían programado una contramanifestación, casi a la misma hora, a favor de quienes “por vestir un glorioso uniforme” estaban en prisión “como si fueran unos traidores”.
 Encabezaban la marcha, sosteniendo una gran pancarta en la que se leía “Por la libertad, la democracia y la Constitución”, los dirigentes de todos los partidos convocantes.
Recuerdo (porque lo leí y se comentó, ya que fue imposible ver la cabeza de la marcha) a Felipe González, Manuel Fraga, Santiago Carrillo, Nicolás Sartorius, Simón Sánchez Montero, Rafael Calvo Ortega, Agustín Rodríguez Sahagún o Marcelino Camacho.
Luego venía una segunda gran pancarta con los colores de la bandera nacional.
Asistieron también Rafael Termes, en representación de la banca privada, y los directores de los principales diarios madrileños, por una vez unidos.
Pero lo más extraordinario, lo que marcaba un hito en la historia del país, era que Fraga Iribarne, líder de Alianza Popular, de innegable procedencia franquista, desfilara detrás de una misma pancarta junto con la plana mayor del partido comunista.
El nacionalcatolicismo y el obrerismo de estirpe bolchevique apoyaban, de repente, una misma cosa: la Constitución, la democracia.
 Los cordones del servicio de orden, compuesto por unas 5.000 personas, aportadas por cada una de las organizaciones militantes, intentaban proteger y aislar a esta cabeza de la manifestación.
El número de fotógrafos y reporteros era impresionante, y la gente les ovacionaba y aplauía de vez en cuando.
Felipe González, con un megáfono en la mano, intentaba hacerse oír, gritando: “¡Libertad, libertad!”. Santiago Carrillo, a su lado, le secundaba.
La prensa de aquella mañana decía que se esperaba la asistencia de unos centenares de miles de personas.
La realidad les desbordó.
Un millón y medio en Madrid.
Si se le añaden los cientos de miles de Barcelona, Valencia, Sevilla o Zaragoza, y las decenas de miles de ciudades menores, fue, y sigue siéndolo hoy, el mayor conjunto de manifestantes jamás reunido en la historia de este país.
Solamente dejaron de celebrarse manifestaciones, o tuvieron escasa concurrencia, en el País Vasco, por la inhibición de los partidos nacionalistas en la convocatoria.
En Madrid, estaban totalmente ocupados, hasta el punto de no poder apenas dar un paso, la glorieta de Embajadores, la Ronda de Valencia, Atocha, el paseo del Prado, los alrededores de las Cortes.
El escaléxtric de Atocha, que todavía estaba en pie, temblaba bajo el peso de aquella multitud de marcha renqueante.
Llovía a ratos, pero era lo de menos.
Viva la libertad, viva la democracia, viva el Rey.
El pueblo unido jamás será vencido.
Democracia, sí; dictadura, no.
Libertad, libertad.
Un viejito, con el puño izquierdo cerrado y en alto, llevaba una pancarta que decía: “Viva el Rey”.
 La tensión, pese a todo, no desapareció por completo.
En un intento de disolver la concentración, el Batallón Vasco Español anunció, por llamada telefónica, la colocación de un artefacto explosivo de gran potencia en el Jardín Botánico, donde, en efecto, estallaron un par de petardos caseros.
 Por el lado de la izquierda revolucionaria, algunos grupos que pedían “depuración” y “ningún apoyo al Rey”, fueron disueltos. Entre tanto, regresaban a sus hangares los carros de combate de la división Brunete. Venían de unas maniobras en Zaragoza, pero provocaron temores.

Frente al palacio de las Cortes, al que ni siquiera pudo llegar la cabeza de la manifestación, la locutora Rosa María Mateo leyó un comunicado en el que se decía que el pueblo español había tomado la decisión irrevocable de vivir en democracia “con la ejemplaridad que nos compete y transmitir a nuestros hijos la dignidad que nos congrega”; “la fuerza sin norma y sin ley es contraria a una sociedad civilizada” y la condición de “españoles” es inseparable de la de “seres libres”; el grito “¡viva España!” debe por tanto equivaler a los de “¡viva la Constitución! y ¡viva la democracia!”.
 El 27 de febrero, en resumen, fue una jornada memorable. En estos tiempos, en que se desprecia o denigra con tanta facilidad a la Transición, en que se dice que fue una operación planeada, fácil, producto de un pacto poco menos que conspiratorio, conviene recordarlo. Y este país, tan necesitado de símbolos y referencias compartidas por todos, podría pensar en trasladar a esa fecha la fiesta nacional, en lugar del 12 de octubre o el 6 de diciembre. El 12 de octubre podría festejarse el viaje de Colón o la virgen del Pilar, o las dos cosas. Y la Constitución merece ser celebrada no el día en que se aprobó formalmente sino aquel en el que el pueblo español y sus representantes salieron a la calle, emocionados y atemorizados, pero sobre todo unidos, detrás de ella.
José Álvarez Junco es escritor e historiador.


Manual de instrucciones para después de un golpe de Estado
“Tuvimos la inmensa suerte de que el golpe del 23F se improvisó; les entró la prisa y cometieron todos los errores posibles”, recuerda ahora Alberto Oliart, el ministro de Defensa que llegó tras la intentona
LUIS GÓMEZ 20 NOV 2015 - 14:02 CET
Narcís Serra y Felipe González, en la base de la División Acorazada Brunete. / MARISA FLÓREZ
Cuando Alberto Oliart aceptó ser ministro de Defensa, el sonido de los sables tenía el volumen muy alto. Cuando tomó posesión del cargo, un 26 de febrero de 1981, habían pasado tres días de un golpe de Estado y había podido escuchar los disparos en el hemiciclo. Lo que menos se imaginaba es que, además, sería un ministro nómada, sin despacho fijo.
Oliart trabajaba por la mañana en el palacio de Buenavista, sede del Cuartel General del Ejército, por la tarde en el antiguo Ministerio del Aire (al que llamaban el monasterio del Aire) y, finalmente, a última hora, despachaba en un chalé del CESID, el servicio de inteligencia, el lugar donde podía sentirse a salvo de escuchas. Su obligación era gobernar sobre un ejército de generales que habían hecho la guerra al lado de Franco y, callada u ostentosamente, simpatizaban con los golpistas. Generales que solo parecían dispuestos a recibir órdenes del Rey. Reformar ese ejército sin correr el riesgo de un nuevo zarpazo era un reto imposible de cumplir en el breve plazo.
Había sido ministro de Industria, y ministro de Sanidad, con los gobiernos de Adolfo Suárez. Con el paso de las décadas haría muchas otras cosas y hasta llegaría a ser presidente de RTVE en 2009, con 81 años. Pero entonces, con 53 años y reciente un golpe de Estado, desplegaba el currículo del buen gestor, la apariencia de un tecnócrata, aunque fuera un hombre apegado a la literatura, poeta en horas libres. También años después escribiría un libro de memorias (Contra el olvido), que mereció el premio Comillas por su calidad literaria (1997), en aquella obra relataba recuerdos de adolescencia y juventud, que compartió en un entorno de jóvenes cultos e inquietos, aprendices de intelectuales. Aquel libro no tocó su experiencia política.

Oliart: "Armada lo que no sabía, se lo inventaba".
A sus 86 años, Oliart escribe actualmente una segunda obra (“en estos momentos soy ministro de Industria”, dice), así que no le queda mucho trazado para llegar a un momento crucial de su biografía política, aquellos 20 meses al frente de Defensa, sobre los que tiene cosas que contar. Su memoria está reservada para su obra: “Tuvimos la inmensa suerte de que el golpe del 23F se improvisó; les entró la prisa y cometieron todos los errores posibles”. De aquel Elefante Blanco sobre el que tantos años después se ha fabulado, Oliart tiene su particular conclusión: “Fue una invención de Armada. Armada todo lo que no sabía, se lo inventaba”.
  
Leopoldo Calvo Sotelo en la Asamblea General de la OTAN en junio de 1982 / EFE
Oliart descansa en su casa de Galicia frente a una ría, y escribe lo que tiene pendiente de contar. Un día de estos empezará a escribir sobre aquellos días en que fue ministro de Defensa y tenía ante sí una exigente hoja de ruta: llevar a cabo el juicio a los golpistas y que este terminara con la condena de los principales responsables, iniciar algunas reformas administrativas y meter a España en la OTAN. Se trataba de dejar atrás un ejército de pequeños caudillos y dar el paso a militares profesionales. Y, por supuesto, tenía que controlar a los golpistas.
Pero sucedió que aquel Gobierno de Calvo Sotelo asumió que tenía los días contados, que no gobernaría mucho tiempo, que tendría que dar paso a quienes iban a venir, que no eran otros que esos jóvenes socialistas que lideraba Felipe González. “Tuve que hundirme con el barco”, dice Oliart. “Era una época en la que se inventaban golpes de Estado casi todos los días”. Y a ellos, a los socialistas, les correspondería acabar con las bravatas golpistas.

