lunes, 3 de mayo de 2010

Sobre la Transición.

La primera característica española importante de la Transición fue el tono sereno que demostró el pueblo español. Todo el mundo pensaba que existía el riesgo de que la primera carilla residual intentara frenar el cambio.
Lo cierto es que era general en convencimiento de que ese cambio era necesario.
Las últimas ejecuciones del franquismo, los tímidos planes reformistas del presidente Arias, los vociferantes grupos paramilitares y todo aquel sainete del continuismo no tenían ya sitio en la sociedad española.
Franco realmente importaba poco ya y estaba fuera del horizonte de los españoles. Por ello no valía la pena, ninguna presión violenta para sacarlo del Pardo.
La transición española está determinada por una sociedad nueva que empezó a descartar toda una serie de cosas.
En la transición española los políticos se pusieron, con humildad, detrás de los ciudadanos. Si triunfaron no fue tanto porque comandaran nada ni mandaran a ninguno, sino que decidieron asumir su condición de actores que ofrecen y no tratan de violentar y conducir su realidad, sino de incorporarla y hacerla mas transparente a todos.
En ésa labor, jugaron un papel fundamental, la Prensa, la Iglesia Católica y el Rey. Para toda una nueva generación de españoles, España no era un enigma histórico sino una realidad que tenía que adaptarse a unos nuevos tiempos.
En este sentido, el camino común que los españoles pudieron encontrar, se encuentra en la Constitución de 1978 que fue un mecanismo para solucionar los grandes problemas históricos que España venía arrastrando durante toda su historia.
Los españoles de la Transición miraron de frente esos problemas sin intentar soluciones utópicas y buscando el consenso y diálogo como instrumento fundamental para llegar a un acuerdo histórico para la convivencia en paz entre los españoles.
Los españoles de la Transición más que imponer fórmulas preconcebidas, intentaron afrontar los problemas y buscarles una solución.

Tres han sido los grandes escalones que afianzaron la monarquía recuperada en 1975:
· El tránsito de la dictadura a la democracia evitando rupturas o revanchismos traumáticos cosa que difícilmente se hubiera podido conseguir mediante el choque frontal con las estructuras y cimientos esencialmente militares del antirégimen franquista.
· La articulación de un sistema centro, gracias a la aparición de un centro derecha, nítidamente desvinculado del franquismo y la evolución del partido socialista hacia un centro izquierda que dejaba atrás el dogmatismo marxista y los radicalismos demagógicos.
· La defensa y salvación de la democracia recién lograda tras el intento de golpe de estado de los nostálgicos a la dictadura.
D. Juan Carlos, traspasó sus papeles soberanos a la democracia, no una vez, sino tres veces sucesivas.
*.- La primera vez, al abrirse las primeras Cortes democráticas, fruto de la reforma de Adolfo Suárez, lo hizo entonces de una forma que conservaba todos los poderes heredados del franquismo.
*.- La segunda vez, fue con la firma del texto constitucional, lo que había sido “cesión de hecho” se convirtió en “transmisión de hecho”.
*.- Y la tercera, tras el famoso 23 de febrero que obligó a la Corona a asumir todas las responsabilidades soberanas para evitar el colapso de la democracia, secuestrado en el pleno de las cortes. Cuando superada la crisis recibió en la Zarzuela a los líderes de los partidos liberados en la mañana del día 24.

