miércoles, 26 de febrero de 2014

El Pacto de San Sebastián

Indalecio Prieto
Publicado en Tiempo de Historia nº 27, febrero 1977
El 12 de febrero de 1962, ahora hace quince años, fallecía Indalecio Prieto en su exilio mexicano. Como tantas otras figuras de nuestra vida política, científica y cultural, el dirigente socialista murió lejos de los hombres y de la tierra por cuya liberación había luchado largos años. En su recuerdo al filo de esta conmemoración, incluimos un breve y jugoso artículo que Prieto escribiera sobre algunos pormenores del Pacto de San Sebastián, de 1930, precedente inmediato de la proclamación de la II República. Artículo que se halla fechado por el propio don Indalecio el 29 de noviembre de 1943.
Con motivo del convenio de unidad que, para restaurar el régimen democrático, acaban de firmar en México republicanos y socialistas españoles, se ha hablado del Pacto de San Sebastián que dio origen a la constitución del Comité revolucionario de 1930, transformado en Gobierno provisional el 14 de abril de 1931. Recordemos ese Pacto y algunas consecuencias suyas. Y recordémoslo en aspectos anecdóticos, dejando a parte su trascendencia histórica.

LA BELLA EASO.
Cuando me apeé en la estación del barrio de Amara aquella mañana dominical de agosto, advertí, consultando el reloj, que aún faltaban dos horas largas hasta la señalada para reunirnos. Los expresos de Madrid y Barcelona tenían su llegada más tarde que el tren de Bilbao. Salvo algunas personalidades convocadas que veraneaban en sitios próximos —don Niceto Alcalá Zamora en Echarri-Aranaz y don Miguel Maura en Fuenterrabía casi todas venían de la corte y de la ciudad condal y era preciso aguardarlas. La espera resultaba adecuada para un paseo por la bella Easo, según los donostiarras llaman, con legítimo orgullo, a su pueblo. No hay en el Cantábrico, ni en todo el litoral español, población más linda. Antiguamente no les bastaba a los parajes ser bellos para popularizarse, y, por eso, si Biarritz debió su engrandecimiento a Eugenia de Montijo, San Sebastián debió su prosperidad inicial a María Cristina de Habsburgo. La emperatriz de Francia convirtió el pueblecillo pesquero cercano a Bayona en cosmopolita centro de recreo y la reina regente de España dio vuelos de lujosa capital a la modesta Donostia. En ambas ciudades constituyó amplia base económica el juego, disputándose la concurrencia de jugadores el Gran Casino Easonense y el Casino Municipal de Biarritz, que luego tuvieron réplica en otros suntuosos templos de la ruleta.
Y a cuenta de esto, aunque sin conexión con mi relato, allá va una anécdota picaresca. Durante la regencia y al hacerse cargo del Gobierno, don Antonio Cánovas del Castillo dio al ministro de la Gobernación, don Francisco Romero Robledo, una lista de conspicuos correligionarios para gobernadores civiles. El de Guipúzcoa opuso un serio reparo: iría de gobernador, pero decidido a prohibir el juego en San Sebastián. Cuando Romero Robledo enteró de tan singular condición a su jefe, exponiéndole las pertubaciones de semejante medida. que privaría de fuertes ingresos a varias entidades benéficas. Cánovas reflexionó así: «¡Qué raro! Nos ha salido un mirlo blanco. Nómbrelo usted y pronto despejaremos la incógnita.» El flamante gobernador, apenas posesionado de su cargo, prohibió rigurosamente el juego, provocando airadísimas protestas y las aguas volvieron a su cauce con el cese del austero poncio, al descubrirse que éste percibía grandes cantidades de Biarritz para que San Sebastián no se tirara de la oreja a Jorge.
Pero volvamos al relato. ¿Dónde emplear más placenteramente que en La Concha las dos horas ociosas? Recorrí la preciosa playa, de Alderdi-Eder a Miramar. Ya para entonces predominaban también allí los baños de sol sobre los acuáticos y las mujeres bien forma-das —las otras refunfuñaban por tamaña des-honestidad— preferían tumbarse semidesnudas sobre fina y dorada arena a sumergirse entre olas de blanca espuma, pasando largos ratos al sol tras breves instantes en el agua. Después de defenderse con sombrillas durante siglos contra toda caricia solar, la mujer, si era escultural, optaba por tostarse la piel y cuanto más en público mejor...
La reunión estaba anunciada para mediodía en el hotel Londres. Cuando yo llegué, el hall aparecía atestado por haber acudido muchos periodistas nacionales y extranjeros e infinitos curiosos. No hubo modo de aclarar cómo y por qué se había elegido el hotel Londres. Ni allí residía ninguno de los convocados ni nadie había pedido permiso al gerente, quien veía alarmado muchos gestos de extrañeza y disgusto por parte de su aristocrática clientela al topar con tanto grupo de jacobinos. Fernando Sasiain resolvió el conflicto, ofreciendo los salones del Casino Republicano donde, bajo su presidencia, se estipularon las bases del Pacto, del cual, por cierto —y ello dio lugar a distintas interpretaciones— no se extendió ningún documento.
La siguiente reunión celebróse en Fuenterrabía, en casa de Miguel Maura, y las sucesivas en Madrid, primero en el domicilio de Maura y después en el Ateneo.
El Partido Socialista no estuvo representado en San Sebastián, pues yo concurrí, previa invitación de los demás, a título personal y sin representación alguna. Planteado inmediatamente el asunto en nuestra Comisión Ejecutiva, ésta aceptó el Pacto y acordó nombrar delegados suyos en el Comité revolucionario a Largo Caballero, a Fernando de los Ríos y a mí y participar directamente en el Gobierno que se formara. El más resuelto para estos acuerdos fue Largo Caballero, quien, frente a dudas de otros compañeros, resumió su actitud con estas palabras: «El problema es sencillísimo, consiste en creer o no creer en el advenimiento de la República y yo, desde luego, creo». Posteriormente se adhirió también al Pacto la Unión General de Trabajadores, aunque sin estar representada directamente en el Comité revolucionario.