Oliart recibió el mandato de trasladar información sensible a Felipe González
La información sobre los golpistas era confusa y desmedida. Su primera decisión fue darle una vuelta al servicio de inteligencia y contar con información fiable, para lo cual nombró al frente del CESID al teniente coronel Alonso Manglano: el objetivo era investigar en los cuarteles. Luego, se rodeó de un reducido gabinete de confianza, con otro teniente coronel en sus filas, Jesús del Olmo, un experto jurídico. Ese gabinete diseñaría los decretos necesarios para ir jubilando a los generales.
Fue aquel un Gobierno que duró 20 meses. Oliart recibiría tiempo después un mandato muy especial: trasladar información sensible a Felipe González y al colaborador que él designase. Aquella fue una transición en medio de la Transición, un traspaso de poderes antes de unas elecciones, un suceso insólito, nunca después repetido.
Se celebró una primera reunión en el domicilio de Oliart (“un chalé que estaba en un barrio residencial, era una casa cómoda, ni rica ni modesta”, recuerda Narcís Serra, que por entonces era el alcalde socialista de Barcelona). Sin papeles, ni documentos, al menos es lo que confiesan los testigos de aquellas citas. Pasado el verano del 82, las reuniones se nutrieron con nuevos actores, Narcís Serra, Jesús del Olmo y Emilio Alonso Manglano. Para entonces, Serra ya había aceptado ser el futuro ministro de Defensa del primer Gobierno socialista después de la Guerra Civil.
Los socialistas tenían su Gobierno en la sombra, una estructura logística hecha a imagen y semejanza del partido laborista británico. Y, dentro de esa estructura, su propia información sobre el entorno militar. Pero Narcís Serra era un actor inesperado, no era el candidato en quien se había pensado; durante tiempo se especuló con Enrique Mújica, pero sus reuniones con el general Alfonso Armada le habían dejado en entredicho; se llegó a hablar de Luis Solana y de Miguel Boyer para el cargo. Finalmente, el elegido era Serra, un alcalde, nada menos que el alcalde de Barcelona.

Narcís Serra: “Aquellas conversaciones me sirvieron para saber cómo estaba el ejército"
La información que manejaban los socialistas procedía de ramificaciones que llegaban hasta militares de la clandestina UMD (Unión Militar Democrática). Esa información se trasladaba a Mújica (presidente de la Comisión de Defensa en el Congreso), o a Luis Solana (portavoz de Defensa); en algunas ocasiones a Julio Busquets, un comandante que había dejado el ejército para presentarse a las primeras elecciones democráticas por el PSOE.
Otro militar, Carlos San Juan, tenía la misión dentro del partido de ocuparse de los asuntos de Interior. “No era una organización muy colegiada. Yo tenía datos sobre militares y sobre policías. La militar se la trasladaba a Julio Busquets. A veces éste me preguntaba ¿Se lo has contado a Felipe? Yo debía entrevistarme con Juan José Rosón, que era el ministro del Interior. Con Rosón solo hablaba de cuestiones relacionadas con ETA y sus planes para terminar con ETA político militar y “acabar con aquella insana competencia”, como decía Rosón. Le gustaba muy poco tener que dar cuentas, era una situación excepcional porque sabía que ganaríamos las elecciones”. Había tres tipos de conversaciones secretas, según San Juan, una en el área de Interior, otra en Defensa y una tercera en Economía, “que no sabía si llevaba Boyer o Solchaga”. San Juan terminó su cometido y presentó centenares de fichas sobre policías y comisarios, departamento por departamento. “Era información que la policía daba de sí misma, sobre todo cómo pensaban comisarios y subcomisarios y también algunos militares”. San Juan le entregó sus fichas a Barrionuevo, el elegido finalmente para ser ministro del Interior. “Lo puse a su disposición, pero no me hizo demasiado caso”.
Narcís Serra también recibió los informes internos del partido. “Cabía en una caja”, recuerda. No era muy cuantiosa ni muy interesante, a su juicio, como tampoco la que se encontró en la caja fuerte de Defensa, después de que Oliart le diera la llave: “sobre todo eran papeles y documentos relacionados con el juicio del 23F”.
Después de aquel verano de 1982, Narcís Serra visita la casa de Alberto Oliart en Madrid en varias ocasiones. Allí se entrevista también con Jesús del Olmo. Recibe información verbal. De Serra siempre se ha dicho que su candidatura se fraguó durante la organización del desfile de las Fuerzas Armadas, celebrado en Barcelona el 31 de mayo de 1981. Fue un gran desfile. Su experiencia durante el golpe del 23F fue muy limitada. “Recibí la llamada de Francisco Laína, que presidía el consejo de subsecretarios (el gobierno de facto en aquellas 17 horas y media que duró el golpe), quien le pidió que enviara un coche patrulla de la policía local a cada cuartel militar para que informaran de cada movimiento. “Y no hubo movimientos”.

Una brigada de la Acorazada fue trasladada a Badajoz y esa decisión molestó a los portugueses
Unos días antes de aquel desfile vivió otra experiencia muy curiosa, el asalto a la sede del Banco Central en Barcelona, un episodio rocambolesco que en algún momento se confundió con una intentona golpista. Allí tuvo trato con los mandos de la policía (general Saez de Santamaría) y la guardia civil (general Aramburu Topete). “Cuando Felipe González me consulta por primera vez, yo no quería dejar de ser alcalde. Mi gran objetivo era la candidatura de Barcelona para los Juegos del 92”.
 Aquellas conversaciones en casa de Oliart se celebran en un entorno de psicosis de golpe. De hecho, semanas antes de las elecciones se había desarrollado la operación Cervantes, que desarticuló la organización de un golpe sangriento para el 27 de octubre de 1982. “Aquello fue un golpe elaborado con la preparación propia de un estado mayor”, recuerda Jesús del Olmo.
Las entrevistas secretas con Oliart, Del Olmo y Manglano fueron muy útiles para Serra: “Me sirvieron para saber cómo estaba el ejército y para ver que el enfoque de un partido no se podía llevar a cabo. O reformábamos o no conseguíamos nada. Persiguiendo individualidades no se resolvía el problema: había que reducir privilegios y hacer que el Gobierno mande. Esa son las conclusiones que saco”.
Serra se tomó su tiempo y mantuvo la columna vertebral del ministerio de Oliart. No era un hombre de decisiones rápidas, pero sí hizo una cosa: desmembrar la División Acorazada, la unidad más potente que tenía el ejército español, ubicada a las afueras de Madrid, con sus 13.000 efectivos, aquella unidad con la que especulaba todo golpista, la división que podía dominar los puntos vitales de la capital. Serra desplazó algunas de sus brigadas mecanizadas a otros lugares, “porque una cualidad que tenía esa división era la de que carecía de terrenos para hacer maniobras”. Una brigada fue desplazada a Zaragoza. Otra a Badajoz. Aquella de Badajoz originó un inesperado problema diplomático: “A los portugueses no les gustó nada ese movimiento”, recuerda Serra. “No entendían que hacía esa brigada cerca de su frontera”. Serra solucionó ese episodio en una discreta reunión en Bruselas.

El PSOE abandonó toda idea de salir de la OTAN. Como abandonó otras ideas preliminares. Los pequeños caudillos fueron desapareciendo de la escena. Y el golpismo perdió la voz.

ASÍ HABLABA SABINO ARANA

- "El bizkaino es de andar apuesto y varonil; el español o no sabe andar, o si es apuesto, es tipo femenino". Bizkaitarra, nº 29. 
- "Es preciso aislarnos de los maketos. De otro modo, aquí en esta tierra que pisamos, no es posible trabajar por la gloria de Dios". Bizkaitarra, nº 19.
- "Nosotros, los vascos, evitemos el mortal contagio, mantengamos firme la fe de nuestros antepasados y la seria religiosidad que nos distingue, y purifiquemos nuestras costumbres, antes tan sanas y ejemplares, hoy tan infestadas y a punto de corromperse por la influencia de los venidos de fuera". La Patria, nº 39.  
- "Conste que desde luego que de ese roce del maketo con el bizkaino solo brotan en este país irreligiosidad e inmoralidad. Eso lo demuestran los hechos y se explica perfectamente". Bizkaitarra, nº 6 bis. 
 Ya hemos indicado, por otra parte, que el favor  de ar acera la irrupción de los maketos es fomentar la inmoralidad en nuestro país; porque si es cierto que las costumbres de nuestro Pueblo han degenerado notablemente en esta época, débese sin duda alguna a la espantosa invasión de los maketos, que traen consigo la blasfemia y la inmoralidad". Bizkaitarra, nº 10. 
- "Nosotros odiamos a España con nuestra alma, mientras tenga oprimida a nuestra Patria con las cadenas de la esclavitud. No hay odio que sea proporcionado a la enorme injusticia que con nosotros ha consumado el hijo del romano. No hay odio con que puedan pagarse los innumerables que nos causan los largos años de dominación". Bizkaitarra, nº 16. 

- "Nosotros a ningún maketo, a ningún españolista odiamos tanto como al español o españolista que, conociendo de alguna manera la historia de Bizkaya, se la da falseada, adulterada y españolizada al pueblo bizkaino, para servirse de él en provecho de algún partido español". Bizkaitarra, nº 22 

- "Ese camino del odio al maketismo es mucho más directo y seguro que el que llevan los que se dicen amantes de los Fueros, pero no sienten rencor hacia el invasor". Bizkaitarra, nº 4. 