En cada una de esas situaciones, se demostró la voluntad firmísimo del Rey de buscar la concordia nacional y de caminar hacia una España, resultado de los esfuerzos de todos:
*.- Estas palabras (del discurso del rey) llevaban en sí, la definitiva cancelación de la Guerra Civil, pero los complejos y las dudas del presidente Arias, difícilmente podían hacerlas realidad.
*.- Por eso el segundo paso decisivo en ésta difícil etapa de su reinado en la cual seguía conservando sus poderes, fue el gran discurso ante el Congreso de los EEUU el 3 de Junio de 1976.
Este discurso que pronunció el Rey, fue el postigo abierto al gobiernos del cambio constituido por Adolfo Suárez, semanas más tarde. Pero antes aún de que se anunciase el Referéndum y la convocatoria de las elecciones democráticas; dos hechos dieron cauce efectivo a la gran aspiración del Rey.
Uno fue la Amnistía del 30 de Julio y otro la Reforma del Código de Justicia Militar.
El caso de D. Juan Carlos es único: Se trata de un Monarca que ha tenido que luchar para devolver la libertad a su pueblo y que luego ha tenido que hacerlo nuevamente para salvarla de sus enemigos.
La misión de la Monarquía fue la de restablece la paz rota por la Guerra Civil, y es precisamente ahí donde la monarquía de Don Juan Carlos, logró su legitimidad.
Porque la monarquía logró la efectiva reconciliación de los españoles y el entendimiento de las dos españas divididas por la 2º república y la Guerra Civil.
En 1975, la primera solución republicana no hubiera logrado unir, hubiera desunido, y en 1981, ante el golpe militar, no hubiera logrado mantenerse ni media hora (D. Carlos Seco Serrano, Academia de la historia)

La cuestión de la OTAN y la CEE.




Felipe González tenía dos serios problemas que resolver.
Por una parte, la decisión sobre la permanecida o salida de España en la OTAN y por otro lado, la integración en la CEE.
La larga marcha hacia Europa había comenzado hacia algunos años, pero fue el jueves 28 de julio de 1977 cuando Marcelino Oreja Aguirre, ministro de asuntos exteriores de la UCD, presentó en Bruselas la solicitud de entrada en el mercado común.
Desde entonces, todo habían sido negativas y dilaciones y sobre todo España había tropezado con la oposición de Francia y de su presidente Valery Giscard D´Estaing.

Esa oposición continuó bajo la presidencia de François Mitterrand. Sobre todo, Francia seguía dando asilo político a los terroristas de ETA y los consideraba como unos refugiados políticos. Miterrand insistió en resistirse a la entrada de España en la comunidad.
Francia quería antes que nada la solución de diversos problemas de tipo agrícola, industrial, económico y de política regional.

Esa oposición de Francia no empezó a cambiar hasta diciembre de 1983. El Gobierno se empeló en ir mejorando las relaciones con Francia, y hubo reuniones entre los ministros españoles y los franceses de Asuntos Exteriores, Economía y Hacienda.
De todos modos, continuó la reticencia francesa a la entrada española debido a la potencia de la agricultura española.

El presidente González, escribió a los Jefes de Estado y de Gobierno para pedir que en la siguiente cumbre, se aprobara la entrada de España y Portugal en la CEE.
Pero esa cumbre no resolvió nada y eso provocó el enfado del Gobierno español.
Finalmente, hubo una entrevista entre Felipe González y Mitterrand en París y las cosas empezaron a cambiar porque Francia le obsequió a Conzález: apoyaría la integración española antes de que terminara el primer semestre de 1984.
En junio de 1984, el Ministerio francés para las Relaciones con la Comunidades Europea, Roland Pumas, visitó Madrid y se comprometió a apoyar el ingreso.
En la cumbre de Fontainebleau, el 25-26 de junio de 1984, se dio luz verde a esa entrada y que se mantención el 1 de enero de 1985.
*
*
La OTAN.
El 31 de Enero de 1986, Felipe González, anunció para el 12 de Marzo la convocatoria de un Referéndum sobre la OTAN.
Desde las elecciones de 1982, la postura del PSOE, cambió a favor de la entrada en la OTAN.
Felipe González estimaba que una salida de la OTAN podía ser dramática. España tenía que dar una imagen seria de valores democráticos de la Europa occidental.
En Mayo de 1983, González hizo público en Bon su apoyo a la instalación en suelo europeo de misiles de alcance medio.
Por otra parte, el Gobierno sabía que la permanencia de España en la OTAN sería muy importante en la entrada de España, en la CEE, motivos de conveniencia.
González era partidario del mantenimiento de la permanencia en España en la OTAN sin integrarse en la estructura militar de la alianza y también de la reducción de la presencia militar en España.
Lógicamente, el Presidente norteamericano Reayow, estaba muy preocupado por la actitud española y por ello visitó España en mayo de 1985.
La idea de Washington a partir de ése momento era la de reducir la presencia militar, sin embargo, la oposición norteamericana a la desaparición de su presencia en España era total.
El 31 enero de 1986, El Gobierno envió a las Cortes el Decreto de convocatoria de Referéndum sobre la permanencia de España incluyendo la pregunta que se haría a los españoles.
El referéndum salió a favor de la propuesta del Gobierno por un 52,50%, el 39% fue no (todo con el 40% la abstención).
Una vez que España ratificó su permanencia e la OTAN volvieron a producirse conversaciones entre España y Estados Unidos sobre la reducción de las tropas americanas en suelo español. En principio, EEUU estaba dispuesto a reducir su presencia en Torrejón de Ardoz, pero no quería retirarse de Rota y por otra parte, tampoco quería retirar de Torrejón su flota de cazabombarderos.
Al final Italia se ofreció a acoger esa flota. El Gobierno de Madrid aceptó que EEUU pudiera usar Torrejón en caso de crisis y que se mantuviera intacta la presencia norteamericana en Rota.
A partir de entonces, la política exterior española, se diseña dentro de la alianza del Atlántico, el convenio bilateral de los Estados Unidos y finalmente, dentro de la Unión Europea Occidental (UEO).

