miércoles, 14 de noviembre de 2012

Cronología del Reinado de Isabel II


Período

Sucesos
Constitución:)
1833 - 1835
Gobiernos absolutistas y moderados
Regente:
María Cristina
Jefes de Gobierno:
- Cea Bermúdez (Abs.)
- Martínez de la Rosa (Lib. Mod.)
- Conde de Toreno (Lib. Mod.)
·         Comienzo del reinado
·         Levantamientos carlistas
·         La reina Regente, pese a intentar mantener el absolutismo, debe destituir al Jefe de Gobierno absolutista Cea Bermúdez y buscar apoyo en los partidos liberales para gobernar.
·         Los liberales, ya en el gobierno con Martínez de la Rosa, presionan para llevar a cabo medidas de reforma política y administrativa:
a) Nueva Constitución, que desembocaría en el muy moderado Estatuto Real de 1834. Este se limita a convocar unas Cortes que no tenían poder para legislar, sino que se debían limitar a aprobar o rechazar las leyes que propugnaran el Gobierno o la Corona.
b) Reforma de la división administrativa de España (49 provincias).
c) Libertad de prensa y asociación muy recortadas.
d) Sufragio censitario (sólo podían votar aquéllos que dispusieran de unas rentas procedentes de propiedades y/o que pagaran una cantidad determinada de impuestos. En total, el 0,15 % de la población.)
Estatuto Real (1834)
1835 - 1843
Gobiernos progresistas
Regentes:
- María Cristina
- Gen. Baldomero Espartero
Jefes de Gobierno:
- Juan A. Mendizábal (Lib. Prog.)
- General Baldomero Espartero (Lib. Prog.)
·         Levantamiento revolucionario de los liberales progresistas (exaltados) en verano de 1835 con la exigencia de derogar el Estatuto Real. Disturbios y quema de conventos. María Cristina entrega el gobierno al Progresista Juan Álvarez Mendizábal.
·         Mendizábal decreta la supresión del clero regular (órdenes religiosas) que no se dedicaran a la sanidad o la educación. Asimismo, inicia la desamortización (incautación y venta por parte del Estado de bienes pertenecientes al Clero y a ciertos otros propietarios -nobles, ayuntamientos-).
·         Los progresistas reinstauran la Constitución de 1812 que luego reformarán, convirtiéndola en la Constitución de 1837, de carácter progresista (soberanía nacional, una sola cámara, sufragio censitario).
·         El General Espartero se convierte en el principal personaje del liberalismo progresista tras haber obtenido varias resonantes victorias sobre los Carlistas (sobre todo la de Luchana, en 1836) y conseguir el final de la guerra con el Abrazo de Vergara (1839). Estos éxitos le permiten obtener el título de Príncipe de Vergara.
·         En 1840 consigue la Jefatura del Gobierno. En este cargo tendrá constantes enfrentamientos con la Regente que terminarán con la renuncia de María Cristina a la regencia (1840). Las Cortes nombran entonces Regente a Espartero.
·         La violenta oposición de los moderados, la falta de apoyo de parte del Ejército, las disensiones entre los liberales y la manifiesta incapacidad política de Espartero (bombardeo de Barcelona, 1842) acaban con este período liberal en 1843.
La Pepa (1812) (progresista)
Const. de 1837 (progresista)
1843 - 1854
Gobiernos moderados
Reina:
Isabel II.
Jefes de Gobierno:
-Gral. Ramón Narváez (Lib. Mod.)
-Juan Bravo Murillo (Lib. Mod.)
·         El levantamiento de los moderados contra Espartero (1843) termina por colocar al general Narváez como jefe de Gobierno (1844). El nuevo régimen moderado reforma la constitución de 1837 y promulga la de 1845, de ideología conservadora (soberanía compartida, Cortes bicamerales con un senado de designación real, sufragio censitario).
·         El gobierno de Narváez llega a un acuerdo con la Santa Sede (concordato de 1851) que declara la religión Católica como la única del Estado y soluciona el conflicto desatado por la desamortización: la Iglesia acepta la venta de su patrimonio pero consigue la subvención del clero por parte del Estado.
·         Existen fuertes recortes a la libertad de prensa. Se crea la Guardia Civil (1844), cuerpo de policía rural de carácter militar y sometido al gobierno que lo empleará en las luchas partidistas.
·         La centralización del Estado se profundiza: las provincias son gobernadas por un Gobernador Civil y otro militar, designados por la Corona; los alcaldes de los municipios de más de 2000 habitantes son también nombrados por la Corona, mientras que los de poblaciones menores son designados por el gobernador civil de la provincia.
·         1848: Primera línea de ferrocarril en la Península, que une Barcelona con Mataró. (Antes hubo otras líneas en Cuba).
·         La corrupción generalizada, los intentos de Bravo Murillo por recortar aún más las libertades y el abuso de poder de los moderados provocan en 1854 el pronunciamiento liberal de Vicálvaro (Madrid) -la "Vicalvarada"- que dará el poder a los liberales.
Const. de 1845 (moderada).
1854 - 1856
Gobiernos liberales
Reina:
Isabel II.
Jefes de Gobierno:
- Gral. B. Espartero (Lib. Prog.)
·         A consecuencia de la Vicalvarada, la reina entrega el poder al general Espartero, quien lo compartirá con otro general, O'Donnell, de tendencia menos radical. Sus gobiernos iniciarán un cambio de régimen con convocatoria de elecciones a Cortes Constituyentes y una nueva desamortización.
·         Abundan los disturbios obreros, frente a los que la burguesía liberal se une. Esta colaboración de parte de las dos tendencias de la burguesía, la liberal y la moderada, será la pauta a partir de ahora.
·         O'Donnell creará un nuevo partido, la Unión Liberal, que agrupará a moderados y bastantes progresistas.
·         En 1856, la inestabilidad provocará la disolución de las Cortes y la dimisión de Espartero.
La Constitución de 1856 no llega a promulgarse.
1856 - 1868
Gobiernos moderados
Reina:
Isabel II.
Jefes de Gobierno:
- General Leopoldo O'Donnell (Unión Liberal)
- Ramón M. Narváez
·         Los gobiernos de O'Donnell y Narváez consiguen que España sea aparentemente un país en paz a costa de la disolución de las Cortes y de todos los organismos estatales que no pudieron mantener bajo su control. Vuelven a poner el país en paz con la Santa Sede suspendiendo la desamortización eclesiástica y reinstauran la Constitución de 1845.
·         El apoyo de la burguesía al régimen aumenta a causa de la mejora de la situación económica debida, sobre todo, a la excelente coyuntura internacional.
·         España es una potencia de segunda fila que, no obstante, se embarca en proyectos internacionales: guerra en Marruecos (1859-1860), que amplía el territorio de Ceuta y Melilla (españolas desde el siglo XVI); participa en la conquista de Indochina junto a Francia y en la aventura del "Imperio Mexicano" de Maximiliano junto a Inglaterra y Francia. Asimismo, se embarcará en una aventura absurda en aguas del Perú (guerra del Pacífico).
·         En 1868 se instituye la peseta como unidad monetaria nacional.
·         La crisis económica europea de 1865-66, la presión de los grupos liberales radicales y demócratas y la subida al poder del Gral. Serrano, que retira el apoyo a la Reina, desembocarán en el fin del régimen y del reinado de Isabel II en septiembre de 1868.
Const. de 1845 (moderada).


lunes, 12 de noviembre de 2012

Comparación del diagnóstico de Joaquín Costa acerca de la España de 1899 con la situación de España en 1999



1.. El análisis de la situación política española en 1899 según Joaquín Costa. 
Me propongo aquí exponer la actualidad del análisis realizado por Joaquín Costa respecto al régimen político imperante en España a principios del siglo XX.
Por esta razón voy a seleccionar sólo los pasajes y contenidos expuestos por Costa en Oligarquía y caciquismo que están hoy a mi juicio de plena actualidad en nuestro país, donde impera un régimen político, el de 1978, muy parecido al régimen político aquél de 1876, razón ésta claro está, por la que la actualidad de Costa tiene y cobra su verdad y su interés.