- "¡Cuándo llegarán todos los bizkainos a mirar como enemigos suyos a todos los que les hermanan con los que son extranjeros y enemigos naturales suyos!". Bizkaitarra, nº 22. 

- "Les aterra oír que a los maketos se les debe despachar de los pueblos a pedradas. ¡Ah la gente amiga de la paz..! Es la más digna del odio de los patriotas". Bizkaitarra, nº 21 .

- "Cuando el pueblo español se alzó en armas contra el agareno invasor y regó su suelo con sangre musulmana para expulsarlo, obró con caridad. Pues el nacionalismo bizkaino se funda en la misma caridad." Bizkaitarra, nº 28. 

- "Gran número de ellos parece testimonio irrecusable de la teoría de Darwin, pues más que hombres semejan simios poco menos bestias que el gorila: no busquéis en sus rostros la expresión de la inteligencia humana ni de virtud alguna; su mirada sólo revela idiotismo y brutalidad". Bizkaitarra, nº 27. 

- "Antiliberal y antiespañol es lo que todo bizkaino debe ser". Bizkaitarra, nº 1. 

- "En pueblos tan degenerados como el maketo y maketizado, resulta el sufragio universal un verdadero crimen, un suicidio".  Bizakaitarra, nº 27.

- "El roce de nuestro pueblo con el español causa inmediata y necesariamente en nuestra raza ignorancia y extravío de inteligencia, debilidad y corrupción de corazón, apartamiento total, en una palabra, del fin de toda humana sociedad. Y muerto y descompuesto así el carácter moral de nuestro pueblo, ¿qué le importa ya de sus caracteres físicos y políticos?". Baserritarra, nº 11.  

- "La fisionomía del bizkaino es inteligente y noble; la del español inexpresiva y adusta. El bizkaino es nervudo y ágil; el español es flojo y torpe. El bizkaino es inteligente y hábil para toda clase de trabajos; el español, es corto de inteligencia y carece de maña para los trabajos más sencillos. Preguntádselo a cualquier contratista de obras, y sabréis que un bizkaino hace en igual tiempo tanto como tres maketos juntos". Bizkaitarra, nº 29. 

- "El bizkaino es laborioso (ved labradas sus montañas hasta la cumbre); el español, perezoso y vago (contemplad sus inmensas llanuras desprovistas en absoluto de vegetación)".  Bizkaitarra, nº 29. 

- "El bizkaino degenera en carácter si roza con el extraño; el español necesita de cuando en cuando una invasión extranjera que lo civilice". Bizkaitarra, nº 29. 

- "Oídle hablar a un bizkaino, y escuchareis la más eufórica, moral y culta de las lenguas; oídle a un español, y si sólo le oís rebuznar, podéis estar satisfechos, pues el asno no profiere voces indecentes ni blasfemias".  Bizkaitarra, nº 29. 

- "Entre él cúmulo de terribles desgracias que afligen a nuestra amada Patria, ninguna tan terrible y aflictiva, juzgada en sí misma cada una de ellas, como el roce de sus hijos como el roce con los hijos de la nación española". Baserritarra, nº 11. 

- "El bizkaino es emprendedor (leed la historia y miradlo hoy ocupando elevados y considerados puestos en todas partes... menos en su patria); el español nada emprende, a nada se atreve, para nada vale (examinad el estado de las colonias)". Bizkaitarra, nº 29. 

- "Muchos son los euskerianos que no saben euzkera. Malo es esto. Son varios los que lo saben. Esto es peor. Gran daño hacen a la patria cien maketos que no saben euzkera. Mayor es el que le hace un solo maketo que lo sepa. Para el corazón de la Patria, cada vasco que no sabe euzkera es una espina; dos espinas cada vasco que lo sabe y no es patriota; tres espinas cada español que habla euzkera". Baserritarra, nº 8. 

- "El bizkaino no vale para servir, ha nacido para ser señor ("etxejaun"); el español no ha nacido más que para ser vasallo y siervo (pulsad la empleomanía dentro de España, y si vais fuera de ella le veréis ejerciendo los oficios más humildes)". Bizkaitarra, nº 29. 

- "Etnográficamente hay diferencia entre ser español y ser euskeriano, la raza euskeriana es sustancialmente distinta a la raza española". Bizkaitarra, nº 11. 

- "Si fuese moralmente posible una Bizcaya foral y euzkeldún, pero con raza maketa, su realización seria la cosa más odiosa del mundo, la más rastrera aberración de un pueblo". Bizkaitarra, nº 4 

- "¡Ya lo sabéis, Euzkeldunes, para amar el Euzkera tenéis que odiar a España!". Bizkaitarra, nº 31. 

- "Si hubieran estudiado una miaja de Geografía política y hubiesen tenido una pizca de sentido común, sabrían que al norte de Marruecos hay un pueblo cuyos bailes peculiares son indecentes hasta la fetidez, y que al norte de este segundo pueblo hay otro cuyas danzas son honestas y decorosas hasta la perfección; y entonces les chocaría que el alcalde de un pueblo euskeriano prohibiese bailar al uso maketo, como es hacerlo abrazado a la pareja, para restaurar en su lugar el baile nacional de Euskeria". Baserritarra, nº 11. 

- "Morir por la patria, como por la patria se entienda no un pedazo de este planeta que llamamos Tierra, ni un grupo físico de estos habitantes suyos que llamamos hombres considerado sólo en orden a su bienestar material, sino la sociedad, pueblo, nación, o gran familia a que por naturaleza pertenezca uno, constituida y organizada en orden al santo fin de toda sociedad de hombres: no es morir por causa mundana, sino morir por Dios, fin último de todas las cosas". Baserritarra, nº 4. 

- "Con esa invasión maketa,...la impiedad, todo genero de inmoralidad, la blasfemia, el crimen, el libre pensamiento, la incredulidad, el socialismo, el anarquismo..todo es obra suya". Bizkaitarra, nº 19. 

- "Que el obrero catalán se lance en brazos del socialismo o del anarquismo, no puede sorprendernos. Pero que los jóvenes vascos busquen en las promesas de gente invasora...". La Patria, nº 18. 

- "Lo que es realmente extraño es que haya un solo obrero euskeriano entre los socialistas.. ¿Por qué los obreros euskerianos no se asocian entre sí separándose completamente de los maketos y excluyéndolos en absoluto?". Baserritarra, nº 5. 

- "Cien vidas que tuviera, cien padres, cien madres, cien hermanos, cien esposas y cien hijos, ahora mismo los daría todos, si de ello se siguiera la salvación de mi patria". Bizkaitarra, nº 101. 

- "Dichosos aquellos antepasados nuestros que perdieron su vida por mantener incólume la independencia de Bizkaya". Bizkaitarra, nº 15. 

- "Ningún bizkaino digno de este nombre podría ya vivir en su patria, si no tuviese la esperanza de vengarla algún día".

- "El aseo del bizkaino es proverbial; el español apenas se lava una vez en su vida y se muda una vez al año”. Bizkaitarra, nº 29.

- "En Cataluña todo elemento procedente del resto de España lo catalanizan, y les place a sus naturales que hasta los municipales aragoneses y castellanos de Barcelona hablen catalán; aquí padecemos muy mucho cuando vemos la firma de un Pérez al pie de unos versos euzkericos, u oímos hablar nuestra lengua a un cochero riojano, a un liencero pasiego o a un gitano".

- "Tanto están obligados los bizkainos a hablar su lengua nacional, como a no enseñársela a los maketos o españoles. No el hablar éste o el otro idioma, sino la diferencia del lenguaje es el gran medio de preservarnos del contacto con los españoles y evitar así el cruzamiento de las dos razas". 

- "Si nos dieran a elegir entre una Bizkaya poblada de maketos que sólo hablasen Euzkera y una Bizkaya poblada de bizkainos que sólo hablasen el castellano, escogeríamos sin dubitar esta segunda, porque es preferible la sustancia bizkaina con accidentes exóticos que pudieran eliminarse y sustituirse por los naturales, a una sustancia exótica con propiedades bizkainas que nunca podrán cambiarla".

- "¿Qué es, pues, lo que respecto de la pureza de la raza se contiene en el programa nacionalista? Puede reducirse en los puntos siguientes: 1) Los extranjeros podrán establecerse en Bizkaya bajo la tutela de sus respectivos cónsules; pero no podrán naturalizarse en la misma. Respecto de los españoles, las Juntas Generales acordarán si habrían de ser expulsados, no autorizándoseles en los primeros años de independencia la entrada en territorio bizkaino, a fin de borrar más fácilmente toda huella que en el carácter, en las costumbres y en el idioma hubiera dejado su dominación. 2) La ciudadanía bizkaina pertenecerá por derecho natural y tradicional a las familias originarias de Bizkaya, y en general a las de raza euskeriana, por efecto de la confederación; y, por cesión del poder (Juntas Generales) constituido por aquéllas y éstas, y con las restricciones jurídicas y territoriales que señalara, a las familias mestizas euskeriano-extranjeras".