LOS TRES MANIFIESTOS.
En el domicilio madrileño de Miguel Maura —quien ahora confecciona calcetines en Niza, si los alemanes no le han cerrado su fabriquita— tuvo el Comité revolucionario contacto, por primera vez, con elementos militares. Allí nos visitó el general Villabrille, segundo jefe de la Capitanía de Burgos y con el cual había conferenciado antes, en plena carretera, cerca de Aranda de Duero, don Niceto Alcalá Zamora, sirviendo de enlace para todas estas entrevistas un avispadísimo cura castrense. ¡Qué hombre más simpático y más campechanote el general Villabrille! Implantada la República y siendo gobernador militar de Bilbao. empeñóse en rendirme honores militares siempre que yo llegara, sin lograrlo nunca por obstinarme yo en rehuirlos. Varias veces envió a la estación una compañía con bandera y música, pero otras tantas dejé el tren en lugares inmediatos a Bilbao, volviéndose la tropa al cuartel sin que los soldados me presentaran armas ni la banda tocara en los andenes el Himno de Riego.
Aquella noche invernal, sentados todos los miembros del Comité en torno de la chimenea donde leños chisporroteantes encendían nuestra ilusión de conspiradores, Villabrille desenrolló unos planos, señalando el camino que seguirían las tropas sublevadas bajo su mando. «Es la misma ruta de invasión de los godos». Me acordé de la tortura que significó en mi infancia aprenderme la lista de los reyes godos, sin saber la cual ningún alumno ascendía a la sección o grado superior, porque, ¿qué sería de nosotros si al enfrentamos con la vida, ignorábamos cómo se llamaron los predecesores y sucesores de Chindasvinto? Tal recuerdo y el calorcillo de la lumbre me sumieron en dulce somnolencia, sacándome de ella esta rotunda afirmación de Villabrille: «A las guarniciones las sorprenderemos adormecidas y atontadas como ahora está Prieto». Queriendo limpiarme del reproche, no perdí ya detalle del plan visigótico-republicano propuesto por un caudillo al que del programa democrático sólo le interesaba la ley de divorcio. Wamba, Alarico o cualquiera otro monarca godo no hubiesen arriesgado tanto por tan poca cosa. Villabrille, al despedimos, descubrió una guitarra y nos entretuvo tocándola con maestría. El joven general supo cumplir su palabra. Llegado el día del levantamiento, que abortó por anticiparse indebidamente Galán y García Hernández en Huesca, se presentó en Logroño, donde, de acuerdo con el teniente coronel Albert, hace meses fallecido en México, debía acaudillar a los sublevados.
La fecha del alzamiento se mantuvo secreta hasta última hora. Para fijarla, y a fin de que no pudiera divulgarse con antelación peligrosa, el Comité delegó en los señores Alcalá Zamora, Azaña y Largo Caballero. Previamente se convino en publicar un manifiesto dirigido al pueblo español, siéndonos encargada su redacción a Alcalá Zamora, a Lerroux y a mí. Cada uno de los tres presentaría un texto y el Comité elegiría. El primero fue el mío. Gran silencio acogió su lectura. «Queda desechado», fallé yo mismo, rompiendo las cuartillas. Al día siguiente presentó el suyo don Niceto: «Es mucho peor que el mío», dictaminé osadamente. Y por exclusión de los nuestros se aprobó después el de don Alejandro Lerroux, que tampoco era muy brillante.

LA FUGA SIN ROPAS TALARES.
Se hizo la distribución de ministerios, asignándoseme a mí el de Fomento, pero nadie quiso apechugar con el de Hacienda y a última hora me fue adjudicado, pasando Alvaro de Albornoz a Fomento.
Cada uno de los miembros del Comité teníamos señalada una población para dirigir el movimiento revolucionario. Fui destinado a Bilbao, donde, con unanimidad impresionan-te, se mantuvo la huelga general hasta comprobar que el movimiento había fracasado por completo, singularmente en Madrid.
El fracaso determinó la prisión de Alcalá Zamora, Maura, Largo Caballero, Fernando de los Ríos, Albornoz y Casares Quiroga. Pudieron librarse de ella, permaneciendo ocultos en Madrid, Azaña y Lerroux. Otros cuatro —Marcelino Domingo, Nicoláu d'Olwer, Martínez Barrio y yo— conseguimos pasar a Francia.
Antes de separarnos, víspera del alzamiento, Lerroux, que ha contado en su Pequeña historia del habanero Diario de la Marina, episodios del período revolucionario, me gastó una cuchufleta:
Si vienen mal dadas, usted podrá burlar a la policía disfrazándose de fraile, porque facha no le falta.
—Sería grotesco que le detuviesen de tal guisa —comentó Casares Quiroga.
—Yo anularía ese aspecto grotesco, verdaderamente temible—argüí.
—¿Cómo? —me preguntaron.

Ingresando en la orden religiosa a la cual correspondiesen los hábitos que yo vistiera, y así quedando libre de andanzas revolucionarias en la tierra, conquistaría la paz eterna en el cielo.
Pero, como me acogí al mar para fugarme, y en el mar maldito si se necesitan disfraces, no fue menester que yo profanara ningún sayo monástico.
INDALECIO PRIETO.

Prieto. El pacto de SAn Sebastián



www.sbhac.net/Republica/TextosIm/TDH/Prieto3/Prieto3.htm‎

martes, 25 de febrero de 2014

El oro del Banco de España

A partir del 19 de julio de 1936, a los pocos días de la sublevación militar, tanto el gobierno de José Giral como el general Franco, entonces responsable del ejército de África, realizaron gestiones simultáneas en Francia, por una parte, y a través de emisarios en Roma y Berlín, por la otra, para solicitar apoyo material.
Con estas iniciativas dio comienzo la progresiva internacionalización del conflicto ante la conciencia común de las carencias en medios y equipamientos militares de ambos bandos para sostener el esfuerzo bélico.
Al comienzo de la Guerra Civil Española, la situación política de Francia era confusa, con un gobierno frentepopulista que incluía entre sus elementos mayoritarios al centrista Partido Radical.
Aunque Léon Blum, como el PCF, pretendió intervenir a favor de la República, los radicales se opusieron y amenazaron con retirarle su apoyo.
A ello se unieron las advertencias británicas sobre el riesgo de obstruir la política de apaciguamiento emprendida por el conservador Stanley Baldwin.
De tal modo, el consejo de ministros reunido el 25 de julio de 1936 aprobó la cancelación de cualquier suministro desde Francia.
El mismo día en que se confirmaba la no intervención de las democracias occidentales, Hitler daba su consentimiento para el envío de un primer lote de aviones, tripulación y equipo técnico a Marruecos, mientras que el 27 de julio, Mussolini enviaría una partida de aviones de transporte, material que sería utilizado posteriormente para el puente aéreo de tropas hacia Sevilla establecido el 29 de julio de 1936.
El gobierno nazi utilizó una empresa fantasma, la Sociedad Hispano-Marroquí de Transportes, como tapadera para canalizar sus suministros a Franco.
El 1 de agosto de 1936 el gobierno francés emitió la propuesta a la comunidad internacional para la adopción de un «Acuerdo de No Intervención en España», apoyada por el Foreign Office a través de su embajada en París el 7 de agosto.5 El acuerdo fue también inicialmente suscrito por la Unión Soviética, Portugal, Italia  y el Tercer Reich, sumándose al Comité de supervisión de Londres creado el 9 de septiembre de 1936. No obstante, estas tres últimas naciones mantuvieron su apoyo logístico y material mientras que los agentes de compras del gobierno republicano adquirieron suministros procedentes de México y del mercado negro.6