domingo, 2 de mayo de 2010

Los inéditos del general Rojo




Se publica el manuscrito de la historia de la Guerra Civil del jefe del Estado Mayor republicano
JOSÉ ANDRÉS ROJO. El País, 02/05/2010
Los papeles del general Rojo se pueden consultar en el Archivo Histórico Militar, en Madrid. El material que hay reunido allí es tan abundante, y no siempre está organizado con orden y rigor, que de tanto en tanto aparece una sorpresa.
Es lo que le ocurrió a Jorge Martínez Reverte cuando investigaba para su libro El arte de matar. Uno de sus ayudantes de documentación, Mario Martínez Zauner, encontró un largo texto titulado Historia de la guerra de España, firmado por el militar republicano.
Extracto del manuscrito. Cómo llegó la noticia de la rebelión de 1936 al Ministerio de Guerra y por qué el entonces comandante Rojo fue leal
"El mejor destino de la patria, el más digno, ¿se lograría por el camino de la rebelión o por el de la defensa de la ley?"
"El destino de España estaba en peligro. ¿Qué iba a suceder? ¿Quiénes eran los complicados? ¿Qué se proponían?"
"La duda, terrible duda, estaba planteada en toda su crudeza; y yo la resolví bien o mal, pero categóricamente"
Para el caudillo de la rebelión, Francisco Franco, la legalidad era un "formalismo" contra el que se alzó la juventud
"Había jurado cumplir con mi deber militar"
Son alrededor de 600 folios, que se inician con la narración de los preparativos del golpe y que se ocupan de los primeros meses de la contienda, de la defensa de Madrid, y que terminan, de una manera menos lineal y más dispersa, tratando distintos episodios que tuvieron lugar entre abril de 1937 y abril de 1938.
En esta última parte, Rojo cuenta su relación con Negrín, Prieto y Azaña, explica los desafíos que puso en marcha como jefe del Estado Mayor Central del Ejército republicano, analiza la respuesta que ese organismo propuso ante el bombardeo de la escuadra alemana a Almería y, entre otros temas, aborda el apoyo de la Iglesia a Franco, la crisis de mayo de 1937 en Barcelona, la situación del Consejo de Aragón o la relación con los soviéticos, que desmenuza desde una perspectiva poco habitual.
Es la mirada de un hombre que estuvo en el centro de las iniciativas más importantes que la República tomó en el terreno militar y que influyó también en muchas decisiones políticas.
De esa larga historia de la guerra, que Rojo escribió al final de su vida, entre 1958 y 1962, sólo se publicó Así fue la defensa de Madrid, la parte en la que narra un momento fundamental del conflicto, y en el que tuvo un protagonismo decisivo como responsable militar de la resistencia.
El general Rojo decidió volver a España en 1957, cuando los médicos que lo atendían en Bolivia le anunciaron que su salud era tan delicada que no le quedaba mucho tiempo.
Poco después de llegar fue procesado por "rebelión militar" y condenado a 30 años de cárcel.
El indulto lo libró de la prisión, pero tuvo que cumplir las penas secundarias, como la de "inhabilitación absoluta".
Su respuesta a la ignominia fue dedicarse a escribir. Murió en 1966 

Extracto del manuscrito.