- "La familia bizkaina atiende más a la alimentación que al vestido, que aunque limpio siempre es modesto; id a España y veréis familias cuyas hijas no comen en casa más que cebolla, pimientos y tomate crudo, pero que en la calle visten sombrero, si bien su ropa interior es "peor menealla".

- "El bizkaino que vive en las montañas, que es el verdadero bizkaino es, por natural carácter, religioso (asistid a una misa por aldea apartada y quedareis edificados); el español que habita lejos de las poblaciones, o es fanático o es impío (ejemplos de los primero en cualquier región española; de los segundo entre los bandidos andaluces, que usan escapulario, y de lo tercero, aquí en Bizkaya, en Sestao donde todos los españoles, que no son pocos son librepensadores) ".

- "El bizkaino es amante de su familia y su hogar (cuanto a lo primero, sabido es que el adulterio es muy raro en familias no inficionadas de la influencia maketa, esto es, en las familias genuinamente bizkainas; y cuanto a lo segundo, si el bizkaino por su carácter emprendedor se ausenta de su hogar no le pasa día en que no suspire por volver a él); entre los españoles, el adulterio es frecuente así en las clases elevadas como en las humildes, y la afección al hogar es en estas últimas nula porque no la tienen".

- "El noventa y cinco por ciento de los crímenes que se perpetran en Bizkaya se deben a mano española, y de cuatro de los cinco restantes son autores bizcainos españolizados".

- "Si a esa nación latina la viésemos despedazada por una conflagración intestina o una guerra internacional, nosotros lo celebraríamos con fruición y verdadero júbilo, así como pesaría sobre nosotros como la mayor de las desdichas, como agobia y aflige al ánimo del náufrago el no divisar en el horizonte ni costa ni embarcación, el que España prosperara y se engrandeciera".

- "El bizkaino es caritativo aun para sus enemigos (que lo digan los lisiados españoles que atestan las romerías del interior y mendigan de caserio en caserio); el español es avaro aun para sus hermanos (testigo, Santander cuando pidió auxilio a las ciudades españolas en la consabidas catástrofe)".

- "El bizkaino es digno, a veces con exceso, y si cae en la indigencia, capaz de dejarse morir de hambre antes de pedir limosna (preguntádselo a las Conferencias de San Vicente de Paúl); el español es vago hasta el colmo, y aunque se encuentre sano, prefiere vivir a cuenta del prójimo antes que trabajar (contad, si podéis, los millares de mendigos de profesión que hay en España y sumidlos con los que anualmente nos envía a Euskeria)".

- "Interrogad al bizkaino qué es lo que quiere y os dirá "trabajo el día laborable e iglesia y tamboril el día festivo"; haced lo mismo con los españoles y os contestarán pan y toros un día y otro también, cubierto por el manto azul de su puro cielo y calentado al ardiente sol de Marruecos y España".

- "Ved un baile bizkaino presidido por las autoridades eclesiásticas y civil y sentiréis regocijarse el ánimo al son del "txistu", la alboka o la dulzaina y al ver unidos en admirable consorcio el más sencillo candor y la loca más alegría; presenciad un baile español y si no os acusa náuseas el liviano, asqueroso y cínico abrazo de los dos sexos queda acreditada la robustez de vuestro estómago, pero decidnos luego si os ha divertido el espectáculo o más bien os ha producido hastío y tristeza".


- "En romerías de bizkainos rara vez ocurren riñas, y si acaso se inicia alguna reyerta, oiréis sonar una media docena de puñetazos y todo concluido; asistid a una romería española y si no veis brillar la traidora navaja y enrojecerse el suelo, seguros podéis estar de que aquel día el sol ha salido por el Oeste". 

LECCIÓN DE GONZÁLEZ A SÁNCHEZ

 Luis María ANSON
Felipe González ha escrito lo que Pedro Sánchez debería haber dicho hace muchos meses. No comparto las críticas al expresidente del Gobierno recordando fuera de contexto actuaciones pasadas. Felipe González ha sido el más importante hombre de Estado del Siglo XX como Cánovas del Castillo lo fue del siglo XIX.
Y lo ha vuelto a demostrar con un escrito impecable que Pedro Sánchez debió apresurarse a apoyar. La lección del expresidente al candidato a presidente ha sido de antología. Con la discrepancia de algunos y la aquiescencia de la inmensa mayoría de los comentaristas de la actualidad y de políticos de todos los partidos, la Carta de Felipe González a los catalanes ha causado el impacto que Pedro Sánchez ha sido incapaz de obtener.
El señor González ha escrito una docena de verdades como puños sobre la realidad histórica y actual de Cataluña. “Si la reforma de la ley electoral catalana -se pregunta González- no ha podido aprobarse porque no se da la mayoría cualificada prevista en el Estatuto, ¿cómo se puede plantear en serio la liquidación del mismo Estatuto y de la Constitución en que se legitima, si se obtiene un diputado más en esa lista única de rechazo? ¿Cómo el presidente de la Generalitat va en el cuarto puesto, como si necesitara una guardia pretoriana para violentar la ley?
Combatí en su día a Felipe González desde la dirección de ABC, no por su política, acertada unas veces, desacertada otras, pero siempre con visión de Estado, le combatí, digo, porque tras más de treinta años de Franco, era incongruente, aunque se tratara de una opción democrática, otros treinta años del líder socialista. La Constitución española, que limitó los años de presidencia en el Tribunal Constitucional, en el Tribunal Supremo, en la gobernación del Banco de España, en el Tribunal de Cuentas, no estableció también ocho años como máximo para la presidencia del Gobierno y de las Comunidades Autónomas. Y el líder socialista con cuatro victorias electorales llevaba camino eternizarse. Dicho esto, habrá que convenir que la “Carta a los catalanes” de Felipe González es un extraordinario documento escrito en el momento oportuno por un hombre de Estado.
Luis María ANSON
de la Real Academia Española

  

Manifiesto por España

Manifiesto por la unidad de España:
Por la igualdad y la solidaridad de todos los españoles

“España se constituye en un Estado social y democrático de Derecho, que propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la justicia, la igualdad y el pluralismo político. La soberanía nacional reside en el pueblo español, del que emanan los poderes del Estado”. Constitución española, Artículo 1.

Desde la Transición democrática los nacionalismos vasco y catalán han constituido la vanguardia de una ofensiva continuada y sistemática contra la unidad constitucional de España. Esos nacionalismos, lejos de aceptar la autonomía regional que en su día reclamaron, se han servido deslealmente del régimen autonómico diseñado en la Constitución de 1978 para romper el consenso y trabajar en la destrucción de España como ámbito político común de actuación, legalidad, historia y convivencia.

Desde finales de la década de los noventa esa ofensiva se ha radicalizado. El nacionalismo identitario en su conjunto, con ETA como punta del iceberg, viene coordinando sus estrategias para debilitar el Estado, romper las normas constitucionales y disolver la Nación española, tratando de imponer a sus ciudadanos un proyecto de raíz etnocultural y esencialista que sería la antepuerta de un nuevo totalitarismo. Así lo prueban el Pacto de Estella – Lizarra, el Pacto de Perpiñán o la antidemocrática Declaración de Barcelona. El Plan Ibarretxe y el acuerdo del Parlamento de Cataluña para impulsar un estatuto inconstitucional han sido sólo los primeros hitos de este proceso que tiene un calado que no nos podemos arriesgar a ignorar.

Por estos motivos, los firmantes de este manifiesto, como parte del movimiento cívico opuesto al nacionalismo identitario, queremos hacer llegar a todos los ciudadanos y a la clase política que:

1. Somos muchos los ciudadanos que creemos en España y que, en este momento histórico, nos vemos impelidos a reclamar una vez más el cumplimiento de la Constitución y la unidad de la nación española como garante de la igualdad y la solidaridad de todos los españoles.

2. Sentimos como una inadmisible y delirante tergiversación que se identifique como reaccionaria la unidad de los españoles o la propia idea de España y se considere progresista la Cataluña o la Euskal Herria insolidarias e independientes con las que sueñan los nacionalistas.

La realidad es precisamente la contraria: la esencia del pensamiento reaccionario desde el Siglo XIX son esos sueños totalitarios que anteponen la supuesta patria a las personas y a sus libertades individuales; esos sueños que reclaman la limpieza etnocultural, el privilegio, la desigualdad ante la Ley; esos sueños que se fundamentan en un concepto de la Historia como fuente mítica e inapelable del derecho (los falseados y denominados "derechos históricos") oponiéndose así a los fundamentos democráticos de la sociedad moderna y de nuestro sistema constitucional.

3. La racional descentralización del Estado y el reconocimiento de las peculiaridades de todas sus comunidades autónomas –signo inequívoco de la voluntad integradora de todas las identidades en nuestra Constitución de 1978- no pueden ser confundidos con la glorificación del egoísmo, la insolidaridad y la mezquindad como valores legítimos sobre los que se pueda construir una sociedad democrática.