En el terreno de las hostilidades, durante los meses de agosto y septiembre de 1936 las fuerzas sublevadas lograron importantes avances, consolidando la frontera portuguesa tras las Batalla de Badajoz del 14 de agosto y cerrando de la vascofrancesa, tras la entrada en Irún del 4 de septiembre de 1936.
Este avance coincidió con un progresivo viraje de la política de la URSS hacia una intervención activa.
Se emprendió entonces el establecimiento de relaciones diplomáticas con la República española y el nombramiento del primer embajador soviético en Madrid, Marcel Rosenberg (antes representante soviético en la Sociedad de Naciones), el 21 de agosto de 1936.7
A finales de septiembre de 1936, partidos comunistas de diferentes países recibieron instrucciones del Komintern y de Moscú para el reclutamiento y organización de las Brigadas Internacionales, que entrarían en combate durante el mes de noviembre. Mientras, el 28 de septiembre, el final de las operaciones en torno al Alcázar de Toledo permitiría a las fuerzas dirigidas por el general Varela orientar su esfuerzo hacia la Batalla de Madrid.
A lo largo del mes de octubre de 1936, la URSS envió material en ayuda del nuevo gobierno de concentración frentepopulista presidido por Largo Caballero, que incluía dos ministros comunistas, acción que el embajador soviético en Londres, Iván Maisky, justificaría ante el Comité de No Intervención el 23 de octubre de 1936, denunciando el previo sabotaje italoalemán al mismo y reclamando la restitución del derecho a la República a armarse.
Cinco días más tarde, el 28 de octubre de 1936, zarparon de Cartagena cuatro cargueros soviéticos conteniendo el oro evacuado el 14 de septiembre del Banco de España.

Situación de las reservas y estatus del Banco de España.
Pocos meses antes del inicio de la Guerra Civil la reserva española de oro había sido registrada por las estadísticas internacionales en mayo de 1936 como la cuarta más grande del mundo.
Fue acumulada principalmente durante la Primera Guerra Mundial, en la que España se mantuvo neutral.
Gracias a los estudios de la documentación del Banco de España (BDE),10 se conoce que estas reservas se distribuían principalmente en la sede central de Madrid, las delegaciones provinciales del BDE y otros depósitos menores en París, desde 1931, estando constituidas en su mayor parte por monedas, extranjeras y españolas, mientras que la fracción de oro antiguo era menor al 0,01% e insignificante la cantidad de oro en barras pues tan sólo había 64 lingotes.11
Sobre el valor de las reservas movilizables, este era conocido por las diversas publicaciones oficiales que se emitían regularmente y así el The New York Times del 7 de agosto de 193612 informaba de la cifra de 718 millones de dólares estadounidenses de la época para las disponibles en la sede de Madrid. Para el historiador Ángel Viñas, esta cifra se correspondía con 635 ó 639 toneladas de oro fino o bien a 20,42 ó 20,54 millones de onzas troy.
Según el balance del Banco de España del 30 de junio de 1936, publicado en la Gaceta de Madrid (el BOE de la época) el 1 de julio, las reservas de oro existentes, tres semanas antes de iniciarse la contienda, alcanzaban un valor de 2.202 millones de pesetas-oro, equivalente a 5.240 millones de pesetas efectivas.
Viñas calcula que la cifra de 719 millones de dólares de 1936 correspondería, actualizada con los índices de inflación, a 9.725 millones de dólares de 2005. En comparación, las reservas españolas disponibles en septiembre de ese año eran de 7.509 millones.13

En 1936, el Banco de España estaba constituido como sociedad anónima por acciones (al igual que sus homólogos francés e inglés) con un capital de 177 millones de pesetas, el cual se hallaba distribuido en 354.000 acciones nominativas de 500 pesetas cada una. A pesar de que el banco y sus reservas no eran de propiedad estatal -pues no devendrían en tales hasta la promulgación del Decreto-Ley 18/1962 del 7 de junio de 1962, sobre Nacionalización y Reorganización del Banco de España-14 , la institución estaba sometida al control tanto del gobierno, quien designaba al gobernador, como del ministerio de Hacienda que nombraba a varios miembros del Consejo General del banco.12

La Ley de Ordenación Bancaria (LOB) del 29 de diciembre de 1921 (o Ley Cambó) intentó por vez primera ordenar las relaciones entre el Banco de España como banco central y la banca privada. En la ley se regulaban también las condiciones para la movilización por parte del Banco de las reservas, el cual debía contar con la preceptiva autorización del Consejo de Ministros. En la base 7ª del Artículo 1º la LOB estipulaba la facultad del Gobierno para acudir a la entidad y solicitar la venta de oro exclusivamente para influir en el tipo de cambio de la peseta y «ejercer una acción interventora en el cambio internacional y en la regularidad del mercado monetario», en cuyo caso el Banco de España participaría en dicha acción con una cantidad igual a la arbitrada por el Tesoro Público.
Aunque autores como Pío Moa consideran que el traslado del oro violaba claramente la Ley Cambó, en opinión de Ángel Viñas la aplicación laxa de la misma por parte del gobierno republicano fue válida, basándose en los testimonios del que fuera último ministro de Hacienda de la Monarquía, Juan Ventosa y Calvell (18 de febrero a 15 de abril de 1931), que la juzgaba, poco antes del golpe militar, demasiado ortodoxa, limitando las posibilidades de crecimiento de la economía del país. Para Viñas -que evita entrar en aspectos jurídicos- la situación excepcional creada por la rebelión explicaría el cambio de actitud con respecto a la Ley Cambó por parte del gobierno, que pasó a ejercer los mecanismos necesarios para realizar una nacionalización parcial encubierta del Banco de España, guiado por la máxima «Salus patriae, suprema lex»-.
Otros historiadores, como Sardá, Miralles o Moradiellos, coinciden con esta interpretación.
La actuación del gobierno republicano sobre el Banco de España para colocar en su dirección a personas fieles a la República se concretó en el Decreto de 4 de agosto de 1936, que destituyó a Pedro Pan Gómez como subgobernador primero en favor de Julio Carabias, que 10 días más tarde fue seguida de la destitución de otros consejeros y altos ejecutivos.