Don Joaquín Costa (1848-1911) diagnosticó a principios de este siglo XX que ahora fenece que el régimen político imperante en España no era sino un régimen oligárquico y caciquil.
España decía, era «una oligarquía de notables»
Por esta razón afirma Costa que España no es una nación libre y soberana y que en España no hay parlamento ni partidos; hay sólo oligarquías.
La oligarquía es definida por Platón en la «República» como el «gobierno basado en el censo..., en el cual mandan los ricos, sin que el pobre tenga acceso al gobierno.»
Por su parte, Aristóteles define la oligarquía como desviación de la aristocracia convirtiéndose tal régimen en un régimen al servicio del interés de los ricos.
Así, pues, concluye Joaquín Costa categóricamente, «No es (y sobre esto me atrevo a solicitar especialmente la atención del auditorio), no es nuestra forma de gobierno un régimen parlamentario, viciado por corruptelas y abusos, según es uso entender, sino, al contrario, un régimen oligárquico, servido, que no moderado, por instituciones aparentemente parlamentarias.»


De esta forma, el problema no es el de una reforma de un régimen político determinado, sino el de su supresión. 
Se trata de todo un problema de cambio constitucional como se cuida muy bien de señalar Costa. En este régimen caciquil que adopta una forma de monarquía parlamentaria, en vez de subordinarse los elegidos a los electores, son éstos lo que están sometidos a los elegidos. Además, tampoco la ley contempla o considera de forma ecuánime a todos los ciudadanos. Quod oligarchae placuit, legis habet vigorem.
 
Los elementos de la oligarquía son para Costa los siguientes:
«1º Los oligarcas (los llamados primates, prohombres o notables de cada bando, que forman su «plana mayor», residentes ordinariamente en el centro:
2º Los caciques, de primero, segundo o ulterior grado, diseminados por el territorio.
3º El gobernador civil, que les sirve de órgano de comunicación y de instrumento.» 


(...) Distingue Costa entre el cacique, hombre fuerte de la sociedad o de la comarca, con influencia política, social y económica y base del sistema caciquil y el oligarca, el político profesional de la nación que se apoya en el oligarca para ejercer su poder.
El cacique realiza el trabajo sucio y el delincuente de cuello blanco importante es el oligarca o notable.
Es la clase política, pero, señala Costa, «en las fechorías, inmoralidades u crímenes que forman el tejido de la vida política de nuestro país, el oligarca es tan autor como el cacique, como el funcionario, como el alcalde, como el agente, como el juez, e igualmente culpable que ellos; pero no he dicho bien: esa culpa es infinitamente mayor, y sería si acaso... el instrumento o el cacique quien tendría moralmente razón para negar el saludo al personaje o al ministro, que fríamente y a mansalva armó su brazo, haciendo de él un criminal cuando pudo y debió hacer de él un ciudadano.»


Además, el régimen caciquil denunciado por Costa se caracteriza por ser un elitismo de lo peor que bloquea lo que luego Pareto denominaría «la circulación de las élites».
Los más brillantes e inteligentes son postergados por el régimen caciquil. «es la postergación sistemática, equivalente a eliminación de los elementos superiores de la sociedad, tan completa y absoluta, que el país ni siquiera sabe si existen; es el gobierno y dirección de los mejores por los peores; violación torpe de la ley natural, que mantiene lejos de la cabeza, fuera de todo estado mayor, confundida y diluida en la masa del servum pecus, la élite intelectual y moral del país, sin la cual los grupos humanos no progresan, sino que se estancan, cuando no retroceden.»

 España es entonces una meritocracia a la inversa. El régimen selecciona a lo peor y posterga a lo mejor de los individuos componentes de la sociedad española. En el régimen caciquil oligárquico sólo sobreviven los peores 

Los oligarcas se reparten regionalmente España en áreas de influencia política local.
Cada oligarca disfruta de su correspondiente territorio. Estos oligarcas se reúnen en asociaciones o bolsas de empleo llamadas partidos y deliberan en las Cortes. En España no hay Cortes ni partidos políticos más que en caricatura. Los grupos políticos no responden más que a intereses pasajeros y provisionales personales y particulares de grupos de interés. Por lo demás, el parlamento no representa al país. Las elecciones son organizadas por el gobierno para obtener el resultado electoral apetecido. Cita Costa en ayuda de sus tesis entre otros a D. Francisco Pi y Margall: «En aquella ocasión, el señor Pi y Margall dijo que un régimen bastardo, que no tiene clasificación posible». suerte de los Gobiernos; y aquí son los Gobiernos quienes deciden la suerte de las Cortes.»
De tal manera, no es condenado tanto el régimen parlamentario mismo cuanto su deformación oligárquica. Otra cosa es que las cosas tengan que ocurrir así necesariamente y no de otro modo. En España hay dos gobiernos: uno fenoménico y fantasmal: el sistema de monarquía parlamentaria, con constitución y elecciones y otro el real, efectivo y esencial que es el caciquismo oligárquico.

Esta oligarquía de la que habla Costa es una oligarquía absoluta, sin ningún poder que la frene o modere. Por encima del Rey está S.M. el Cacique. Así define entonces Joaquín Costa el régimen imperante en la España de 1899: «una oligarquía pura en el concepto aristotélico: gobierno del país por una minoría absoluta, que atiende exclusivamente a su interés personal, sacrificándole el bien de la comunidad.»

La existencia de la oligarquía política compromete la unidad de España y fomenta el secesionismo político y territorial. Para que subsista España como Estado nacional es preciso que desaparezca la oligarquía. «Pueblo que no es libre, no debe esperarse que se preocupe de la bandera.» 
La oligarquía desnacionaliza España.

La solución propuesta por Costa para eliminar el caciquismo es una política quirúrgica de urgencia. Se requiere «una verdadera política quirúrgica» y esta política quirúrgica debe ser realizada por un cirujano de hierro.
El cirujano de hierro tiene virtudes similares a las del filósofo-rey de Platón: que conozca bien la anatomía del pueblo español, que sienta por él una compasión infinita, que tenga buen pulso, que tenga un valor de héroe, entrañas y coraje, que sienta un ansia desesperada por tener una patria, que se indigne por la injusticia. Debe ser un hombre superior y providencial que lleve a cabo la regeneración de la patria. El cirujano de hierro es un político ilustrado, culto, superior, que gobierna al pueblo para mejorarlo.

Esta reforma del Estado es incompatible con el mantenimiento del parlamentarismo. Aquí avanza Costa posiciones y no es que diga que tenemos una ficción o caricatura de parlamentarismo, sino que incluso el parlamentarismo es incapaz de acometer las reformas necesarias para España.
El parlamentarismo no es el medio, es el fin de las reformas. «Para que España pueda ser nación parlamentaria mañana, tiene que renunciar a serlo hoy.»
De hecho, en la actualidad, el régimen parlamentario existe sin necesidad de elecciones ni de electores, por lo que «la forma política del Estado español puede definirse diciendo: un «gobierno parlamentario... sin electores».

La solución frente al régimen parlamentario es el régimen constitucional de separación de poderes del Estado. Se trata así de que las Cortes «sean Cortes según el tipo del sistema presidencial o representativo de los Estados Unidos y no según el tipo del sistema parlamentario de Inglaterra». 