4. Creemos que existe un riesgo cierto de acostumbrarnos a debatir, como si fuera algo normal, proyectos que van contra la noción de España y en contra de la igualdad de todos los ciudadanos, que ponen en entredicho los pilares de nuestro sistema de libertades y que dinamitan el consenso constitucional básico. Por esto no aceptamos que el debate sobre la reforma del Estatuto catalán o cualesquiera otras propuestas semejantes se convierta en un tema exclusivo de juristas, en el que se oculte o minusvalore su gravedad intrínseca en cuanto al impacto que sobre la estructura política de España y la vida de los españoles tienen estos proyectos.

5. Consideramos que la reforma, en todo caso, razonable de los Estatutos sería la que se orientarse a que el sistema autonómico trate equitativamente a unas regiones con otras, eliminando las asimetrías competenciales. Asimismo, los gobernantes deben plantearse la reforma del sistema electoral para corregir la sobrerrepresentación que actualmente logran los partidos nacionalistas en el Congreso de los Diputados y, de esta manera, evitar su excesiva influencia en la gobernación de España. Nos oponemos a que los debates sobre la estructura del Estado se planteen sólo en una dirección. No resulta razonable que se pueda estar constantemente poniendo en entredicho la nación española y no se pueda cuestionar el nivel de autogobierno de las Comunidades Autónomas en orden a asegurar el bienestar y la seguridad del conjunto de los españoles.

6. Esperamos y deseamos que el Partido Socialista, como responsable máximo del gobierno de España, sepa poner fin a los proyectos y a las actitudes que amenazan con romper la unidad nacional y que ya han causado alarma, desconfianza y dolor a tantos que deseamos seguir siendo españoles. Pedimos al Gobierno, a las Cortes Generales y a las fuerzas políticas constitucionalistas que se opongan frontalmente a cualquier proyecto que pretenda debilitar España como ámbito de decisión común, de convivencia, de igualdad y de solidaridad.


7. Nuestro futuro dependerá de lo que hagamos en el presente. Es necesario comprender que el proyecto que el nacionalismo trata de llevar adelante es una agresión directa hacia la Constitución y hacia España como ámbito de solidaridad, igualdad de derechos y de acción común. El proyecto nacionalista es radicalmente hostil e incompatible con la idea de España que tenemos la inmensa mayoría de los españoles. Por todo esto hacemos un llamamiento a toda la ciudadanía para que tome la iniciativa, no permanezca ajena a los acontecimientos y trabaje por defender, desde el respeto estricto a la legalidad, este proyecto común que es España.

PUIGDEMONT Y ORIOL JUNQUERAS ABOFETEAN AL TRIBUNAL CONSTITUCIONAL


Con el mayor descaro. Con el más completo cinismo. Con una chulería digna del más creído cantaor flamenco. Puigdemont y Oriol Junqueras, respaldados por el pobre Arturo Mas, han impuesto en el Parlamento catalán la partida presupuestaria destinada a la organización del referéndum prohibido por el Tribunal Constitucional.
La respuesta no puede quedar en agua de borrajas. El Gobierno no debe dar muestras de la debilidad que lo paraliza. Está en juego nada menos que la unidad de España, 500 años de Historia. Está bien que se dialogue hasta la extenuación, que se negocie con la mano tendida. Pero sin contemplaciones, sin concesiones, sin aceptar la delincuencia que se deriva de la acción de Puigdemont, de Oriol Junqueras y del pobre Arturo Mas, los tres hombres más destacados del golpe de Estado que se perpetra ante los ojos del pueblo español.
No es de recibo que se esconda la cabeza ni que se vuelva la vista hacia otro lado para no tener complicaciones porque esas se multiplicarán por cien cuando se activa el tramo final de la maquinaria secesionista. Ni Mariano Rajoy ni la “negociadora” Soraya Sáenz de Santamaría han abierto el pico sobre el trágala de los presupuestos de la Comunidad catalana. Lo que han hecho los golpistas Puigdemont, Oriol Junqueras y el pobre Arturo Mas desafía abiertamente al Estado de Derecho. Y los que cuidan de su integridad elegida por el pueblo tienen el deber de reaccionar y tomar medidas para que no se consume la tropelía. No bastan las palabras huecas, la incesante verborrea vacía de decisiones. Es necesario tomar medidas eficaces y cuanto antes mejor.

miércoles, 22 de marzo de 2017

"Si el 10 de enero hubiésemos podido cruzar la frontera española, hoy estaría Gibraltar en nuestras manos"

La importancia otorgada por el Führer a Gibraltar explica su frustración y amargura ante las dilaciones de Madrid: "Si el 10 de enero hubiésemos podido cruzar la frontera española, hoy estaría Gibraltar en nuestras manos"; "Se han perdido dos meses, y en la guerra, el tiempo es uno de los más importantes factores. ¡Meses desaprovechados muy a menudo no se pueden recuperar!"; "¡Lamento profundamente, Caudillo, su parecer y actitud!".
Realmente Franco estaba causando a Hitler unos daños estratégicos de enorme trascendencia, como percibía con nitidez el interesado, que también reprochaba al español, razonablemente, sus excesivas ambiciones en África: "Me permito indicar que la mayor parte del inmenso coste en sangre en esta lucha lo soporta hasta ahora Alemania en primer lugar, y luego Italia, y ambos, a pesar de ello, solamente han presentado modestas reivindicaciones".

Sospechando que Franco se estaba "vendiendo" por los alimentos británicos, Hitler le prevenía de que Inglaterra no tenía intención de ayudarle sino solo de "retrasar la entrada de España en guerra, de paralizarla y con ello incrementar sus dificultades permanentemente y así poder finalmente derrocar al actual régimen español"; aparte de que aun si Inglaterra, "en un arrebato sentimental nunca visto hasta ahora en su historia, quisiera pensar de otro modo, no le sería posible ayudar realmente a España (...) en una época en que ella misma está obligada a rigurosas reducciones en su nivel de vida", las cuales irían en aumento. En fin, insistía Hitler, "estamos comprometidos en una lucha a vida o muerte", y "en esta histórica confrontación debemos atender a la suprema lección de que en tiempos tan difíciles más puede salvar a los pueblos un corazón valeroso que una al parecer inteligente precaución".

No menor interés tiene el tono general del documento, persuasivo y casi implorante tras haber fracasado, diez días antes, una conminación de Ribbentrop con carácter casi de ultimátum; un tono que asombra aún más cuando Franco le respondiera con otra carta casi insolente.
Ante los graves perjuicios que España estaba causando a sus planes, Hitler tenía poder muy sobrado para imponer sus intereses por la fuerza, y sin embargo no lo hizo. No invadió la península, aunque estuvo tentado de hacerlo. Sabemos aproximadamente por qué: la invasión le hubiera sido fácil, pero temía verse enfangado en una reedición del laberinto napoleónico a sus espaldas, mientras preparaba el ataque a Rusia desde Europa. Por lo tanto creyó que solo le convenía atacar Gibraltar con el permiso de Franco, y sus esfuerzos se dirigieron a ello, alternando la conminación y la persuasión. Probablemente cometió un error, comparable, por sus efectos, a su vacilante planeamiento de la batalla de Inglaterra.

 Parece poco creíble, pues, la imagen de un Caudillo empeñado en preservar la no beligerancia, como le han presentado algunos franquistas posteriormente. Todas las razones militaban para él, en principio, a favor de la guerra.  La carta de Hitler destruye además la retorcida pretensión de que en la conferencia de Hendaya, dos meses y medio antes, Hitler no había mostrado mayor interés ni presionado a Franco para que entrase en la guerra. El propio Führer lo aclara sin lugar a dudas: "Cuando nos reunimos, mi prioridad era convencerle a Vd., Caudillo, de la necesidad de una acción conjunta de aquellos Estados cuyos intereses, al fin y al cabo, están indisolublemente asociados". Una prioridad.
Pero Franco pensaba de otro modo. Hizo llegar a Berlín un memorando con desorbitadas peticiones de material de guerra, cereales y vehículos, y sólo contestó a Hitler veinte días más tarde, aplazando todavía otros diez días la entrega de la carta. La cual, con extraña insolencia ante quien tanto le había insistido en la importancia del factor tiempo, empezaba así: "Su carta del 6 de febrero me induce a contestarle de inmediato". El resto, pese a las protestas de lealtad y fe en la victoria germana, no podía causar mayor decepción a Hitler.

El dictador alemán se había molestado en demoler la argumentación dilatoria de Franco: "Alemania ya se declaró dispuesta a suministrar también alimentos –cereales– en las máximas cantidades posibles tan pronto España se comprometiera a entrar en la guerra (...) Porque, Caudillo, sobre una cosa debe haber absoluta claridad: estamos comprometidos en una lucha a vida o muerte y en estos momentos no podemos hacer regalos ¡Por ello sería una falsedad afirmar que España no pudo entrar en la guerra porque no recibió prestaciones anticipadas!" (subrayado en el original). Ofrecía de inmediato cien mil toneladas de cereales y señalaba la poca solidez de las excusas de Franco. Éste había insistido en la necesidad de alimentos, pero, recuerda Hitler, "cuando yo volví a hacer constar que Alemania estaba presta a comenzar el envío de cereales, el almirante Canaris recibió la respuesta definitiva de que tal suministro no era lo decisivo, pues no podía alcanzar un efecto práctico su transporte por ferrocarril. Luego, tras haber dispuesto nosotros baterías y aviones de bombardeo en picado para las islas Canarias, se nos dijo que tampoco esto era decisivo, ya que las islas no podrían sostenerse más de seis meses, por la escasez de provisiones". Con lógica y cierta exasperación, Hitler había concluido: "Que no se trata de asuntos económicos sino de otros intereses queda patente en la última declaración, pretendiendo que también por causas meteorológicas no podría realizarse un despliegue [en España] en esta época del año (...) No puedo entender cómo sería imposible por razones meteorológicas lo que antes se quiso considerar imposible por razones económicas (...) No creo que el ejército alemán se vea dificultado en un despliegue de enero por el clima, que para nosotros no tiene nada de extraño".