Cómo llegó la noticia de la rebelión de 1936 al Ministerio de Guerra y por qué el entonces comandante Rojo fue leal
En las últimas horas de aquella tarde, al regresar a mi despacho del Estado Mayor Central, donde prestaba servicios como ayudante de campo del general Avilés, me crucé en uno de los pasillos del Ministerio de la Guerra con mi compañero y amigo F. V. Se detuvo ante mí un tanto agitado, nervioso, diciéndome:
-¿Conoces la noticia?
-¿A qué te refieres?
-A la sublevación.
-¿Quién se ha sublevado? ¿Dónde?
 -Unidades del Tercio y Regulares. En Melilla. Acaba de llegar un telegrama. Lo han dicho en la sala de ayudantes. Es todo lo que sé. ¿No sabe nada tu general?
-Nada me ha dicho. Le dejé hace media hora en el despacho de L. y ahora iba a ver si quiere algo antes de marcharme.
 -Estamos en momentos de desconcierto y hay que tener cuidado con las noticias y rumores que ruedan de boca en boca.

Yo era uno de los desconcertados.
Sospechaba, como otros muchos jefes, que había una trama de conspiración, pero ignoraba totalmente su contextura.
En los pocos días que llevaba prestando servicio con el general, a quien no había tratado personalmente hasta ser nombrado su ayudante, me había demostrado confianza y afecto, ambos en un plano más protocolario que emotivo; y aunque confidencialmente supe por otros conductos que mi predecesor en el cargo (el comandante xxx)  (1) había cesado por sospecha de que estaba en relación con algunos de los militares que conspiraban fuera del EMC, el general en ninguna ocasión me habló del asunto, ni me hizo insinuación alguna tendente a conocer mi pensamiento en relación con supuestas o posibles conspiraciones. La obligación a que estaba vinculado de seguirle lealmente en sus determinaciones era cosa que no me ofrecía duda.
Reflexionaba sobre las derivaciones que el suceso pudiera tener.
Pensaba que si el general estaba complicado y nada me había dicho sería para tener más libertad de acción, prescindiendo de mí, cuyo parecer en orden a un acto de rebelión desconocía; y que si el general no estaba complicado, afrontaría los hechos con sentido de responsabilidad en razón del alto puesto que ocupaba, y yo no podía hacer otra cosa que obedecerle y colaborar lealmente.
Ésa era la clara síntesis de mis reflexiones, pese a la abrumadora inquietud hija de la incertidumbre... ¿qué iba a suceder? ¿Quiénes eran los complicados? ¿Qué se proponían?
De los innumerables chismes, noticias que se dejan caer, hipótesis, nombres, etcétera, recogidos casualmente, ¿cuáles podían ser ciertos y cuáles falsos?
Realmente yo nada concreto sabía porque mis obligaciones oficiales y privadas sólo excepcionalmente me dejaban tiempo para acudir a tertulias de adictos o de opositores.
No tenía contactos políticos de ninguna especie y ni siquiera me había hecho presente en el Círculo Militar.
Tenía amigos en todos los planos de la jerarquía militar y de todas las tendencias, y si realmente estaba persuadido de que social y políticamente vivíamos un desbarajuste extraordinario, también lo estaba de que las culpas de cuanto sucedía no estaban sólo en las conductas de los que perturbaban el orden, sino principalmente en los que provocaban el desorden, movidos por intereses o egoísmos más o menos inconfesables o inmorales fuera del campo castrense.
En verdad, el desequilibrio social en que nos debatíamos tenía muchas raíces, pero ante el hecho consumado no había tiempo para rememorarlas.