Después del traslado del oro a la Unión Soviética, el 21 de noviembre, se decretó la modificación del Consejo, que sufrió nuevas modificaciones y ceses hasta que el 24 de diciembre de 1937 nueve consejeros fueron sustituidos directamente por representantes institucionales. Pan Gómez huiría a la zona nacional, para ocuparse unos meses después de organizar el nuevo Banco de España de Burgos.
El destino del oro del Banco de España
Indalecio Prieto
"Afirmo - he dicho refiriéndome a apoyos que recibimos en el curso de la guerra- que pueden anular o amortiguar nuestra gratitud los aspectos lucrativos del auxilio de la URSS y de los partidos comunistas que la secundaban". Véanse estos ocho puntos que dejé sentados en 1939 y que nadie ha desmentido:
1.-El  Partido Comunista francés había administrado, para compras de material de guerra, dos mil quinientos. millones de francos entregados por Negrín, sin que la administración de tan enorme suma la hubiese controlado, poco ni mucho, ningún funcionario del Estado español.
2.- El Partido Comunista francés había retirado para sí, quizá como beneficios de intermediario, cantidades considerables del dinero entregado por Negrín.
3.- La propaganda, pública primero y clandestina después, del Partido Comunista francés se costeaba con dinero así extraído del Estado español, pues los auxilios de la III Internacional  eran nulos y el producto de las cotizaciones distaba muchísimo del gasto enorme de esa propaganda.       
4.- Avido de dinero, el Partido Comunista francés, rectificando constantemente sus liquidaciones por nadie examinadas, reclamaba con frecuencia mayores sumas a los señores Negrín y Méndez Aspe, (este último, ministro de Hacienda).
5.- El espléndido diario comunistoide "Ce Soir", remedo del triunfante "París Soir “,  se sostenía con fondos de los suministrados por Negrín
6.- La flota, compuesta de doce buques, perteneciente  a la France Navigation, era propiedad de España, pues con dinero español se compraron todos los barcos, no obstante lo cual los comunistas franceses, administradores de dicha Compañía, se negaron a devolverlos, considerándolos suyos.
7.- Uno de los barcos de la France Navigation, el "Winnipeg", se fletó por el S.E.R.E. (entidad de auxilio a los expatriados establecida por Negrín) para transportar exiliados a Chile, aumentando de esa manera sus ingresos los comunistas franceses, mediante el novísimo sistema de arrendar a alto precio a los españoles un buque que pertenecía a los españoles.
8.  Parte del tesoro español sacado de nuestro territorio al evacuarse Cataluña estaba custodiado por comunistas franceses.                                         

En cuanto al lucro de Rusia, el relato que ahora reitero aquí es ciertamente asombroso.
El 25 de Octubre de 1936 se embarcaron en Cartagena con destino a Rusia siete mil ochocientas cajas llenas de oro, amonedado y en barras, oro que constituía la mayor parte de las reservas del Banco de España.

Previamente, el señor Negrín,  como ministro de Hacienda (todavía no era presidente del Consejo), obtuvo el acuerdo del Gobierno y la firma del Presidente de la República para un decreto autorizándole las medidas de seguridad que estimara indispensables en cuanto al oro del Banco de España. Como miembro de aquel Gobierno, acepto la responsabilidad que me corresponde por el acuerdo, aunque ni los demás ministros ni yo conocimos el propósito perseguido. Ignoro si llegó a conocerlo el entonces Presidente del Consejo, Francisco Largo Caballero.

El embarque se verificó con gran misterio. Si yo me enteré fue por pura casualidad, a causa de haber llegado a Cartagena para asuntos del servicio --era yo ministro de Marina y Aire- cuando el embarque se efectuaba bajo la dirección personal de los señores Negrín y Méndez Aspe.

Cuatro empleados del Banco embarcaron en el buque que conducía el precioso cargamento. No se les dijo a dónde iban. Creyeron que desembarcarían en Port Vendres, Sete o Marsella y aparecieron... en Odesa. El 6 de noviembre llegaron con nuestro oro a Moscú. Y allí, ocurrió algo que también merece ser narrado. Los funcionarios del Grosbank miraban y remiraban minutos enteros cada pieza y la pesaban y repesaban. Los empleados del Banco de España, acostumbrados a gran celeridad en operaciones semejantes, no se explicaban tamaña lentitud, por la cual se invirtieron varios meses en el recuento. Pero esta lentitud obedecía al deseo de justificar la permanencia en Rusia de quienes habían ido custodiando la mercancía. A toda costa se quería impedir su regreso a España para que no se divulgara el enorme envío de oro. Las familias de los viajeros se inquietaban por desconocer el paradero de éstos, y para calmar su intranquilidad se las embarcó también, sin decirles adónde iban, _y se las llevó a Rusia.

La entrega del oro, tan meticulosamente pesado y medido, había de concluir algún día, y concluyó. Los bancarios creyeron entonces que, terminada ya su misión, tornarían a España. Mas sus reclamaciones en ese sentido ante nuestro Embajador, don Marcelino Pascua, eran inútiles. No se les consentía salir; estaban confinados con sus familias en Rusia. Al cabo de dos años, cuando la guerra se extinguía, el Encargado de Negocios, don Manuel Martínez Pedroso, logró romper aquel confinamiento. Pero a los cuatro bancarios no se les repatrió. En España podían hablar más de la cuenta. Y con objeto de evitarlo se les desparramó por el mundo: uno fue a dar con sus huesos a Buenos Aires, otro a Estocolmo, otro a Washington y otro a México. Al mismo tiempo desaparecían de la escena los altos funcionarios soviéticos que intervinieron en el asunto: el ministro de Hacienda, Grinko; el director del Grosbank, Marguliz; el subdirector, Cagan; el representante del ministerio de Hacienda en dicho establecimiento de crédito, Ivanoski; el nuevo director del Grosbank, Martinson... Todos cesaron en sus puestos, varios pasaron a prisión y Grinko fue fusilado.
Entre tanto, una revista gráfica, "La URSS en Construcción", dedicaba un
número especial al aumento de las existencias de oro en Rusia, atribuyéndolo al desarrollo de la explotación de los yacimientos auríferos de Rusia. Era el oro de España. Rusia no ha devuelto ni una sola onza.
                                                                                  México, D. F., Marzo de 1953.   

Negrín como Profesor



Negrín como Profesor

Como docente, la mayoría de las opiniones recogidas personalmente a personalidades ilustres que fueron sus alumnos (Enrique Parache Guillen, José Botella Llusíá, Luis Tejero Nieves, Cifuentes Delatte - a través de su hijo-, Alvarez-Salas Morís -a través de su hijo-) coinciden en afirmar que era un mal docente, con escasas dotes oratorias y con escasa programación de la materia a enseñar.
Debe recordarse que la carrera docente de Negrín, en la Facultad de San Carlos, se limita -por sus actividades políticas- prácticamente a nueve o diez años (1922/1931) y el balance de su docencia según la opinión oral o escrita de quienes fueron sus alumnos, resulta "aprobado por los pelos", y si no, veamos lo que opinan algunos de ellos:
*.- Severo Ochoa (en entrevista con Marino Gómez Santos): "Explicaba mal, pero sus lecciones eran sumamente estimulantes"
*.- E. Parache Guillén: "Explicaba mal y suspendía demasiado"

*.- Alvarez Salas Morís -a través de su hijo José Luis, 20-II-98-: "Explicaba muy mal, provocando que los alumnos no fueran a su clase; su adjunto Corral, también era muy malo"

*.- Luis Tejero Nieves: "No explicaba bien, los alumnos se aburrían"

*.- José Puche Alvarez: "Sus lecciones ahorraban a quienes le escuchaban, muchas horas de lectura".