(...) El caciquismo u oligarquía política descrita afecta también cómo no al aparato judicial consiguiendo así una justicia corrupta y llena de parcialidades y partidismos caciquiles.
El famoso «cirujano de hierro» de Joaquín Costa siempre se ha interpretado como un dictador. El cirujano de hierro es un magistrado u hombre que garantiza que todas las instituciones constitucionales del régimen presidencial funcionen: un Parlamento, un Poder Judicial independiente y una Administración eficaz. Lo que más se parecería al cirujano de hierro sería el General De Gaulle más bien que el General Franco. El cirujano de hierro de Joaquín Costa es sumamente parecido al filósofo-rey de Platón.
En el régimen criticado por Joaquín Costa, el parlamentario, mayorías y minorías son hechuras del partido gobernante. La representación es inexistente de facto. Los diputados representan a las diversas facciones dentro de la oligarquía. Por ello el consenso es fácil entre todos los oligarcas o caciques. Joaquín Costa, citando a D. Francisco Pi y Margall afirma que el régimen español «es un régimen bastardo sin posible clasificación».

Llama la atención, por su actualidad política, hoy en 1999, la terrible acusación contra las universidades españolas y contra sus funcionarios, los catedráticos como principales valedores ideológicos del bastardo régimen de la Restauración: «Gran parte de la culpa alcanza a las Universidades: lo que sobre organización política de España enseñan a la juventud es un solemne embuste de la Gaceta: en cambio, de la real y verdadera constitución no le dicen nada. Los catedráticos, con alguna rara excepción quizá, son los principales responsables de que se perpetúe ese convencionalismo criminal que ha postrado a la nación y la tiene en trance de expirar.»
Esto me recuerda la universidad que yo he conocido y conozco aún y el papel de los espadachines ideológicos del régimen de 1978 ya estén en las aulas de institutos y universidades, ya estén en tertulias, televisión o prensa.

Otra consecuencia del régimen oligárquico es la ausencia de una ciudadanía madura moral y políticamente: «España, como Estado oligárquico que es, no puede tener ciudadanos conscientes; electores, ni, por tanto, régimen parlamentario, y porque no puede tenerlos no los tiene.»
Como el pueblo español carece de madurez política para ejercer el sufragio universal, menester es que alguien gobierne al pueblo. Aunque muchos pudieran pensar que Costa está pidiendo una dictadura, más bien está pidiendo el gobierno de un presidente enérgico junto a un parlamento, que ejerza la función de convención nacional para colaborar con el presidente en la elaboración de las reformas constitucionales pertinentes. En el régimen presidencial que propone Costa, la iniciativa política le corresponde al Gobierno. El Gobierno y el Parlamento ejercen una verdadera tutela política sobre el pueblo hasta que éste alcance la mayoría de edad política, momento en el que el régimen presidencial da paso a un sistema político parlamentario. El Parlamento así es nombrado por el gobierno y este parlamento nombrado-elegido por elecciones de encasillamiento o amañadas desde el gobierno pero esta vez por el bien del pueblo, autoriza al gobierno a gobernar por decreto.

Respecto al tópico de la europeización, Costa sostiene la inevitabilidad de la europeización de España. Hay una exigencia interna que consiste en que el pueblo español tiene ansia de libertad, bienestar, cultura, justicia, &c. Por ello la europeización será inevitable. Paralelamente, se señala, según Costa, un proceso de desnacionalización de España producida por el atraso del país y por la naturaleza corrupta de su régimen político. Es evidente que la europeización produce una desnacionalización de los españoles. En cuanto a la exigencia externa, simplemente hay que señalar que estamos en Europa y que hay que adaptarse a la situación real que nos circunda para no ser absorbidos por las grandes potencias. La europeización puede llegar por la colonización económica de España por las grandes potencias europeas o porque España se modernice sin dejar de ser España. El dilema según Costa es: o España se europeíza o es europeizada. Si España se europeíza será de acuerdo con su genio y su tradición. Si España es europeizada por las grandes potencias, será borrada del mapa y esquilmada, desaparecerá como tal. La europeización «requiere una revolución desde el poder; revolución muy honda y muy rápida, tan rápida como honda»
A continuación Costa afirma lo siguiente: «Ahora bien; esa revolución súbita supone como necesaria condición estas tres cosas a la vez: genio político que la promueva y dirija; una organización vieja que no la estorbe; un estado social que la pueda asimilar.» 

 La prensa a decir de Costa es responsable de la postración de España. Igual que el pueblo español no tiene ni madurez ni capacidad política, tampoco tiene capacidad para leer periódicos de forma crítica y racional. La opinión no surge de los ciudadanos, sino de los periódicos.
Hace falta entonces una reforma también del cuarto poder. El periodismo hace que los ciudadanos abdiquen su facultad de pensar por sí mismos. Como la prensa está en manos de oligarcas, entonces la prensa es sumamente perjudicial para el pueblo español. «Y así ha resultado que eso que llamamos opinión no tiene su fuente en la conciencia de la nación, sino que se forma en las redacciones de dos o tres periódicos; y como, por otra parte, esas redacciones no son, en lo general, cuerpos de tutores, patriciado natural, sino, al igual de la plana mayor de las facciones, cuerpos de oligarcas y de intérpretes y adscripticios suyos –que por esto no dejan oír a su pupilo otras voces que las propias–, el vasallaje práctico del gobernante resulta doblado por el vasallaje teórico del periodista, y entre los dos dan a España, según dije, aspecto de una nación maleficiada.» Con las actuales oligarquías periodísticas es imposible el cambio que pretende realizar Costa en España. La renovación de la prensa pues, es algo que se impone para Costa forzosamente.

Además, es necesario para Costa, como para todo buen liberal por lo demás el concurso de las élites intelectuales para realizar la revolución nacional liberal propugnada por él.
¿Quién es el sujeto revolucionario que ha de colocar al cirujano de hierro para hacer la revolución liberal ansiada por Costa? Un partido de hombres nuevos de donde saldrá el cirujano de hierro y todo el personal político necesario para cubrir los cargos públicos del Estado y colaborar con el cirujano en la necesaria tarea de regeneración de la patria. El partido es la élite intelectual y política con capacidad política suficiente como para impulsar el cambio y suministrar de entre sus filas el personal político necesario a la nación. Este partido sería liberal y nacional y regeneracionista. Como el pueblo español es políticamente un incapaz y menor de edad político, «Dedúcese de lo que antecede que las elecciones únicamente podrían admitirse en serio a título de ficción jurídica, regida por principios de tutela: Que el Gobierno supla la ausencia de cuerpo electoral, nombrando diputados a los que éste elegiría si lo hubiese.»
La cosa no queda ahí, el Presidente, nombra los ministros sin necesidad de parlamento: «Pues ahora continuemos o extendamos el razonamiento: que el Jefe del Estado supla la falta de parlamento, nombrando Ministros a los que éste indicaría si existiese.»
En principio Costa apela al poder moderador del Rey pero esto puede recibir una lectura o una interpretación republicana. Si el Jefe del Estado no cumple con su deber, sobra la dinastía y se impone una salida republicana presidencialista. No se descartan ni la revolución desde arriba ni la revolución desde abajo por parte de Costa.
El famoso lema que se atribuye a Costa: Despensa y escuela no aparece más que al final de «Oligarquía y caciquismo». Creo que es más profundo otro lema de Costa: Libertad, cultura y bienestar.

2. El caciquismo del régimen de 1978.
Actualidad y validez en 1999 del diagnóstico de Costa de 1902
Hoy, en 1999 el análisis de Joaquín Costa enunciado en Oligarquía y Caciquismo no ha perdido ninguna actualidad. España es una monarquía parlamentaria oligárquica de partidos tal y como viene diseñada en la Constitución de 1978.
La monarquía fue impuesta por la oligarquía franquista.
La transición política operada en España en los años 1975-1982 consistió en ampliar la base de la oligarquía franquista e incorporar otros sectores políticos al Régimen del 18 de Julio que había surgido destruyendo por la fuerza de las armas la legalidad republicana de 1931.