Para quien no está metido en estos berenjenales resulta difícil conocer la tramoya, y quienes lo están suelen crear la perspectiva a su gusto particular que muestre -muchas veces ficticiamente- lo que a ellos les agrada. A mí, en aquellos momentos, la situación se me aparecía extraordinariamente confusa y se estrellaban mis afanes de saber el volumen que podía tener la rebelión y la conducta y propósitos de los rebeldes. (...) Permanecimos acuartelados en el Ministerio. Charlamos poco. El tema no podía ser otro que la consideración de los caracteres que pudiera tener el acontecimiento subversivo. El EMC no actuaba como organismo rector.

Toda la actividad frente a la subversión, por el carácter eminentemente político que tenía, se tradujo en actividades de ese género centralizadas en el despacho del Ministerio, desde donde, por entendimiento directo con las autoridades regionales, se trataba de conocer la magnitud del suceso, la actitud de las guarniciones y las reacciones locales que iba motivando.

En realidad, el día 18 fue de extrema confusión y de mínima perturbación subversiva en Madrid, donde la Dirección de Seguridad comprobaba que se estaban concentrando elementos sospechosos en el cuartel de la Montaña, sabiéndose que el general Fanjul, vestido de paisano, había llegado al mismo.
Sin duda, el Gobierno no quería provocar hechos de violencia, mientras no hubiera motivos de desconfianza de los jefes que ejercían el mando de unidad de la Guardia Civil y Asalto y formaciones de Milicias apostadas en las inmediaciones, mientras éstas no acusaran una actitud de rebeldía.
Y esto sucedió cuando los jefes de las unidades encerradas en el cuartel de la Montaña se resistieron a las órdenes emanadas del Ministerio y en una de las unidades de Campamento aparecieron los primeros brotes de subversión.

Los dirigentes de los partidos políticos reunidos en el Ministerio de la Guerra estimaron que el Gobierno no procedió con la obligada energía y provocaron la crisis, que fue inmediatamente resuelta por el presidente de la República encomendando la formación de Gobierno al Sr. Martínez Barrio; pero cuando ya estaban designados los ministros y algunos asumiendo las funciones de urgencia antes de prestar juramento, cundió en el pueblo la noticia de que se intentaba pactar con los rebeldes.

Estimaban los (¿exaltados?), dirigentes y dirigidos, que por la índole de las personas que integraban el nuevo Gobierno y por la personalidad del jefe designado podían inclinarse al pacto con los sublevados, con riesgo para la supervivencia del régimen político y de previsibles represalias que pudieran sobrevenir si el poder pasaba a las fuerzas de derechas. Se produjeron manifestaciones populares y se reclamó la constitución de un Gobierno fuerte dispuesto a defender a toda costa el poder legalmente ganado por la coalición política de izquierdas.

El resultado fue que sin que aquel Gobierno de Martínez Barrio hubiera llegado a constituirse se nombrase otro presidido por el Sr. Giral, en el que figuraba como ministro de la Guerra el general Castelló, gobernador militar de Badajoz, que desde el primer momento había demostrado su lealtad al Gobierno manteniendo la guarnición de aquella plaza (...). La declaración de hacer frente a la sublevación fue terminante, siendo su primera determinación (la de Giral), no obstante la oposición de algunos dirigentes políticos, la de armar al pueblo como éste reclamaba, para poder contrarrestar la acción de fuerza de los elementos ya declarados en rebeldía y de las unidades de dudosa lealtad que pudieran secundarlas.

Inmediatamente se constituyeron, armadas bajo la responsabilidad de los partidos políticos y de las sindicales, diversas unidades de Milicias que se apostaron unas frente a los cuarteles cuya actitud se estimaba dudosa y otras en los accesos a Madrid desde Campamento y los cantones de Alcalá y Vicálvaro. Había sido nombrado ministro de Guerra el general Castelló y le (¿representaba?) hasta su incorporación desde Badajoz el general Miaja. La acción rectora la había asumido la (Subsecretaría del Ministerio).