La argumentación hitleriana era bien clara, pero Franco, en su respuesta, la pasaba simplemente por alto, reiterando que la economía "es la única responsable de que hasta la fecha no se haya podido fijar el momento de la intervención de España". E interpretaba de forma casi ofensiva las frases de Hitler sobre la pérdida de tiempo y de ocasiones estratégicas: "El tiempo transcurrido hasta ahora no es tiempo totalmente perdido. Desde luego que no hemos recibido tanta cantidad de cereales como la que Vd. nos ofrece (...) pero sí una parte de las necesidades diarias del pueblo para el pan cotidiano". Exponía el deseo de que "las negociaciones se aceleren todo lo posible. Para este fin le he enviado hace unos días algunos datos sobre nuestras necesidades" (las exageradas peticiones recientes), y añadía, para mayor injuria: "Estos datos se pueden revisar de nuevo, ordenar, justificar y volver a tratar sobre ellos", con el fin de "llegar a una decisión rápida" (¡!). Con auténtico descaro explicaba su observación sobre la meteorología como "solamente una respuesta a su indicación, pero en ningún caso un pretexto para aplazar indefinidamente lo que en el momento adecuado será nuestro deber". Mostraba su acuerdo con el cierre de Gibraltar, pero exigía el simultáneo de Suez. Negaba que sus reivindicaciones coloniales fueran abusivas, "mucho menos cuando se tienen en cuenta los enormes sacrificios del pueblo español en una guerra que fue precursora de la guerra actual". En fin, "el acta de Hendaya, permítame que se lo diga (...) debe considerarse hoy como obsoleta". El acta especificaba el compromiso español de entrar en guerra, aunque sin fecha definida.

Parece poco creíble, pues, la imagen de un Caudillo empeñado en preservar la no beligerancia, como le han presentado algunos franquistas posteriormente. Todas las razones militaban para él, en principio, a favor de la guerra. Y seguramente era sincero cuando la prometía al Führer. Entonces, ¿por qué no cumplía? Probablemente era menos sincero cuando afirmaba que no pensaba dejar que alemanes e italianos corrieran con la sangre y los sacrificios para sacar tajada en el último momento. En realidad era eso, justamente, lo que quería, como él había indicado a Serrano Súñer: guerra corta, sí, sin vacilar; guerra larga, solo cuando estuviera prácticamente resuelta. Y como la guerra se prolongaba, había que esperar el momento oportuno. De una guerra larga España podría salir vencedora al lado de Alemania, pero exhausta y destrozada, y por ello supeditada por completo al auténtico vencedor. Franco tenía constancia de las ambiciones nazis de satelizar España, y eso nunca lo aceptó, aunque se viera obligado a hacer concesiones ocasionales. Él quería llegar al Nuevo Orden con la mayor fortaleza posible, y sus exigencias coloniales en África formaban parte de ese designio.

Por supuesto, Franco no podía ignorar los muy graves contratiempos que ocasionaba a sus amigos, y no cabe pensar que deseara sabotearlos. Pero obraba en la confianza de que no les causaba perjuicios irreversibles. Por otra parte le interesaba la victoria hitleriana... pero no tan apabullante que redujera al resto del continente a la impotencia. Así, pese a desear hacerse con varias colonias francesas, le convenía una Francia potente, como contrapeso a la hegemonía alemana. Y una Italia fuerte, a pesar de que sus planes sobre el Magreb entrasen en conflicto con los españoles. Algo parecido cabe decir de Inglaterra, con la cual procuraba mantener relaciones aceptables, a pesar de todo. De ahí que su política se nos presente como una serie de medidas contradictorias. Hacía ofertas y promesas a Berlín, y al mismo tiempo buscaba acuerdos y créditos en Londres y Washington; proclamaba su amistad con Mussolini, pero tomaba medidas en Tánger y Marruecos contra los intereses italianos; exigía parte del imperio francés, pero procuraba mantener buenas relaciones con la Francia de Vichy; afirmaba que su acercamiento a Portugal perseguía alejar a éste de la órbita inglesa, cuando cualquiera podía entender lo contrario...

En realidad, la situación no podía ser más compleja, y creo que solo teniendo en cuenta los embrollados y contradictorios intereses en juego se pueden entender las aparentes contradicciones de la política franquista. El eje de ella consistía en entrar en la guerra solo en el momento oportuno y con los menores sacrificios para España; mientras tanto, procuraba ganar tiempo y no perder bazas, lo cual implicaba asumir serios riesgos, como el de una invasión de la Wehrmacht o un asfixiante bloqueo británico. Al final, el momento oportuno nunca llegaría, y este cálculo oportunista demostró ser, finalmente, el más prudente y beneficioso para todos. Menos, paradójicamente, para sus amigos del Eje.

¿Quién atacó violentamente, desprestigió y terminó por hundir a Azaña en el primer bienio: el "bloque oligárquico" o el sindicalismo "popular" de la CNT? ¿Y de quiénes se queja constantemente Azaña en sus diarios si no es, principalmente, de sus propios correligionarios, de quienes pinta un retrato como ni Arrarás hizo?

Y sobre las "reformas imperativas y modernizadoras", ¿cómo explican estos brillantes historiadores el hecho de que el pueblo, supuestamente su gran beneficiario, rechazase a Azaña y los suyos por muy amplia mayoría en 1933, después de dos años de experimentar sus provechosos efectos? ¿Constituía esa mayoría popular el "bloque oligárquico"? ¿O dejaba de ser popular por haber votado al centro derecha?

Realmente el proceso modernizador de España venía acelerándose desde comienzos de la Restauración, y había experimentado un especial impulso bajo la dictadura de Primo de Rivera. En cambio, los republicanos de izquierda y los marxistas han vendido la imagen de una sociedad estancada y absolutamente atrasada antes de la llegada de la república y sus salvíficas reformas.

Varias reformas de la república estaban bien concebidas en principio, sobre todo la institución de una democracia liberal. Pero entonces, de nuevo, ¿por qué la población rechazó a las izquierdas en 1933? Por una razón muy simple:porque la democracia había sido rebasada por las izquierdas en medio de una creciente violencia, casi toda ella también de izquierdas y gubernamental, y porque la alianza de la presunta inteligencia republicana y los gruesos batallones populares emprendió las reformas con tal carga de sectarismo e ineptitud, que abocó al país a una crisis radical.
Así ocurrió con la reforma del ejército o la agraria, o la expansión de la enseñanza pública, que no resolvieron nada y en cambio crisparon al límite a la sociedad. Por esa razón. Y de ahí, también, que las poco o nada democráticas izquierdas, desde Azaña a los comunistas, pasando por el PSOE, la CNT y casi todos los republicanos de izquierda, rechazasen violentamente, a su vez, el veredicto de las urnas, pretendiendo, en frase de Azaña, que solo ellas tenían "títulos" para gobernar.
Una especialidad de los marxistas en todo tiempo y lugar ha consistido en otorgar graciosamente títulos de demócrata o antidemócrata a quienes ellos tuvieran a bien.
Azaña detestaba el marxismo, en la escasa medida en que lo conocía –uno de sus graves fallos–. Le repugnaban los comunistas y trató, en vano, de excluirlos de la coalición de izquierdas que derivó en Frente Popular. A Largo Caballero y a Negrín terminó cobrándoles aversión, bien testimoniada en sus diarios de guerra. Y sin embargo los marxistas y afines, que también lo criticaron y despreciaron en su momento, le muestran hoy una simpatía rayana en la veneración.
Los marxistas suelen admirar el jacobinismo, un movimiento burgués, desde luego, pero lo bastante extremista o "consecuente" como para que aquellos se sintieran herederos suyos, si bien más radicales y "científicos". En la olla jacobina se cocieron los totalitarismos posteriores.

Fue la debilidad política de Azaña, y no sus convicciones, lo que le obligó a pactar y hacer grandes concesiones. Pudo buscar alianza con los elementos moderados, pero, como buen jacobino, eligió al PSOE y la Esquerra, los más extremistas del régimen después de la CNT y los comunistas.
Se alió con los marxistas y con otro partido típicamente jacobino, la Esquerra catalana. Entendemos por qué rechazó la autonomía para las Vascongadas (porque el PNV era un partido clerical y racista).
Creyó resolver con la autonomía el problema creado por los nacionalistas catalanes, cuando estos la consideraban una simple etapa en una escalada de reivindicaciones.
Con igual miopía esperaba una alianza estable con el PSOE, pero este la veía como una táctica pasajera a fin de preparar el paso a la dictadura socialista.