El nuevo régimen franquista reformado adopta la democracia consistente en el sufragio universal y la regla de la mayoría para que el pueblo elija entre diversas élites unidas entre sí solidariamente por el «consenso».
El franquismo ha cooptado a la izquierda para consolidar su base de apoyo social y ha construido el Estado de las autonomías para fortalecer el caciquismo local y cosechar así un consenso mayor. La tarta que había que repartir se ha hecho mayor. Este Estado de las autonomías ha desnacionalizado España. Si es verdad que en una democracia es necesaria la virtud por el amor a la igualdad que hay en una democracia según Montesquieu, el régimen de 1978 no se caracteriza precisamente por el culto a la virtud. Si el principio republicano, reafirmado por el principio democrático del amor a la igualdad impulsa la virtud republicana, cívica, el amor a la patria, a la Nación, se puede decir que la Constitución de 1978 impulsa el amor a la corrupción, a la mentira y a la demagogia. Es que España es una oligarquía de partidos, un Estado de partidos como decía D. Manuel García Pelayo.

Las críticas que formuló D. Joaquín Costa al régimen de la Restauración borbónica de 1876 pueden serle igualmente formuladas al régimen de la Restauración borbónica de 1978.

1. Desnacionalización de España. El Estado autonómico desnacionaliza España y fomenta el desmembramiento territorial y lingüístico de España. La oligarquía ha crecido notablemente y se ha hecho autónoma. 17 territorios autónomos tienen sus correspondientes oligarquías y sus corruptelas locales sin ningún control del Gobierno. Nacionalismo y liberalismo van de la mano en desmantelar España. El liberalismo postula un Estado mínimo frente al capital, frente a Maastricht, frente a las autonomías. Los nacionalistas apoyan el debilitamiento del Estado para poder ejercitar su política sin restricción alguna.

2. El parlamentarismo de la Restauración se ha convertido en un parlamentarismo de partidos. Los partidos no tienen estructura democrática. Son órganos del Estado. Están subvencionados por el Estado y son perfectamente incontrolables por los ciudadanos. La corrupción se ha instalado como forma de gobierno en España. El Estado liberal es esencialmente un Estado corrupto. Esta es la situación actual de España.

3. En este régimen lo importante es que la izquierda también participa de la corrupción. De este modo no hay ninguna fuerza política fuera del sistema. La corrupción de la izquierda crea una situación nueva. No hay fuerzas políticas que critiquen al sistema. Todo dentro del sistema. Nada fuera del sistema. La corrupción procede de la degeneración de la dictadura franquista. No hay castigo electoral del gobernante corrupto. Hay servidumbre voluntaria del electorado. Además, las personas de los partidos se pueden sustituir, los partidos no. El sistema electoral proporciona coartadas e impunidad a los partidos. Se denigra a los corruptos y el partido sigue igual.

4. Los elementos de la oligarquía son los partidos y su articulación gubernamental, parlamentaria, judicial, autonómica y local. Esta oligarquía posee en torno a sí organizaciones satélites: asociaciones, ONGs., sindicatos, &c. Las subvenciones estatales cuidadosamente concedidas suprimen cualquier conato de independencia y de ataque al régimen.

5. En las elecciones nada se decide. Los programas de los partidos se parecen cada vez más entre sí y por tanto no constituyen las elecciones ningún mecanismo de formación de la voluntad popular. Las elecciones van adquiriendo un creciente carácter plebiscitario y se convierten en un acto de adhesión inquebrantable al régimen. Los electores se identifican sentimentalmente con el jefe del partido. La voluntad popular es una metáfora que expresa el dominio absoluto de los partidos sobre las instituciones y la sociedad. Estos partidos designan los candidatos y se reparten el poder institucional del Estado así como sus territorios siguiendo cuotas electorales. El sistema de encasillamiento lo deciden las direcciones de los partidos políticos.

6. El régimen de 1978 ha sido profundamente continuista tanto en la política interior como en la exterior con respecto al régimen franquista. Las mismas personas y el mismo grupo que constituyeron bajo Franco la clase dominante han apoyado al PSOE y han sido la clase dominante del régimen de 1978.

7. Esta corrupción ha destruido la función pública. El carnet político ha desplazado al mérito y la competencia profesional en sectores tan vitales para el porvenir como la enseñanza y la sanidad, las empresas y las administraciones, el Estado y las autonomías. En el terreno de la enseñanza se ha operado la demolición del bachillerato y la clientelización de la universidad. Si Franco colocó en la universidad a sus partidarios por méritos de guerra y sin oposiciones entre 1939 y 1954, el PSOE situó a sus partidarios por méritos tal vez no de guerra pero sí de adhesión inquebrantable en virtud de la LRU. Esta corrupción, la del saber es la más duradera.

8. El felipismo, esto es, la técnica de corrupción del PSOE ejercitada desde el gobierno entre 1982 y 1996 ha ganado ya un lugar en la historia de España y en la historia de los gobiernos de izquierda corrompidos. Es una variedad del craxismo italiano. La corrupción denunciada por Costa y los regeneracionistas de 1898 es un juego de niños comparada a la habida en los últimos años.

9. En este régimen, el parlamento juega un papel menor. Las principales decisiones las adoptan los jefes de los partidos en reuniones secretas y en negociaciones al margen del parlamento. Una vez concluidos los acuerdos, el parlamento escenifica el acuerdo con una votación. Es por tanto el parlamento cámara de manifestación no de reunión ni de debate. El partido gobernante controla el poder legislativo, el ejecutivo y el judicial mediante el Consejo General del Poder Judicial y mediante el Tribunal Constitucional. No hay división de poderes.

10. Al pueblo español se le han impuesto estas cuatro patrañas antidemocráticas: 1. Las reglas del juego oligárquico de los partidos: consenso constitucional. 2. Imposibilidad de investigar al poder ejecutivo debido al consenso parlamentario. 3. La complicidad de la oposición con la corrupción y con la razón de Estado, por el consenso gubernamental de unos gobiernos con otros. 4. Impunidad de partidos, gobernantes y gobierno, consenso jurisdiccional de los jueces.

11. La izquierda ha renunciado a la crítica del Estado y de la sociedad burguesa. Ha preferido la retórica demagógica cultural y educativa y copar algunas instituciones para participar de las prebendas y canonjías del régimen. La izquierda no existe. Es una izquierda virtual, no real y sirve, como institución del Régimen para encuadrar a los ciudadanos de izquierda dentro de los límites del Régimen, neutralizando así cualquier veleidad de protesta seria y amenazadora para el sistema.

12. Tampoco la Monarquía parlamentaria puede moderar la corrupción inherente a nuestro sistema oligárquico. Igual que sucedía en tiempos de Costa.
13. Solución propuesta: República presidencialista centralizada. Reforma de la ley electoral. Sistema mayoritario uninominal a doble vuelta. Por lo demás, acepto las Diez propuestas del profesor Bueno para el siglo XXI (1995).

14. El poder meramente simbólico del Rey permite a los nacionalismos periféricos utilizar el reconocimiento a la Corona como único lazo de unión con el Estado español para funcionar de hecho como Estados independientes.

15. En este régimen la cárcel está hecha para los pobres. Una casta de privilegiados e intocables controla todos los resortes del poder social, económico e intelectual. Esta casta disfruta de todas las ventajas y prebendas.