*.- Ortiz Picón (Una vida y su entorno. Univ. Granada, 1979): "Se ocupaba demasiado de los aspectos bioquímicos, escamoteando realmente la enseñanza de la auténtica fisiología. Era poco didáctico para los estudiantes, pues llenaba la pizarra de fórmulas de aminoácidos incomprensibles para los alumnos. La proporción de suspensos, era considerable"

*.- Pedro Laín Entralgo (Hacia la recta final. Revisión de una vida intelectual, pag. 364-367. Círculo de lectores. Barcelona. 1990): "Puede considerarse como un "incitador de vocaciones científicas", al promover, mediante la palabra hablada o escrita, esa vocación, abriendo a la mente del discípulo posibilidades que él, por si mismo, acaso no habría descubierto"5

*.- La opinión de Laín sobre Negrín, en 1990, merece un breve comentario, siempre que no se padezca amnesia. El propio Laín, en 1966, con motivo del cierre del viejo Hospital de San Carlos, escribe una editorial (Arch. Fac. Med. Madrid. IX:2, 1966) en la que analiza el balance de la vieja Facultad, y al citar las Cátedras que él llama "decorosas", incluye en ellas, entre otras, a la de Fisiología que regentó en su día Gómez Ocaña, pero no cita para nada a Juan Negrín, al "incitador de vocaciones científicas". En la misma línea, -creo ya haber señalado en otro lugar-, el dato sorprendente, de cómo en la Ha de la Medicina Contemporánea de Laín (2a Ed. 1963), Juan Negrín no aparece ni en el índice, mientras sí se dedican dos renglones, a Gómez Ocaña y a Augusto Pí y Suñer. ¡Curioso el olvido -viviendo el General Franco- de Pedro Laín!



Grande Covián: "Muchas de las cosas que él hacía, que eran completamente normales en las Universidades de Europa, parecían unas novedades terribles en aquel momento"

A L. F. Jacob, esta afirmación de Grande Covián, le parecía lógica, pues habiéndose formado Negrín en Alemania, con solo contar lo que había visto y vivido en aquel país, ya resultaría novedoso.

Grande Covián debiera tener muy presente, que hay que diferenciar entre la elaboración de conceptos originales y creatividad propia, con el mimetismo y servilismo de quienes solo son capaces de reflejar lo aprendido en el extranjero, circunstancia que con excesiva frecuencia se da en nuestro país.

Añade Grande Covián (quien por cierto junto a Severo Ochoa, abandonaron a Negrín, para irse con Jiménez Díaz), que "faltaban libros, y los que había traducidos, eran muy malos".

Grande Covián lo decía, influido porque en las clases de Negrín, éste no seguía texto alguno, estando siempre preocupado porque sus alumnos -de quince o dieciséis años- "aprendieran idiomas y leyeran revistas extranjeras", lo cual con frecuencia irritaba a los estudiantes

L.F.Jacob, pensaba, que si para Juan Negrín, no existía ningún texto de Fisiología apropiado, bien pudo, dada su sabiduría y dominio de al menos seis lenguas (francés, inglés, alemán, e italiano), traducir un texto clásico o incluso escribir para la posterioridad, un tratado de Fisiología que sirviera de referencia.

Gregorio Marañón: en el discurso de recepción de la Real Academia de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales, que pronunciara el 3 de diciembre de 1947, refiriéndose a que el desarrollo de la medicina en Inglaterra, Francia, Alemania, Italia, USA, e incluso Sudamérica, ha sido precedido por la obra de fisiólogos ilustres, afirma: "La medicina española, ha tenido su gran histólogo, pero le ha fallado el fisiólogo revolucionario..."



Marañón habla de "los beneméritos esfuerzos de algunos fisiólogos aislados como Gómez Ocaña, Rodrigo Lavín y Pí Suñer", pero..., ni una sola palabra referente a Juan Negrín.

Botella Llusiá (entrevista personal en mayo de 1999): "No era mal docente, lo que pasa, es que si cenaba dos o tres veces y después se iba de..., al día siguiente no podía explicar muy bien"; yo hice la Tesis doctoral sobre la síntesis de urea en la placenta, y la presenté el 15 de julio de 1936, siendo él, el Presidente del Tribunal, ¡fíjese Vd. en que fechas!. Negrín llamó a mi padre para que me fuera a Estados Unidos, debí hacerlo".



Existe pues, una amplia mayoría que coincide en que Negrín no era buen docente.

Respecto a su "Escuela de Fisiología", muchos historiadores le atribuyen como discípulos, a personalidades médicas que apenas permanecieron con él un curso de postgraduado y dos o tres como estudiante.

Realmente su herencia científica en España, la constituye Hernández Guerra (fallecido a temprana edad) y José María del Corral (a quien sufrimos el curso 57/58), pues Méndez derivó hacia la farmacología al igual que García Valdecasas, pareciéndonos un atrevimiento considerar a Severo Ochoa como discípulo de su escuela tan solo por permanecer unos cursos como estudiante y uno como postgraduado, y por si fuera poco, lo abandonó en 1935 para irse con Jiménez Díaz, al igual que hiciera Grande Covián.

Severo Ochoa tenía claro que deseaba vivir y trabajar en una sociedad en la que se valorasen más los méritos propios, que los favores políticos y financieros. Solo así se podría hacer investigación y formar "Escuela que perdure" al menos algún tiempo, pues las que surgen del amiguismo y favoritismo circunstancial de una época, están condenadas a desaparecer. De ello en España, existe gran experiencia.

(Fuente:EXILIO Y DEPURACIÓN (en la Facultad de Medicina de San Carlos). CAPÍTULO 8. El Profesor D. Juan Negrín López. Fernando Pérez Peña, Profesor Titular de Patología y Clínica Médica de la Facultad de Medicina de Madrid).