Azaña promovió una Constitución impuesta por rodillo, no consensuada y no laica, sino anticristiana. Confundiendo sus deseos con realidades declaró que el país (no el Estado, entiéndase bien) dejaba de ser católico, y convirtió a los religiosos en ciudadanos de segunda, vulnerando las libertades democráticas, como él mismo reconoció. Amparó desde el poder la quema de iglesias, bibliotecas y centros de enseñanza católicos, sobre todo en 1931, y volvería a hacerlo en 1936. Ello aparte, impuso una Ley de Defensa de la República que reducía a muy poco las libertades constitucionales, y con ella en la mano cerró o censuró cientos de publicaciones, detuvo y deportó sin acusación, etc.

Un historiador debe ser cauto. Lo importante no son las frases, sino los hechos y las actitudes, y éstos son hoy conocidos.

Azaña tuvo un concepto de la república no democrático, sino jacobino y despótico, valga la redundancia: extremadamente anticatólico, "demoledor", una república para todos, pero gobernada por los suyos.
Para llevar a cabo su designio procuró la alianza con los sectores políticos revolucionarios, "los gruesos batallones populares", confiando en dirigirlos gracias a la "inteligencia republicana".
Azaña y los suyos, lejos de dirigir a los revolucionarios, fueron arrastrados literalmente por ellos. En esto se resume toda la aventura azañista. Lo cual explica muy bien la simpatía de los marxistoides por su figura: ven en ella a quien les facilitó el camino al poder.

 "La mala historia se combate sencillamente con la buena historia. Ya lo sabemos.


La pretensión de que el Frente Popular representaba la libertad y la democracia, además de los "intereses" del proletariado o del pueblo. Genera asimismo una perversión completa del lenguaje, presentando el totalitarismo revolucionario como la misma concreción de la libertad.

"proceso de paz", descansa en gran medida sobre una versión deformada del pasado, y pretende nada menos que establecer por ley la versión de un Frente Popular "democrático".

"El concepto de la república era entonces simplemente sinónimo de democracia". La república era sinónimo de democracia para sus "padres espirituales", Ortega, Marañón y Pérez de Ayala, que tanta opinión pública republicana crearon; o para Alcalá-Zamora y Miguel Maura, auténticos organizadores del derrumbe de la monarquía. Pero no tanto para Azaña, que llegaba pidiendo una república para todos, pero con el poder monopolizado por sus afines políticos. Ni para el PSOE, que desde el primer momento expresó su intención de colaborar con la república "burguesa" solo provisionalmente (poco más de dos años en la práctica).
Las opiniones posteriores de los padres espirituales de la república? Estos maldijeron aquel régimen con palabras realmente amargas, muy ilustrativas de cómo sucumbió la democracia liberal a manos de la "estupidez y la canallería" –frase de Marañón– de esas izquierdas totalitarias o golpistas.

Carrillo,  jefe de las juventudes socialistas y luego de las comunistas (o socialistas unificadas), uno de los mayores enemigos de la legalidad republicana, un bolchevique dedicado en cuerpo y alma a destruir la república "burguesa" por medio de la guerra civil.
"Las izquierdas de 1976 aceptaron la monarquía, y los monárquicos de 1931 no aceptaron la república ni como forma ni como contenido, nunca, y coherentemente se pusieron a conspirar desde su misma proclamación despreciando la legalidad y la legitimidad republicana".
En 1976 no todas las izquierdas aceptaron la monarquía. La rechazaron la ETA, el GRAPO y otros muchos. Y el resto de la izquierda, o el grueso de ella, más que aceptarla se resignó ante la imposibilidad de echarla abajo mediante la "ruptura". O la vio como una etapa pasajera. Ahora mismo esa izquierda está empeñada en liquidar la Constitución monárquica, en compañía de la ETA y los separatistas.

Y respecto a 1931, fueron los monárquicos quienes entregaron, regalaron, el poder a los republicanos, como observaron Miguel Maura y otros. La legalidad del nuevo régimen procede de ahí, no de unas elecciones municipales perdidas, además, por los republicanos. ¿Por qué iban a conspirar los monárquicos "desde el primer momento" contra el nuevo régimen, aceptado por el propio Alfonso XIII, según señalaba Franco?.
La oleada de quemas de iglesias, bibliotecas, obras de arte y centros de enseñanza a los pocos días de llegado el nuevo régimen. Importa concretar el hecho, ya que aquellos actos criminales predeterminaron en buena medida el destino de la república, ilustrando a muchos sobre lo que cabía esperar del dominio izquierdista. Pues lo más grave no fueron los incendios en sí, sino la justificación y santificación de ellos por las izquierdas, declarándolos obra, no de unos delincuentes, sino del "pueblo". Entonces empezaron las conspiraciones monárquicas, por lo demás totalmente irrisorias. Mucho más importante fue la brecha que se abrió en la conciencia pública, pese a lo cual la gran mayoría de las derechas adoptó una posición legalista y pacífica. Posición contraria, repito, a la adoptada por comunistas y anarquistas, a quienes se unirían en muy pocos años los socialistas y los nacionalistas catalanes.

La república llegó, efectivamente, como una democracia liberal. Pero se vio enseguida desbordada por las izquierdas que inmediatamente le declararon la guerra (PCE, CNT), por las que acordaron apoyarla solo para intentar transformarla luego en dictadura socialista (PSOE), y por las que pretendieron monopolizar al régimen (azañistas y otros).
Hubo una reacción monárquica muy escasa, y la pretensión de utilizarla como pretexto para justificar u ocultar los desafueros mesiánicos izquierdistas resulta grotesca.

La "metodología" marxista transforma la evidencia histórica en un revoltijo de confusiones interesadas. Aun lo veremos más claro con su interpretación de Azaña
Pretenden convencernos de ideas tan peregrinas como la de que aquel Frente Popular, compuesto de totalitarios y golpistas, representaba la legalidad democrática.
Hechos tan llamativos como que los obreros en la república y la guerra civil no contasen con un partido, sino con cuatro, autoproclamándose cada uno representante exclusivo del proletariado, y asesinándose entre ellos con ardor. Y así sucesivamente.

El marxismo se presenta como una teoría que explica el desarrollo histórico humano a partir de la economía. Ahora bien, su concepción de la economía difiere de la común. En el marxismo, economía y lucha de clases vienen a ser sinónimos: los hombres viven inmersos en sociedades de clases, basadas en el interés por controlar la producción y distribución de la riqueza. A partir de esos intereses surgen formas de pensar y ver la vida, las ideologías, desde la religiosa a la política; y también los aparatos destinados a asegurar el poder de unos pocos y la sumisión de la mayoría.
La tarea revolucionaria consistiría en derrocar a la clase dominante capitalista y expropiarla para abrir paso a una sociedad emancipada material, moral e intelectualmente, de las taras del pasado.

Término "capitalismo", para los marxistas define a la sociedad basada en la explotación del proletariado mediante la plusvalía. La teoría de la plusvalía es, como observó Lenin, la piedra angular del marxismo, y la que le ha dado esa apariencia científica (socialismo científico) superadora de las arbitrarias especulaciones utópicas. La plusvalía es el valor extraído por el capitalista al trabajo del obrero por encima del salario que le paga.
La idea se basa en el supuesto de que el valor de las mercancías consiste en la cantidad de trabajo humano contenido en ellas.
¿Cómo se mide, a su vez, el trabajo, esencia del valor? En tiempo. La plusvalía consiste en el tiempo que el obrero continúa trabajando para el patrón una vez ha cubierto las horas equivalentes al valor de su salario.

Una historia cimentada en la propaganda de la Comintern, y pretenden convencernos de ideas tan peregrinas como la de que aquel Frente Popular, compuesto de totalitarios y golpistas, representaba la legalidad democrática.
Tratan la república, la guerra y el franquismo con un enfoque "de clase", a veces confuso, pero discernible: movimiento obrero o partidos obreros por aquí, partidos burgueses, oligárquicos o fascistas por allá, represión "popular" por un lado, reaccionaria por otro, acción genocida del franquismo contra "el pueblo trabajador", explotadores culpables de las peores injusticias contra las justas aspiraciones "democráticas" y "avanzadas" de los trabajadores, de "sus" partidos y la pequeña burguesía progresista, etc.
Fulminan la histeria anticomunista de los historiadores revisionistas que osan poner en duda el escrupuloso respeto de los marxistas a la legalidad republicana, el cuestionamiento de la conducta democrática de Stalin en su defensa de la República española frente a la traición "burguesa" de Francia, y de Inglaterra.
En síntesis, la república fue un momento de esperanza y triunfo parcial del pueblo explotado, la guerra civil se debió a la reacción de los explotadores incapaces de aceptar la mínima reforma contraria a su interés de clase, y la era de Franco constituyó el triunfo genocida de estos últimos.