16. Los sindicatos de clase son otra de las grandes estafas del régimen de 1978. Mantienen el orden en el gallinero.

Notas
{1} Azcárate, citado por J. Costa en Oligarquía y Caciquismo, Editorial Biblioteca Nueva, Madrid 1998, con introducción de José Varela Ortega, pág. 70.
{2} Platón, República, Libro VIII, 550c-d. Edición bilingüe, traducción, notas y estudio preliminar de José Manuel Pabón y Manuel Fernández Galiano, Centro de Estudios Constitucionales, Madrid 1981.
{3} «la oligarquía, la de los ricos», Aristóteles, Política, Traducción, prólogo y notas, Carlos García Gual y Aurelio Pérez Jiménez, Alianza Editorial, Madrid 1991. Libro III, cap. VII. 1279b.
{4} Joaquín Costa, Oligarquía y Caciquismo, págs. 72-73.
{5} Joaquín Costa, Oligarquía y Caciquismo, pag. 75.
{6} Joaquín Costa, Oligarquía y Caciquismo, págs. 81-82.
{7} Joaquín Costa, Oligarquía y Caciquismo, pág. 83.
{8} Joaquín Costa, Oligarquía y Caciquismo, pág. 84.
{9} Joaquín Costa, Oligarquía y Caciquismo, pág. 94. Aquí la cita de Pi y Margall corresponde al Congreso de los Diputados, sesión de 21 de mayo de 1895, Diario de Sesiones, 1895, tomo IX, págs. 3798-3802. La última intervención de Pi y Margall citada corresponde al mismo Congreso, 8 de junio de 1895.
{10} Joaquín Costa, op. cit., pág. 98.
{11} Joaquín Costa, op. cit., pág. 103.
{12} Joaquín Costa, op. cit., pág. 115.
{13} Joaquín Costa, op. cit., pág. 118.
{14} Joaquín Costa, op. cit., pág. 127.
{15} Joaquín Costa, op. cit., pág. 129.
{16} Joaquín Costa, op. cit., pág. 130.
{17} Joaquín Costa, op. cit., pág. 188.
{18} Joaquín Costa, op. cit., pág. 190.
{19} Joaquín Costa, op. cit., pág. 213.
{20} Joaquín Costa, op. cit., págs. 213-214.
{21} Joaquín Costa, op. cit., págs. 217-218.
{22} Joaquín Costa, op. cit., pág. 228.
{23} Joaquín Costa, op. cit., pág. 228.
{24} Que no lo olvidemos es un Estado oligárquico de partidos bajo forma de Monarquía parlamentaria.
{25} El título es: «Diez propuestas, desde la parte de España, para el próximo milenio.» Yo, por mi parte, de forma más realista, prefiero verlas como propuestas para el próximo siglo XXI.

«Castilla arcaica, Cataluña moderna»


Felipe V y Carlos III han pasado a la historia como los reyes que impusieron el castellano al servicio de la uniformización y que prohibieron el catalán, algo que, supuestamente, el pueblo y la inteligencia catalana debían de sentir, por fuerza, como una humillación.
Lo peor es que el mito ha terminado por cuajar, por flotar en el aire, por ser una certeza común.
Lo peor es que la mayoría de los españoles han terminado por interiorizar la idea de un trato injusto y vejatorio para las lenguas minoritarias, un trato que se debe a la intromisión más grosera del castellano y a su imposición a golpe de decreto.
El mito se ha hecho carne, y aunque la comunidad lingüística se haya conseguido por necesidad e interés, aunque el verso castellano deba mucho a escritores catalanes, aunque su supuesta intromisión haya sido en el fondo aquella que señores, notables y comerciantes catalanes han querido que fuera, el murmullo que perdura es el de una lengua que avanza por las tierras de España en compañía de fieros conquistadores, monjes inquisidores, reyes absolutistas y terribles dictadores.(...)
Hay en toda esta retahíla de lamentos una melancolía de cortes medievales.
Hay también un olvido: que las lenguas se hablan porque interesa materialmente hablarlas, porque su lógica es la de la necesidad y no la del discurrir divino de las naciones. 
El mito llevado a la calle evoca un paraíso políglota donde los catalanes vivían sin arado, sin latín, sin comercio en América, sin carreteras ni ferrocarriles que les abrieran el mercado nacional y permitieran un trasiego de ideas, viajeros y mercancías mucho más rápido e intenso, sin industria que reclamara mano de obra inmigrante y atrajera gente de toda España, especialmente del sur, sin contactos ni mestizaje ni intercambios culturales...
El mito es la historia mutilada, sin personas de carne y hueso, sin mercaderes que comercian por los caminos reales de Castilla, sin poetas que buscan para sus versos un eco de más lectores, sin editores que llevan el español a las prensas porque el negocio pasa por la impresión de libros en la lengua de Garcilaso de la Vega ni burgueses atraídos por las rutas mercantiles que atraviesan el Atlántico.


LA LENGUA / El comercio, la industria, las finanzas apostaron por el castellano
El mito ha extendido la idea de que las gentes del pasado consideraban la lengua como algo sagrado, el eco de un vínculo viejísimo, y que si se perdió debió de perderse, a la fuerza, por imposición foránea.
Lo que no se dice es que las lenguas están más sujetas a los avatares de la sociedad y a los intereses de las personas que a una supuesta herencia natural y divina.
Lo que no se dice es que el tantas veces comentado texto de Nebrija -«que siempre la lengua fue compañera del imperio»- tuvo muy escaso eco en su época y que las directrices de la Inquisición se refieren a la conveniencia del uso del castellano en la redacción de los procesos, únicamente, en función de criterios de eficacia y funcionalidad administrativa, no de legitimaciones de mayor alcance.
Lo que no se dice es que los edictos de fe -los documentos de cara al exterior- se siguieron publicando en catalán.
Lo que no se dice es que el castellano estaba en boca de catalanes mucho antes de la unión de las Coronas y que tras la llegada de Carlos V su uso se extendió entre la nobleza y la burguesía, que tenían a gala presumir de sus conocimientos de castellano y considerar a su lengua vernácula como propia de clases incultas. 
Lo que no se dice es que en la época de los Austrias las elites de las cortes europeas juzgaban de buen tono conocer y expresarse en español, antes que en francés o en alemán, y que el papel del mercado se dejó sentir en la voluntad de los escritores catalanes de ser leídos, a través de la imprenta, por un mayor abanico de lectores.

Se escribía en español porque era más provechoso, de la misma manera que los impresores de Barcelona editaban a Fernando de Rojas, Garcilaso de la Vega, Montemayor, Mateo Alemán y tantos otros autores castellanos porque de ese modo podían competir con Sevilla, Valencia o Toledo y llevar sus libros a Europa y al Nuevo Mundo. Aunque los poetas de la Renaixença explicaran la decadencia literaria del catalán por la pérdida de peso político de Cataluña y se dijera que el castellano se había beneficiado de ser la lengua de la Corte y del gobierno, lo cierto es que su expansión natural por tierras de Aragón, Valencia o Cataluña se debía sobre todo a los intereses comunes de las elites, a su fonética innovadora y a que en el siglo XVI tenía una gran proyección internacional.

Lo que no se dice es que si el español se extendió a Cataluña fue porque la cultura, el comercio, la industria y las finanzas apostaron por la lengua de Cervantes, una lengua internacional con la que hasta el siglo XVIII podía recorrerse Europa, Asia, Africa y América con mucho provecho.
Decir que los Borbones «descatalanizaron Cataluña» al prohibir la lengua vernácula en la enseñanza es llevar al siglo XVIII los inventos de algún historiador acosado por los fantasmas del franquismo.
La muy citada Real Cédula otorgada por Carlos III en 1768 y las provisiones de años posteriores no iban dirigidas a la gente en general, analfabeta y alejada de las aulas en la sociedad del Antiguo Régimen, sino a los grupos selectos y adinerados, cuyos hijos debían ocupar los altos cargos de la administración, las finanzas, el comercio o el ejército y ya se educaban en latín y español desde antes de Carlos III y desde antes de los Reyes Católicos sin mayores nostalgias.
Leídas en su contexto, las leyes de uniformización lingüística del siglo XVIII proceden en su mayoría de leyes de comercio, de administración común, de unificación de moneda y de liquidación de aduanas, de modo que en el mismo documento donde se regulan esas materias aparece la referencia a la lengua castellana. 
Leídas en su contexto, ocurre que esas leyes a quienes más interesaban era a los fabricantes y comerciantes catalanes, hechizados por las jugosas ganancias que podía reportarles el mercado de las colonias americanas.