Español o Castellano

Voto final
JULIAN MARIAS 9 NOV 1978
Un viaje a Italia coincidente con la fecha -no anunciada a tiempo- de la votación de la Constitución en el Senado me ha impedido emitir en esa sesión mi voto final. Quiero decir ahora cuál hubiera sido, cuál era en mi intención y representa mi criterio político: sí.Lo había anunciado en algunos escritos y entrevistas; lo había indicado así a personas que -conmovedoramente- me habían escrito para consultarme sobre su decisión el día del referéndum. Por supuesto, creo que era menester votar «sí» a la Constitución española de 1978, y espero que el pueblo español lo comprenda así el 6 de diciembre, y dé la mayor fuerza legal posible al texto que va a regir nuestra vida pública. He dicho en diversas ocasiones que no puedo sentir entusiasmo por esta Constitución -y bien lo lamento-, pero siento entusiasmo por la Constitución, por el hecho de que España vuelva a tener, al cabo de 42 años de ausencia, una Constitución legítima, legal y democrática, capaz de dar un cauce normal a la convivencia, la articulación de las instituciones y la vida política. Si la Constitución no es mejor, es porque no somos lo suficientemente buenos, despiertos, inteligentes y enérgicos. Pero esta Constitución es nuestra, de los españoles tomados colectivamente, y nos obliga, protege y defiende. Y somos colectivamente responsables de ella.

Individualmente, somos muchos los españoles que tenemos una responsabilidad no global, sino diversa y matizada. La mía ha quedado suficientemente clara, porque mis intervenciones en el Senado han quedado recogidas en el Boletín Oficial de esta Cámara, y en él consta también el texto de mis enmiendas, de las personales y de las que he suscrito como miembro de la Agrupación Independiente. Pero como, además, y principalmente, soy escritor, mis opiniones sobre los sucesivos proyectos de Constitución han sido accesibles a cualquier lector, y la mayor parte de ellas -salvo las formuladas en los últimos meses- pueden leerse en mi libro España en nuestras manos, de título particularmente explícito.

El anteproyecto, debido a la ponencia del Congreso, que se publicó el 5 de enero, me pareció desastroso, y lo dije con toda la energía de que fui capaz. Dije entonces que «no tenía enmienda», no en el sentido de que se debiera echar por la borda todo el trabajo realizado, sino en el de que era mejor, partiendo de él, empezar una nueva redacción más breve, concisa, precisa, inequívoca y no perturbada por apetencias o manías partidistas. No se hizo esto, que además hubiese ahorrado mucho tiempo, y se procedió por enmiendas sucesivas, en un largo proceso constitucional que acaba de terminar. El texto ha ido mejorando considerablemente, ya en el Congreso, especialmente en el Senado. La versión que salió de manos de esta Cámara era bastante decorosa, aunque en los últimos días de discusión se dio marcha atrás en algunos aciertos importantes y se perdieron posibilidades ya logradas. Finalmente, ese texto ha pasado a manos de la Comisión Mixta Congreso-Senado, que ha elaborado la versión definitiva. A ella me quiero referir ahora.

Esta comisión se parecía excesivamente a la ponencia inicial del Congreso, -con algunas adiciones que -al menos así lo parece- se han sentido obligadas a una «neutralidad» que no me parece ni siquiera justificada, y que ha venido a resultar probablemente inercia. Era de temer que el resultado fuese una tendencia al retroceso, a la anulación de buena parte de las mejorías conseguidas en un penoso trabajo de cerca de un año, a la destrucción de una fracción considerable de los perfeccionamientos introducidos por el Senado.

Me voy a limitar a un punto, el más delicado y sensible, aquel que se refiere a la estructura nacional de España, aquello que es el núcleo de un texto que se llama precisamente «constitución». Un error bastante difundido es la creencia de que existen movimientos «separatistas»; si se plantean las cosas así, no se entiende nada. Puede haber tal o cual individuo o grupo separatista en algunas regiones españolas, pero no tienen ninguna importancia, desentonan y perturban a sus paisanos. Ninguna región quiere separarse del resto de España, ningún partido mínimamente responsable lo propone. Las manifestaciones separatistas son simples números de circo, a cargo de los que no conocen medios mas nobles de alcanzar alguna notoriedad.

Pero esto, en sí mismo bueno, no es suficiente. Hay en algunas regiones fracciones considerables y, sobre todo, fuertes grupos políticos aquejados de insolidaridad. No les interesa nada España en su conjunto; no tienen ojos más que para los temas particulares de su región; tienen desdén por la nación, unido a un narcisismo ilimitado y sin crítica por su región propia. No se les ocurre siquiera «separarse», porque necesitan la totalidad de España para subsistir económica, social, demográfica, políticamente; incluso para que la sociedad general corra con los gastos originados por las lenguas particulares y hasta para que el poder del Estado imponga su obligatoriedad y no queden abandonadas a la espontaneidad social y a las leyes análogas a las de la oferta y la demanda. Esta insolidaridad no me parece demasiado simpática, pero esto no es lo más importante; lo grave es que es un error, debido a la miopía, ya que sin la prosperidad de España en su conjunto todas sus regiones sin excepción están condenadas a una vida precaria, y esa insolidaridad lleva directamente a un angostamiento que desemboca inexorablemente en el provincianismo o el aldeanismo.

Pero no es esto lo que más me inquieta. En algunos núcleos políticos -que no son los más extremosos ni explosivos- late la voluntad de desarticular la estructura nacional de España. Es decir, no se limitan a conseguir tales o cuales medidas que juzguen favorables a su región particular, sino que tienen obvio interés en manipular aquellas otras que consideran ajenas y de las que se sienten insolidarios. Esta actitud no existe, creo yo, entre los habitantes de ninguna región española; ninguna región en conjunto, ninguna porción estimable de su población como tal participa de ella. Se trata de grupos extremadamente minoritarios, pero con suficiente capacidad de control de partidos, asociaciones y medios de comunicación. Su influencia en la génesis del texto constitucional ha sido notoria y absolutamente desproporcionada a su importancia real.

Tomaré un solo ejemplo: la denominación constitucional de la lengua española. El Congreso escribió: «El castellano es la lengua oficial del Estado.» La reacción popular fue inmediata y vivísima, la de los expertos en lingüística -empezando por la Real Academia Española, secundada por la de la Historia-, fulminante y concluyente. La denominación «castellano» es perfectamente lícita en el uso coloquial, o cuando se quiera nombrar a la lengua general en el contexto de otra lengua regional de España; es la que se ha usado con más frecuencia durante siglos. Pero no ahora; y se hace una Constitución para el final del siglo XX. El uso cíentífico, el uso internacional, y con abrumadora mayoría el uso coloquial de hoy es «español». Desde fines del siglo XV se llamó ya «española» a nuestra lengua, y desde el XVI se protestó de que se la llamara «castellana», por considerarlo una apropiación abusiva. La Real Academia Española usó indistintamente ambos nombres en su Diccionario de Autoridades, desde 1725; el valenciano Gregorio Mayans y Sisdar publicó en 1737 sus Orígenes de la lengua española. Esta es la lengua oficial de innumerables países. A pesar de que el descubrimiento y colonización de América fue una empresa del reino de Castilla, nunca se ha hablado de «América castellana» o «Castellanoamérica», sino de «América española», «América hispánica» o «Hispanoamérica». Castellanos, andaluces, extremeños, canarios, navarros, vacos, gallegos, asturianos, murcianos, y luego aragoneses, valencianos, catalanes, mallorquines, menorquines, todos han creado la inmensa comunidad lingüística unida por la lengua común española.