(...) La jornada del domingo 19 transcurrió sin novedad y pudimos permanecer en nuestros domicilios. Por la mañana aún se dijo misa en la mayor parte de las iglesias de Madrid.
El cuartel de la Montaña simplemente se mantenía vigilado por fuerzas de la Guardia Civil y Asalto y formaciones de Milicias apostadas en las inmediaciones.
El comando de la división y la mayor parte de las unidades de Madrid y sus cantones se mantenía leal al Gobierno, salvo los encerrados en el cuartel de la Montaña y una parte de las unidades de Campamento.
Las tropas se mantenían acuarteladas y solamente en Guadalajara y Toledo se había proclamado el estado de guerra y había choques con el elemento popular opuesto a la rebelión.

(...) Con [los jefes leales, el Gobierno] formó el primer Gabinete Militar, que trabajaba a las órdenes directas del ministro y del propio presidente. De él formaban parte los generales Asensio, Miaja y (¿?) (2) el teniente coronel Hernández Sarabia, el comandante Menéndez, el capitán Núñez Mazas y otros.
En tal ambiente militar había surgido uno de los fantasmas más demoledores de la unidad y la moral castrenses: la desconfianza.
Los que estuvieran implicados en la rebelión, si no les había llegado el momento de actuar, nada querían hacer y decir que pudiera descubrirles; los que no lo estaban porque ignorábamos qué clase de conducta iban a observar quienes dirigían los sucesos sólo podíamos esperar que éstos mostrasen sus caracteres para reaccionar según nuestra conciencia militar nos dictase para afrontar el cumplimiento del deber. La magnitud del problema, aun dentro de la confusión reinante, hacía evidente que el destino de España estaba en peligro.
Pero el mejor destino de la patria, el más justo, el más noble, el más digno, ¿se lograría por el camino de la rebelión o por el de la defensa de la Ley? ¿Por el imperio de la fuerza o el de la razón? ¿Por el respeto de la voluntad nacional, aunque se manifestara alocadamente a través de la acción de un pueblo en armas, o por el acatamiento de mandatos que no eran compartidos por ninguno de los jefes naturales que legalmente ejercían sobre nosotros su autoridad?
No era momento de dejarse llevar por corazonadas; no había tiempo para discutir ni motivos para ampararse en el ejemplo de ajenas conductas o a la sombra de un presunto vencedor. Importaba solamente la verdad de España, sin zarandajas ni convencionalismos. La duda, terrible duda, estaba planteada en toda su crudeza, como jamás se nos había planteado; y yo la resolví bien o mal, pero radicalmente, categóricamente y hasta con cierta repugnancia, porque no me agradaban muchas cosas que veía en torno mío (y lo grave aún no había comenzado); y la resolví manteniéndome fiel a lo único que en aquellos aciagos momentos me dictaba mi estrecho concepto del honor: el cumplimiento del juramento que había prestado de defender la patria, defendiendo la Ley y las autoridades legítimamente constituidas, con estricta obediencia a mis jefes naturales. Nada podía torcer esa resolución.
Yo no había prometido a nadie nada que pudiera apartarme de ese camino. Yo no tenía vínculos de ninguna especie con partidos ni jefes políticos, ni había convivido en ambientes masónicos, o libertarios, o aristocráticos, o religiosos, o socialistas. Tenía, naturalmente, mis convicciones y creencias, y la más firme de todas, la que ha gobernado y gobierna inflexiblemente mi vida, la del deber militar, en el que me eduqué desde los ocho años. Había jurado cumplirlo y lo cumpliría, aunque me viera sumido en un caos.