LA SOCIEDAD / España era la nación y Cataluña la patria
Los catalanes del siglo XIX, como sus antecesores del XVIII, participaron plenamente, y sin albergar dudas al respecto, en la construcción de la España moderna. Catalanidad y españolidad eran dos alientos estrechamente hermanados entre sí.
Las gentes de la Renaixença tenían claro que España era la nación y Cataluña la patria. La mitificación de la Edad Media, la elaboración de una cultura propia y la recuperación de la lengua vernácula se debió a la necesidad de borrar la intensa confrontación de clases que la rápida expansión industrial estaba abriendo en Barcelona.

El ideal de una burguesía nacionalista, laica, liberal en política, librecambista en economía, defensora de la industria y la modernidad, racionalista y creyente en la acción imparable del progreso científico, no deja de ser un mito. 
Católica hasta las entrañas y ferozmente proteccionista, la burguesía catalana fue culturalmente muy poco avanzada, socialmente muy refractaria a cualquier reformismo y políticamente muy conservadora.
En 1833 se opuso al carlismo, porque sus intereses económicos pasaban por el liberalismo.
Terminada la guerra, aunque alejada de la política partidaria, se identificó con el moderantismo y se emocionó con la guerra de Africa auspiciada por Leopoldo O'Donnell.
En 1874, tiroteado Prim y hostiles a la bullanga republicana, los patronos catalanes se entusiasmaron con la Restauración y con el regreso de la gente de orden al gobierno.

Hasta finales del siglo XIX, recelosos del movimiento federalista, antimonárquico y republicano al que se vio abocada Barcelona tras el destronamiento de Isabel II, se olvidaron de la descentralización y las leyes viejas. La Restauración les trajo el fin de los agitados días de la República, les trajo en unos pocos años el proteccionismo, tan necesario a sus negocios (...)
Los fabricantes catalanes compartirían sueños y mantel con Cánovas del Castillo y sostendrían la intransigencia más cerril contra los rebeldes cubanos y filipinos. Frente a mambises y tagalos fueron más colonialistas que Weyler y Polavieja, de la misma manera que años después, frente a la Semana Trágica y el sindicalismo anarquista, cerrarían filas en torno a la represión del conservador Antonio Maura, el orden feroz -ley de fugas incluida- impuesto por el general Martínez Anido, los pistoleros de raíz carlista de los Sindicatos Libres o el dictador Primo de Rivera, antecesor de otro dictador al que terminarían ayudando en la guerra civil.

El 98, con su malestar y su crisis, les llevaría a confiar en el catalanismo su desahogo contra los gobiernos de la monarquía: el Estado castellano, incompetente y anticuado se había dejado arrebatar el mercado colonial, en la práctica monopolio de Barcelona.
De golpe, los empresarios del Principado -cuya negativa al libre comercio de Cuba, la gran reivindicación de la burguesía isleña, había sido una de las causas de la catástrofe- descubrían su conciencia nacional catalana y reclamaban mayor participación en la vida pública y la reforma del régimen político que, de repente, se convertía en un estorbo para el desarrollo de los intereses de Cataluña... es decir, sus intereses...
Pero el eco del 98 duró poco. En unos años la crispación obrera y el atentado anarquista rebajaron las críticas que, de la mano de la Lliga Regionalista, habían tensado su relación con el obsoleto gobierno central. Tras el sobresalto de 1917, la escalada de la conflictividad social les empujaría a colaborar con los partidos dinásticos, a sostener la dictadura de Primo de Rivera y a financiar el levantamiento del 18 de julio. Un camino parecido recorrería Francesc Cambó, el líder político de la Lliga Regionalista.Otro catalán que siempre se comportó antes como un burgués.

LA POLITICA / Hay muchas Cataluñas a principios del siglo XX
Ni Cataluña fue sólo moderna y europea, ni la burguesía catalana fue progresista, ni el autoritarismo o el imperialismo de corte fascista fueron delirios creados en la rural y decrépita Castilla, como imaginan, o desean imaginar, los nacionalistas catalanes del siglo XXI. Un mito muy extendido en España tras la muerte de Franco y el asalto de los nacionalismos periféricos al Estado consiste en inventar una Castilla mística y homogénea, impositora de caudillos, refugio de esencias opresivas, creadora de autoritarismos y cortes fascistas.
Hay muchas Cataluñas a comienzos del siglo XX, de la misma manera que hay muchas Barcelonas. La capital del Principado fue la fábrica de España, el laboratorio del republicanismo anticlerical de Lerroux, la educación sentimental de Companys y la ciudad de los apagones y la rabia anarquista, pero también fue el seminario de España, la pionera en acoger la utopía reaccionaria de Charles Maurras -intelectual conservador ferozmente crítico con la nación constitucional creada tras la Revolución de 1789 y para quien los genuinos representantes de la Francia eterna residían en el clero católico, el ejército y la aristocracia de la sangre- o el centro, según el embajador de Mussolini, donde podía brotar el fascismo español.
En Barcelona se hablaba entonces de la superioridad de la raza catalana, se criticaba con dureza el liberalismo, se conjuraba la tierra y los muertos, se soñaba con imperios y naciones inferiores que dominar...

A finales del siglo XIX el doctor Bartomeu Robert, alcalde de Barcelona, hacía exhaustivas mediciones de cráneos a gentes del país, para demostrar que efectivamente la estirpe catalana era superior. Ya metidos en el siglo XX el joven Eugenio d'Ors, lector ferviente de Sorel, «el nuevo profeta de la espiritualidad obrera », y devoto seguidor del futuro consejero de Pétain, Charles Maurras, lanzaba sus glosas aristocráticas contra todo lo que oliera a democracia y a liberalismo mientras los vanguardistas José Vicente Foix y, sobre todo, José Carbonell, educados en el catalanismo de Prat de la Riba y la Lliga Regionalista, acusaban a Cambó de no entender la novedad del fascismo y de no plantearse su posible adaptación a Cataluña. Hubo a comienzos del siglo XX una Cataluña laica, progresista y republicana, pero aquella herencia no era del gusto de los catalanistas.

LA GUERRA CIVIL / Media Cataluña ocupó a la otra media
Las raíces del nacionalismo catalán no son republicanas ni liberales sino profundamente católicas y profundamente conservadoras. Las raíces están en la Renaixença, cuyos insignes representantes fueron muy del gusto de Menéndez Pelayo. Cataluña no era ni moderna ni antigua, era medieval, debía ser medieval, espíritu de honor, moral severa y fe sólida, según el ensueño de Milá y Fontanals.Cataluña era una nación esencialmente católica. Cataluña debía aspirar a la representación corporativa mediante el sufragio de los cabezas de familia, por gremios y profesiones, a fin de acabar con el parlamentarismo que entregaba el gobierno a los charlatanes de oficio, de acuerdo con el espíritu de las Bases de Manresa. Su solución, según Prat de la Riba, era la representación corporativa, el Estado federal en el interior y el imperialismo en el exterior, imperialismo como expansión cultural, política y económica de Cataluña a costa de las naciones menos cultas, a las que cabía imponer la civilización más desarrollada por mecanismos pacíficos o por la fuerza.
Eugenio d'Ors también haría culminar su proyecto novecentista en la idea de Imperio. El imperialismo de D'Ors comportaba un antiseparatismo que evidenciaba la voluntad de conseguir la hegemonía política en el resto de España. Por eso reclamaba una Cataluña interventora en los asuntos del mundo, con una referencia clara a Jaime I, algo que también resuena en la pluma de Prat de la Riba: «Nuestro rey fue grande, por haber hecho la Unión Catalana, por haber derramado sobre los asuntos del mundo su acción. Nuestra patria fue grande porque era una, porque era Imperio».