Pues bien, la voluntad insistente de unas decenas de parlamentarios catalanes se ha opuesto a que la Constitución reconozca la realidad: el uso sinónimo de «castellano» y «español». El Senado estableció este uso, escribiendo: «El castellano o español es la lengua oficial del Estado.» Ahora, la Comisión Mixta ha enmendado la plana al Senado, a la Academia y, lo que es más grave, al uso mayoritario de España, al único internacional, y ha inventado una fórmula ligeramente grotesca: «El castellano es la lengua oficial del Estado.» Tan rebuscada, tan alambicada, tan de compromiso -en el mal sentido de la palabra-, tan de «quiero y no puedo» (mejor dicho, tan de «no me atrevo»).

¿A qué no se ha atrevido la Comisión Mixta? A enfrentarse con la opinión mayoritaria y eliminar la expresión «lengua española»; y, al mismo tiempo, a rechazar la imposición de un pequeño grupo parlamentario, al cual ha servido de palanca el Partido Socialista, opuesto desde el principio -él sabrá por qué- a que se llame «español» a la lengua común de los españoles. En cuanto a UCD, incomprensiblemente, se ha plegado a esas imposiciones y ha renunciado a sus derechos mayoritarios -a su primogenitura- por un plato de lentejas... vacío. Porque no recibirá nada a cambio, a no ser una pérdida de prestigio.

¿Justifican estas cosas el voto negativo o la abstención? Creo que no. La constitución, a pesar de pequeñas miserias y de notorios desaciertos, es viable, suficiente para que nuestra vida pública se desenvuelva dentro de un marco legal aceptable. Después de tantos años de poder sin autoridad, los españoles hemos tomado en nuestras manos nuestro propio destino y hemos empezado a configurarlo.

Esto es lo decisivo: no hemos hecho más que empezar. Después de votar «sí» a la Constitución, lo españoles tendremos que seguir votando -porque va a haber más elecciones, va a haber democracia, nadie va a imponer otra dictadura al país, ni con metralletas ni con cañones, ni con argucias que nadie se haga ilusiones-. Y vamos a votar teniendo en cuenta la experiencia, sabiendo de quién se puede uno fiar y de quién no; con conocimiento de los propósitos de los partidos, de las distinta metas adonde nos quieren llevar con una estimación de la inteligencia, la energía, la veracidad de cada individuo, de cada posible candidato.


Es menester que los españoles establezcamos pronto la escala de nuestras estimaciones y preferencias; que distingamos, como decía Machado, «las voces de los ecos»; que renunciemos a parecernos al avestruz, animal que comete dos imperdonables errores funestos en política: el primero meter la cabeza debajo del ala: el segundo, tragarse todo lo que le ponen delante, especialmente si brilla un poco, aunque sea un trozo de vidrio sin valor apto sólo para destrozar la entrañas.

jueves, 20 de febrero de 2014

Hacia la historia-ficción

Hacia la historia-ficción
JULIAN MARIAS 15 AGO 1978 (El PAIS)
Sería urgente determinar con precisión cuándo, cómo y por qué se inicia en Cataluña un proceso que va a llevar de una visión concreta, compleja y «normal» de la situación, con problemas, descontentos, satisfacciones y esperanzas, a un progresivo aislamiento, con la mirada fija en un pasado nunca bien definido (o, mejor dicho, una serie de momentos del pasado en los que se fila la atención discontinuamente), a una sustitución de la realidad -presente y pretérita- por un esquema que cada vez se da más por válido y «obvio».

Es la historia-ficción, de la cual muchos intentan vivir; pero de ella no se puede vivir (a lo sumo, fingir que se vive).
Yo pediría a los historiadores competentes; y veraces un esfuerzo para aclarar esta importante cuestión, de la que depende el porvenir de Cataluña y, por tanto, de España entera.
Se ha producido un curioso proceso en virtud del cual, desde la historia-ficción, se descalifican siglos enteros de historia catalana. Tan pronto como los catalanes parecen normalmente instalados en su condición, enfrentados con cuestiones reales, con la proporción de satisfacción y descontento que es propia de lo humano, se los repudia.
La abrumadora evidencia de que en el siglo XVIII, cicatrizadas las heridas ole la guerra de sucesión, Cataluña se sintió próspera, llena de proyectos y esperanza, en plena expansión, como nunca lo había estado desde fines del siglo XIV.
Pues bien, A. Rovira i Virgil dice: «El siglo XVIII consumó la decadencia de Cataluña y completó la desnacionalización de los catalanes.
Estos olvidaron la noble dignidad de la raza y cayeron en las abyecciones del servilismo dinástico y españolista. Después de Felipe V, los Borbones que vinieron, a Barcelona fueron recibidos triunfal mente por un pueblo olvidado de su propia dignidad y su propia historia.
En el último tercio de aquel siglo, los más esclarecidos catalanes, no sólo se muestran resignados a la sujeción, sino que bendicen el yugo... Capmany -esta falsa gloria catalana, como le llama justamente Gabriel Alonar- escribe: «Tal ha sido el impulso que recibió en el benéfico reinado del señor Felipe V, época de feliz recuerdo para la prosperidad general en estos reinos». Como hace notar Miguel S. Oliver, aquellos catalanes estaban muy lejos del odio a Felipe V, que se manifestó en los cenáculos literarios del siglo siguiente.»

Decadencia, desnacionalización, abyección, olvido de la dignidad. ¿Quién es el sujeto de todo esto? «Los catalanes», «un pueblo», «los más esclarecidos catalanes»: todos, masas y minorías, los que, cerca de Felipe V, estaban «muy lejos» de un odio que se inventó en los «cenáculos literarios» del siglo siguiente (¡). Se desprecia a Cataluña entera durante un siglo largo, porque no había anticipado lo que se «descubrió» a fines del siglo XIX.

Todo esto lo sabe muy bien -y lo dice igualmente- cualquier historiador competente; pero en nuestros días, hasta en los mejores, se desliza un curioso supuesto que perturba lo que ven y exponen.
Ferran Soldevila, por ejemplo, comenta, al hablar de la Cataluña del siglo XVIII: «Tot coadjuvava a la seva despersonalització: el prestig immens de la reialesa, l'anomenada i la valua reial de certs ministres, les mesures Intencionades o les aparentment innocues, i les deliberadament i decididament favorables, la fundació d´institucions de cultura, l'increment de la prosperitat material-, tota la vida hispánica.»
El supuesto (increíble, si se mira bien) es éste: personalidad=aislamiento. Como si no se pudiera tener personalidad en compañía, dentro de una totalidad; según esta teoría, Castilla estaría igualmente despersonalizada, y Andalucía, y Aragón, y Galicia; y así el mundo entero.