Decía Koestler que el dominio de la jerga marxista permitía a un idiota pasar por inteligente. El marxismo no solo establece un cuerpo de doctrina, sino que achaca a intereses "de clase" reaccionarios la actitud de quienes no lo acatan. De este modo la crítica se vuelve inaceptable por principio y, en un régimen socialista, muy peligrosa para el crítico. Los marxistas no intentan esclarecer los hechos sino descalificar rápidamente al discrepante.

A menudo se señala la naturaleza acumulativa de la ciencia, pero no debe olvidarse su simultáneo rigor selectivo o excluyente. La ciencia avanza también desechando ideas o hipótesis de carácter científico en principio, pero que se demuestran falsas al sufrir "la prueba de la práctica". De hecho suelen ser más las hipótesis desechadas que las aceptadas.


Un criterio clave en la ciencia para valorar una teoría consiste en examinar sus predicciones. Pues bien, las de Marx no se han cumplido, y las retorcidas adaptaciones de sus discípulos han fracasado. Las sociedades que él condenó a la autodestrucción son las más ricas y libres del mundo, participando de su riqueza y libertad la "clase obrera". Es en las sociedades socialistas u otras sin mercado libre ni democracia "burguesa", donde cunden muchas de las plagas profetizadas por Marx.

En cambio sí se han cumplido las profecías de los críticos de Marx y del socialismo en general: decenas de millones de personas exterminadas y el resto privadas de libertad política y también personal, algo desconocido en otras dictaduras. El Gran Experimento para crear el "hombre nuevo".

Han sido propagandistas de la Gran Mentira. Y lo siguen siendo.

Pocos de ellos se declaran hoy comunistas. En su mayoría están cerca del PSOE, que no abandonó el marxismo hasta la Transición. Así, hasta entonces ese partido seguía la doctrina más opuesta a las libertades.
Enemigo cerrado del régimen liberal de la Restauración, en alianza de hecho con el terrorismo anarquista; colaborador luego de la dictadura de Primo, lo que probablemente fue bastante sensato y le permitió llegar a la república como el partido decisivo, el árbitro del nuevo régimen; radicalización revolucionaria desde 1933, pregonando y organizando la guerra civil, para promover luego el Frente Popular e impulsar, tras las elecciones de febrero de 1936, un proceso de aniquilación de la legalidad republicana; corrupción gigantesca, quizá no igualada en siglos, durante la guerra civil; luego, en el franquismo, oposición prácticamente nula a la dictadura, tan odiada ahora.
La tardía renuncia al marxismo, ¿supuso su repentina democratización? Una renuncia real tendría que apoyarse en un examen de la teoría y la historia del partido, lo cual no ocurrió en absoluto. Por el contrario, surgió entonces un lema eficaz electoralmente pero quizá el más mendaz que haya inventado partido alguno: "Cien años de honradez". El "honrado" PSOE actual sigue sintiéndose heredero de aquel partido marxista, de la doctrina abandonada oficialmente por conveniencias de poder, pero cuyos tópicos, tics y enfoques básicos permanecen. Es la ideología, aguada en "progresismo", que hoy atenta contra la convivencia democrática al lado de los separatistas, terroristas y "civilizaciones".

La historiografía marxista se apoya en la noción de lucha de clases, y no busca esclarecer la verdad histórica, sino interpretar el pasado en clave revolucionaria, al servicio de los intereses que dicen "del proletariado".
Su modo de pensar, la ideología progre, podría describirse como un marxismo difuso en mezcla arbitraria con cualquier tendencia que les suene a "antiimperialista", sin excluir el fundamentalismo islámico.

Sabemos poco de la biografía de Tuñón, personaje un tanto misterioso, pero lo suficiente para lo que aquí interesa. Se licenció en Derecho –no en Historia– en la universidad de Madrid, en 1936, y cuatro años antes había entrado en las juventudes comunistas.
Los comunistas trataron de aniquilar desde el primer momento a aquel régimen "burgués"por medio de la insurrección armada, y participaron en la de 1934. Cambiaron parcialmente de táctica a finales de 1935, según las orientaciones de Moscú de formar frentes populares, sin abandonar su objetivo: implantar en España un régimen soviético, usando como palanca la lucha contra un fascismo prácticamente inexistente en España.
Y cuando Carrillo birló al PSOE sus juventudes, unificándolas con las del PCE bajo normas estalinistas, Tuñón se convirtió en director de la escuela de cuadros de dichas juventudes. Dato muy relevante, porque una escuela de cuadros era un centro para la formación de especialistas teóricos y prácticos en marxismo-leninismo.
Los marxistas siempre prestaron máxima atención a controlar la visión del pasado, la "memoria histórica", como arma política para el presente.

Ser comunista, entonces y después, significaba simplemente ser estalinista. El estalinismo no es otra cosa que el marxismo-leninismo, fórmula inventada por Stalin para definir la doctrina marxista en la nueva época de desarrollo capitalista, la época del "imperialismo".

La atribución de los valores de la libertad y la democracia al conglomerado de marxistas, anarquistas, racistas del PNV y golpistas varios que integraron el Frente Popular ampliado, bajo el protectorado de Stalin.
Pero fue la base de la propaganda de la Comintern, y sigue siéndolo de las historias de nuestros "hombres libres" de la historiografía.

 
Según unos, un historiador ha de recibir el título en la universidad y de sus autorizadas manos; sostienen otros que un historiador solvente ha de dar clases de la materia, también en la universidad o, al menos, en la enseñanza media
Serían historiadores "aquellos estudiosos e investigadores debidamente reconocidos por sus títulos académicos o, lo que es mucho más importante, por sus aportaciones historiográficas así consideradas por quienes han sido acreditados por su propia obra y así les es reconocida por sus pares". En menos palabras, sería historiador aquel a quien reconocieran por tal "sus pares".

El licenciado, doctor o profesor de historia, sin más, difiere tanto del historiador como el licenciado o doctor en filosofía difiere del filósofo.

Un profesional puede ser mediocre o malo por falta de esfuerzo o por falta de talento; esto es casi una perogrullada. Pero también pueden serlo por trabajar con un criterio falso, que le empuja a mutilar o malinterpretar los hechos históricos, echando a perder su esfuerzo o su talento. Como nadie ignora, un libro de historia no consiste en una simple acumulación de datos, sino en un ordenamiento de los mismos conforme a un enfoque o teoría general. Una teoría buena permite exponer la lógica interna de los datos y sucesos, sin forzarlos ni mutilarlos; con una mala ocurre lo contrario. La investigación sobre los datos desafía de modo constante a las teorías, las cuales quedan confirmadas o bien han de modificarse o desecharse.

Sin embargo nuestra necesidad psicológica de orden y comprensión nos hace aferrarnos muchas veces a teorías aparentemente omniexplicativas, a pesar de su incapacidad para integrar los datos: se prefiere mutilar estos, o prescindir de ellos antes que abandonar el orden aparente ofrecido por la teoría. Así ha pasado, y sigue pasando de modo muy destacado con el marxismo. Muchos intelectuales persisten en aplicar las categorías y concepciones de Marx, Engels y sus sucesores, de forma explícita o –más frecuentemente hoy día– implícita, incluso disimulada. Reig y sus pares, ya lo veremos con más detenimiento en el próximo artículo, entran de lleno en el redil marxista o marxistoide.


Así, nos informa unas líneas más abajo de que la versión progre de la historia es, simplemente, inatacable, y el "revisionismo", por tanto, no tiene ninguna oportunidad frente a ella.
Nuestro digno catedrático opina, muy a la marxista, que la verdad de la historia debe imponerla el poder político... progre. Para eso está.

Su método consiste en fijar etiquetas denigratorias siguiendo la vieja y a menudo eficaz receta de la Comintern (no perdamos de vista las raíces marxistas –y a menudo el tronco y las ramas– de estos señores. Ya hablaremos de ello): "Los camaradas y los miembros de las organizaciones amigas deben continuamente avergonzar, desacreditar y degradar a nuestros críticos. Cuando los obstruccionistas se vuelvan demasiado irritantes hay que etiquetarlos como fascistas o nazis. Esta asociación de ideas, después de las suficientes repeticiones, acabará siendo una realidad en la conciencia de la gente". Por ello su "debate" se centra en calificar insistentemente a los críticos de "franquistas" o "neofranquistas", en igualar la revisión de la guerra civil a la negación de la Shoah, y trucos parecidos.

"movimiento popular que reclamaba la recuperación de lo que ha venido a llamarse memoria histórica" (ni recuperación de ninguna memoria, sino de las viejas propagandas, ni movimiento popular, sino montaje político bien engrasado con fondos públicos), ataca a Stanley Payne por haber osado apartarse del coro denigratorio y reclamar los fueros de la democracia y el debate intelectual honesto.

De nuevo la táctica intimidatoria, inquisitorial, de la Comintern: nada de discutir si lo que dicen Payne o Moa es cierto, "hay que etiquetarlos como fascistas o nazis".

En cambio sigue en pie la exigencia de Payne: el debate debe realizarse "en términos de una investigación histórica y un análisis serio que retome los temas cruciales".


El mismo profesor Reig, un caso entre tantos, es hijo de quien fuera director del NODO. Cosas de la vida.