Grande. Una. Imperio... La crisis de los años veinte y treinta no fue una crisis castellana ni la guerra civil ni la restauración del caudillismo, el organicismo y el autoritarismo fueron cosa única de Castilla. La Lliga Regionalista, partido ideado por Prat de la Riba y liderado hasta el final de su sueño por Francesc Cambó, no sólo estuvo al lado de los gobiernos dinásticos en los momentos de crisis sino que su eco latió hermanado al maurismo, corriente ideológica con la que tenía muchos puntos en común, y simpatizó con el golpe de Estado de Primo de Rivera. La voz de la Lliga Regionalista jamás fue separatista. Cambó siempre pensó en un catalanismo que tuviera cabida en una España regenerada, y su táctica política siempre estuvo marcada por el posibilismo y por la aceptación plena del marco de la Restauración. Como Prat de la Riba, Cambó defendía la idea de una España grande, combinando autonomía y unidad, orden y catolicismo. Su fracaso ya lo vaticinó Alcalá Zamora en el Congreso de los Diputados: «Su señoría pretende ser a la vez el Bolívar de Cataluña y el Bismarck de España, son pretensiones contradictorias y es preciso que su señoría escoja entre una y otra.»

Al final, como la inmensa mayoría de los dirigentes de la Lliga, escogió Bismarck y apoyó a Franco en la guerra civil. Era obvio. El catalanismo conservador no podía identificarse con los hombres que enarbolaron la bandera de la Cataluña autónoma el 19 de julio de 1936 ni con un gobierno por el que iban a pasar comunistas, anarquistas, marxistas disidentes y que incautaba empresas, cuentas corrientes de valores y hasta cajas fuertes.

Tras la guerra media España ocupó a la otra media, lo que quiere decir también, muy a pesar de quienes han inventado una Cataluña exclusivamente republicana, que media Cataluña ocupó a la otra media. En Cataluña muchos sintieron con alivio la derrota republicana por aquello que se recuperaba con la entrada triunfal de Franco en Barcelona: la paz social, las fábricas, las empresas, las tierras, los bancos, los títulos de propiedad y el viejo orden de poder económico.

Las historias que los nacionalistas cuentan para después de la guerra olvidan a menudo que la Cataluña de la juerga revolucionaria aterró a la gran burguesía y a las clases medias. Que la guerra civil, como en el resto de España, supuso el ensañamiento de catalanes contra catalanes. Que la represión del 39 fue masiva, arbitraria y clasista -se ensañó con campesinos y obreros pero que la desatada por los utopistas del 36, aunque menor, también fulminó a un buen número de catalanes: periodistas, abogados, militares, y algunos notables que venían siendo públicamente hostiles a los sueños revolucionarios que se anunciaban en las calles. Que quienes militarmente terminaron por aplastar la utopía revolucionaria traían una idea totalitaria y centralizadora de España. Que a esa idea de patria se adhirieron por simpatía, entusiasmo e interés, muchos catalanes. Cambó y la burguesía financiaron a Franco. Josep Pla, exiliado en Roma durante la guerra civil, trabajó como espía del general rebelde. Juan Estelrich fue uno de los propagandistas más refinados de la dictadura y Eugenio d'Ors se convirtió en la gran figura intelectual de la España franquista.

Todos ellos hablaban catalán, venían del sueño de Prat de la Riba y del catalanismo político de la Lliga. Todos ellos parecen fantasmas, seres que deambulan sin fe por la historia, desterrados del pasado soñado por los nacionalistas catalanes de la transición.Todos ellos parecen no existir. Transitan más allá de los márgenes del silencio: son silencio. O figuras desposeídas de su raíz, desterradas de su verdad íntima, histórica, para poder ser admitidos en la herencia de la Cataluña siempre noble, laica y progresista que hoy se quiere recordar.

Extracto de «Castilla arcaica, Cataluña moderna», capítulo IV del libro «Los mitos de la Historia de España», Fernando García de Cortázar.

domingo, 11 de noviembre de 2012

¿Y si al final lo que se rompe es CiU y no España?


Son varios mensajes los que lleva lanzando en los últimos días el número dos de CiU, Josep Antoni Duran Lleida, sobre las consecuencias que una hipotética independencia tendría para Cataluña.
Pero esos avisos no son para el Gobierno de Mariano Rajoy, sino para el presidente en funciones de la Generalitat , Artur Mas, el impulsor de este desafío independentista.
El último hoy viernes: “Es malo para España no tener a Cataluña y es malo para Cataluña no tener a España”.
Analistas políticos consultados subrayan que Duran ha empezado a lanzar mensajes desde el seno de CiU que van en contra de la propuesta independentista lanzada por Artur Mas.

“Por qué, porque no quizás, sino porque es meridianamente claro que Durán Lleida sabe mucho más de lo que es a la política no sólo a nivel nacional, sino también en parámetros internacionales, sobre todo en los que se refieren a la Unión Europea, pues no en vano, es el presidente de la Comisión de Asuntos Exteriores del Congreso de los Diputados.”
Las mismas fuentes señalan que el también portavoz de CiU en el Congreso de los Diputados no sólo “no se ha achantado ante los rapapolvos que le echa Mas por decir lo que cualquiera que esté en la vida política de verdad dice sobre la realidad de lo que hay, sino que sigue insistiendo en mostrar lo que le puede pasar no sólo a España, sino sobe todo a Cataluña si el proceso independentista sigue adelante”.

Es más que evidente que a Mas no le han gustado nada las declaraciones de Duran Lleida, tanto en público como en privado ante militantes de CiU, en las que aseguraba que Cataluña tendría muy difícil, por no decir prácticamente imposible, entrar directamente en la Unión Europea.

El presidente en funciones de la Generalitat, según las mismas fuentes, “en vez de reconocer que lo que dice Duran Lleida es la realidad de lo que le puede pasar a Cataluña si se independiza, se ha limitado a reprochar el pesimismo de su número dos”.
O quizás a partir de ahora Duran Lleida dejará de ser el número dos de CiU, porque empieza a decir la verdad desde el punto de vista de un político catalán perteneciente a esa coalición, se preguntan los analistas políticos consultados por “El Imparcial”.
Y es que el máximo dirigente de una de las dos ramas que forman CiU, Unión Democrática de Cataluña, “ha vuelto a sacar los colores a Artur Mas”.
En una entrevista concedida a Punto Radio lo dejado otra vez claro, “quizás para que al presidente de la Generalitat se le quiten los tapones de los oídos”, señalan las mismas fuentes. “No hay una gran mayoría de ciudadanos de Cataluña que deseen un escenario de independencia porque es malo para España no tener a Cataluña y es malo para Cataluña no tener a España”.
Es más, ha vuelto a reiterar, “para fastidio de Artur Mas, porque es algo que lo gusta oir en ningún caso, aunque sea la realidad de lo que va a pasar si su proyecto independentista sigue adelante”, recalcan los mismos medios, que Cataluña podría verse fuera de la Unión Europea porque ya no sólo España, sino cualquier otro país miembro de los veintisiete de la UE, podría vetar su admisión. “Es lo que dice la ley, es lo que yo pienso, y que no se mate al mensajero”, ha enfatizado el portavoz de CiU en el Congreso de los Diputados.