¿Cuándo empezó este espejismo?
Habría que precisarlo con rigor. Todavía en 1901, un hombre ya viejo, al final de su vida, Pí y Margall, dice: «Hay una patria para todos los hombres: la tierra. Hay una patria nos ha dado patria que siglos de comunes venturas y desventuras: la nación. Hay una patria constituida por la común lengua, las comunes leyes y los comunes usos y costumbres: la y rincón en que nacimos y tenemos los sepulcros de nuestros padres. Seamos catalanes, españoles, hombres.»

Pero ya a fines del siglo XIX, hombres más jóvenes, de la generación de 1871 (la del 98) habían dado el paso decisivo hacia la historia-ficción. Adviértase que Maragall, aunque a veces se lo ha creído de esa generación -sobre todo por su amistad con Unamuno-, pertenecía a la anterior, a la de 1856; de Maragall he hablado largamente («Los ojos de Maragall», en La devolución de España, 1977).

La figura decisiva es, sin duda, Enric Prat de la Riba (1970-1917), que recibe el «medievalismo» clerical de que se va a nutrir durante varios decenios el catalanismo, bajo la inspiración de Torras i Bages, y en buena parte del tradicionalismo francés. «Administrador lluminado», para Pabón y Jordi Solé Tura, el último de los cuales da interesantes citas del Compendi de doctrina catalanista, de Prat de la Riba y P. Muntanyola (1894), que no he podido manejar. «En el plano histórico -dice Solé Tura-, Prat acepta sin discriminación todos los lugares comunes de la historiografía romántica.» «El análisis histórico -añade- es elemental y hagiográfico: a un lado los buenos, al otro los malos... Prat de la Riba tenía una visión instrumental de la historia de Cataluña y de España: buscaba en ella, por un lado, la pervivencia del espíritu nacional y, por otro, la justificación, la legitimación de la hegemonía burguesa en Cataluña... Además, esta visión del pasado le permitía prescindir de las posibles causas internas de la decadencia catalana y, por consiguiente, hablar de Cataluña como un todo único, un todo orgánico modelado por la continuidad histórica y por la lucha común de sus hombres contra un adversario exterior. identificado también en bloque.» A esto llamo «historia-ficción». Pero la expansión de ella no aparece hasta 1906, en el famoso libro La nacionalitat catalana.

La introducción trata de «el invierno de los pueblos» (l'hivern dels pobles). Partiendo de esta metáfora, supone Prat que a comienzos del siglo XVIII «ja havia comencat l'hiverín pera la terra catalana». Pero inmediatamente se remonta al siglo XV, y unas líneas después al poder del rey como algo absorbente y destructor: «El rey ho era tot en la vida nacional; els pobles y llurs necessitars, interessos y afeccions no eren res.» Y después de desarrollar esta idea, concluye: «Donchs aquesta aran forca de la monarquía estava també en contra de Catalunya.» Y lo detalla, partiendo de tiempos de Boscán. Es bastante alucinante que los que los principios de la Edad Moderna parezcan esterilizadores y destructivos, pero más aún que se los vea concentrados contra Cataluña. Por eso interpreta la historia de tres siglos y medio como «descatalanización». Pero, no sin sorpresa para el lector, añade: «La terra és el rioni, de la patria, la terra catalana és la patria catalana: totes les generacions ho han sentit, totes les generacions ho han consagrat».

Hay que leer este libro íntegro -¿cuántos catalanes lo conocen?-. Según él, Cataluña se convierte en provincia, y surge un provincialismo como amor a las cosas de Cataluña dentro de la nación española. De ahí se pasa al regionalismo, se admite la palabra «región», que se identifica con el antiguo Principado. Con el regionalismo, dice Prat, va desapareciendo lo que llama «la bifurcación del alma catalana», es decir, sentirse, en dos planos distintos, catalán y español. Y así se llega «a la afirmació unitaria de la personalitat catalana, llevat del nacionalisme.» Y la lengua es la diferencia capital, irreductible.

¿Cómo se llega a esto? Había que acabar de una vez -dice Prat- con «aquesta monstruosa bifurcació de la nostra anima», había que saber que éramos catalanes y nada más que catalanes. Y agrega que esta obra no la hace el amor, sino el odio: «Aquesta obra, questa segona fase del procés de nacionalisació catalana, no la va fer l'amor, com la primera, sinó l'odi. Para Prat, el discurso de Guimerá en los Juegos Florales de 1889 señala el momento culminante de esta fase. Habría que añadir el discurso de Joseph Franquesa y Gomis, en la Lliga de Catalunya, el 12 de diciembre de 1898, sobre «los conflictes d'Espanya y lo catalanisme», publicado en tres lenguas por La Veu de Catalunya. Pero no quiero citarlo, porque no quiero recordar textos que no podrían más que herir a innumerables españoles (sin excluir a muchos catalanes), y me propongo todo lo contrario.

A partir de aquí, Prat de la Riba se lanza a exponer el contenido del nacionalismo catalán, de la nacionalitat catalana, que empieza nada menos que con el periplo de Avieno, 500 años antes de Cristo, con lo que llama (en femenino, no se por qué) «la etnos ibérica, la nacionalitat ibera, extesa desde Murcia al Rhodan, aixó és, desde les gents libi-fenicies de la Andalusía orierital fins als Ligurs de la Provenca». «Aquellas gentes son nuestros antepasados» -concluye.

No puede extrañar que el capítulo IX de este libro se titule «L'Imperialisme». En esto desemboca La nacionalitat catalana, que en su capítulo final resume las etapas: renacimiento, industrialismo, provincialismo, regionalismo, nacionalismo, comienzo de la etapa imperialista. El «nacionalismo integral de Cataluña» se pondrá a la cabeza de la gran empresa, y «como la Prusia de Bismark impuso el ideal del imperialismo germánico, podrá la nueva Iberia elevarse al grado supremo del imperialismo: podrá intervenir activamente en el gobierno del mundo con las otras potencias mundiales, podrá otra vez expansionarse sobre las tierras bárbaras, y servir los altos intereses de la humanidad guiando a la civilización a los pueblos atrasados e incultos» (els pobles enderrerits y incultes).


Con estas palabras termina La nacionalilat catalana. Los inventores, treinta años después, del lema «Por el imperio hacia Dios» ¿sabían que estaban poniendo en rnarcha su programa? ¡Qué increíble equívoco! ¡Qué coincidencia de los que se creían enemigos irreconciliables! Pero todo eso, si no se toma muy en serio, ha de llamarse historia-ficción. Prefiero no buscar un nombre adecuado si hay que formalizarse.»