Duran cree que la mayoría de catalanes no desea la independencia
"Es malo para España no tener a Cataluña y es malo para Cataluña no tener a España".
El secretario general de CiU y líder de UDC, Josep Antoni Duran Lleida, ha asegurado hoy que "no hay una gran mayoría de ciudadanos de Cataluña que deseen un escenario de independencia", ya que, ha dicho, "es malo para España no tener a Cataluña y es malo para Cataluña no tener a España".
En declaraciones a Punto Radio, Duran ha insistido en que Cataluña podría verse fuera de la UE porque España podría vetar su admisión: "Es lo que dice la ley, es lo que yo pienso", ha añadido el portavoz de CiU en el Congreso, que ha pedido que cuando hace este tipo de afirmaciones "no se mate al mensajero".

En contraste con la opinión de muchos dirigentes de CiU, Duran ha opinado que hoy "no hay una gran mayoría de ciudadanos de Cataluña que deseen" la independencia y se ha mostrado a favor de "sentarse a hablar en serio" tras las catalanas del 25N para "buscar acuerdos que permitan a Cataluña tener un estatus propio" dentro de España, que satisfaga no sólo las demandas catalanas de financiación sino que también dé garantías a la lengua y cultura catalanas.
Además, ha abogado por celebrar un referéndum legal para decidir el futuro de Cataluña: "No tiene sentido que nosotros convoquemos un referéndum que no sea legal", ha recalcado.

Tras las elecciones del 25N, habrá que "intentar un cambio de legislación para permitir ese referéndum" y, "si no llega ese pacto, creo que Cataluña no debe hacer nada que no sea legal", ha dicho Duran, que ha reconocido que la última reunión que mantuvo con Artur Mas fue el 24 de septiembre por la noche, justo antes de que el presidente catalán anunciara elecciones anticipadas.

En este contexto, y a través de su carta a los militantes de Unió, Duran ha advertido a sus socios de Convergència Democràtica de que su partido antepone por encima de todo su "lealtad" a Cataluña, ha vuelto a alertar de que una hipotética independencia dejaría a los catalanes fuera de la UE y ha recetado "diálogo" tras el 25N.

Maragall y Pujol proclaman que ha llegado el momento del «Estado catalán» Diada 2007


BARCELONA. Los ex presidentes de la Generalitat Jordi Pujol y Pasqual Maragall olvidaron ayer sus viejas rencillas personales y políticas para reclamar al unísono un Estado propio para Cataluña en un acto institucional que puso fin a la celebración oficial de la Diada de Cataluña.
En la entrega de la medalla de oro de la Generalitat a Pujol y Maragall, los líderes históricos de nacionalismo y del socialismo catalanes lanzaron sus proclamas independentistas para asombro y estupor de su sucesor en el cargo, José Montilla, y regocijo de los máximos dirigentes de ERC y de CiU, Josep Lluís Carod-Rovira y Artur Mas, respectivamente.
El morbo de ver «hermanados» a Pujol y Maragall en la misma causa, ya que en los últimos días habían coincidido en reclamar la «huelga fiscal» para acabar con el expolio que, a su entender, sufre Cataluña por parte del Estado, llenó el aforo del Salón de Sant Jordi del Palau de la Generalitat. Ni Maragall ni Pujol defraudaron las expectativas creadas por ambos en la conmemoración del 11 de septiembre más soberanista de toda la historia de la Diada.

Una Constitución catalana
Ante el Ejecutivo de Montilla en pleno, diputados, autoridades militares y eclesiásticas y representantes de la sociedad civil catalana, Maragall aseguró que «Cataluña será una nación porque figurará en su propia Constitución como Estado dentro de una Europa diversa, y no solamente porque lo diga el Preámbulo de su Estatuto».
Según el líder socialista, «ahora es el momento» de decirle a España que «tienen tres naciones no reconocidas que quieren ser Estado», en alusión al País Vasco, Galicia y Cataluña, y añadió que este reconocimiento no debilitará a la UE, sino todo lo contrario.
Tras subrayar que para él, su familia y amigos era «un honor» el galardón otorgado por el presidente catalán, nacido en Iznájar (Córdoba), recordó, Maragall comparó la rendición de Barcelona ante las tropas de Felipe V en 1714 con el bombardeo de Pinochet al Palacio de la Moneda en el golpe contra Allende y los ataques del 11-S. «Tres ciudades bom-bardeadas un 11 de septiembre de dolor», apuntó.

Constitución adaptada
Pujol, por su parte, aseguró que «no es Cataluña la que se tiene que adaptar a la Constitución, sino que es la Constitución la tiene que adaptarse a Cataluña, y respetarla». El ex presidente catalán subrayó que la «nación catalana» es una realidad que «viene de mucho más lejos» que la Carta Magna. «No es fruto de ninguna Constitución ni de ningún pacto político, ni de ningún programa electoral, es una realidad histórica con identidad propia», apuntó. Pujol, mucho más moderado que Maragall en sus planteamientos soberanistas, emplazó a Montilla a que «entre en juego» para frenar los, a su juicio, intentos del Estado de «reducir a un común denominador» a Cataluña junto al resto de autonomías. «En la defensa de una identidad propia y del autogobierno, que tiene raíces históricas que pero sobre todo expresa una voluntad de proyecto futuro, nadie nos podrá igualar en el conjunto del Estado», añadió.
Pujol también agradeció el otorgamiento de la medalla de oro de la Generalitat, pero le espetó a Montilla que para él su «mayor honor» era haber sido presidente de la Generalitat durante 23 años «por voluntad del pueblo de Cataluña».

«Un camino no deseado»
Con el fin de sofocar los ánimos independentistas, incluso dentro de su propio gobierno, Montilla contestó a Pujol y Maragall que «nadie nos hará ir, como pueblo, por un camino que, colectivamente, no deseamos». El presidente de la Generalitat matizó que, en los últimos 30 años, Cataluña «siempre ha salido adelante» y aseguró que «ahora también sabrá encontrar el camino de su futuro» si hay unión entre los partidos catalanes para alcanzar los «grandes objetivos nacionales» como el despliegue de «todas las potencialidades» del nuevo Estatuto.
El camino que traza Montilla es muy diferente al dibujado por su vicepresidente de gobierno, que insiste en la necesidad de poner una fecha al referéndum sobre la independencia de Cataluña. Carod abogó ayer porque la consulta popular se celebre en un «plazo sensato» y reiteró que es «la única salida» ante la situación actual de Cataluña.
El secretario general de ERC, Joan Puigcercós, consideró, por su parte, que Cataluña debe seguir la «estela de Escocia» y que este país debería de ser un referente y «aliado» de la «nación catalana en su camino hacia la independencia».
El presidente de CiU, Artur Mas, emplazó a los catalanes a recuperar la ilusión y la confianza en el futuro pese a que Cataluña vive «un momento difícil» por culpa de la mala gestión del tripartito de Montilla y del Gobierno de Zapatero.
«Los catalanes se sienten en parte desconcertados, en parte confundidos y en parte enfadados, y es lógico», dijo el líder nacionalista, tras reiterar su confianza en su proyecto de convertir CiU en «la casa grande del catalanismo», donde tengan cabida todas las tendencias políticas. El contrapunto a esta cascada victimista y tremendista lo puso el líder de Unió. Josep Duran Lleida, que se borró de la Diada para no participar de este enfervorizado ambiente, dijo desde Chile que los catalanes no tienen derecho a quejarse ni a sentirse y comportarse como «un pueblo derrotado». «No tenemos derecho solamente a transferir y traspasar responsabilidades a los de fuera», apuntó. Duran, que desenmascaró a la clase política catalana, fue tajante: «No podemos poner siempre excusas». Desde la Casa de Cataluña en Santiago, reconoció que la Diada se ha celebrado en un clima de «desilusión y desánimo» por el síndrome post-estatutario y el, a su juicio, «trato injusto» del Estado en materia de infraestructuras.