Este concepto del deber evidentemente no concuerda con el expresado por el caudillo de la rebelión (Francisco Franco) en su discurso del 19-IV-38, en el que dijo: "Hay que sustituir el viejo concepto de la "obligación", fríamente llevado a las instituciones demoliberales, por el más exacto y riguroso del "deber", que es servicio, abnegación y heroísmo, no impuesto por el imperio coercitivo de la Ley, sino acatado con la adhesión libre y voluntaria de la conciencia cuando nuestros sentimientos están impregnados de las más puras esencias espirituales. Imponían las Constituciones la "obligación" de defender la patria con las armas. De nada nos habría servido ese concepto formalista en esta magna ocasión si nuestra juventud, consciente conmigo de la anchura de la empresa que nos cabía el honor de realizar, no se hubiera entregado a ella con el alma henchida de espíritu de sacrificio y con el ímpetu que no se pone en el cumplimiento de los reglamentos, sino en las obras colectivas que pasan a la Historia con el estigma sagrado de la virtud (...).
Ese sentido del deber ha de ser profesado de un modo singular por las clases altas que son depositarias de la tradición, y con las intelectuales con alma y pensamiento españoles, sin los cuales el movimiento carecería de rumbos doctrinales, y por los obreros, a quienes el proteccionismo del Estado impone compensaciones de disciplina y servicio".
Porque adopté aquella resolución, cuando en la tarde de aquel día 20 o del 21 (no lo recuerdo con precisión) mientras paseaba con otros compañeros por los pasillos del EMC, adonde ya no habían acudido los generales ni habían dejado orden alguna directa ni indirecta, se me acercó uno de los jefes que prestaban servicio en el EM del ministro, insinuándome con cierto aire de duda, como si tuviera poca confianza en la respuesta que de mí deseaba, si tendría inconveniente en bajar a formar parte de aquel EM, pues entre los jefes que allí había se había dado mi nombre, le respondí que en cuanto me dieran una orden por escrito del ministro me presentaría inmediatamente para desempeñar la función militar que me correspondiese.
A los 15 minutos de aquella respuesta, la orden estaba en mi poder e inmediatamente me incorporé para prestar servicio como oficial de EM en la Secc. II del EM del Ministro de la Guerra, siendo mi jefe inmediato en dicha sección el comandante Estrada. Así se encauzó mi actividad profesional en el proceso de la guerra.

(1)   Aquí el autor añade una nota manuscrita: "no citarlo". (2) Ilegible en el original.

sábado, 1 de mayo de 2010

Bondadoso, inteligente, estúpido o malvado.

Carlo Cipolla, en sus "Leyes de la estupidez humana", establece cuatro tipos de personas.
Interesante clasificación para pensarla y para entender la "Historia".

sábado, 24 de abril de 2010

Enterrar a los muertos




El escaso desarrollo de la Ley de Memoria Histórica y el procesamiento contra el juez Garzón dividen a la sociedad española.
Pero no hay que dejarse confundir por ideas sectarias y maniqueas
JOAQUÍN LEGUINA 24/04/2010 .- Tribuna, El País, 24 de abril de 2010.
Todo ser humano -héroe o villano, decente o criminal- tiene derecho al duelo por parte de aquellos que lo amaron en vida. Y ese duelo exige la presencia del cadáver con el fin de poder enterrar dignamente los restos del difunto.
Ha quedado bien claro que en los dos bandos se practicó una enfurecida 'limpieza étnica'.
Habría que ampliar el mutuo perdón y hacer que todos los muertos sean también de todos
Esa demanda, la del duelo, se transmite de padres a hijos. Así se constata en el caso de las fosas dejadas en campos y cunetas por la represión franquista. Han sido los nietos de los muertos quienes han reclamado -y reclaman- un entierro decente para sus abuelos. Este era -a mi juicio- el principal objetivo de la Ley de Memoria Histórica. Pero ¿qué ha hecho el Gobierno para cumplir esta ley desde que se aprobó? Si hemos de atender a lo que dicen los parientes de los muertos, el Gobierno ha hecho muy poco. Quizá por eso algunos deudos fueron a llamar a la puerta de Baltasar Garzón, quien, creyéndose competente para el caso, acabó por meterse en un lío de incierto destino.
Mas, sea como sea, este barullo judicial ha servido para colar algunos mensajes de muy dudosa calidad.

Mensaje nº 1: La Ley de Amnistía -como toda la Transición- fue hecha bajo presión, debido al miedo que producía el ruido de sables. Más que amnistía fue amnesia lo que se impuso.
Esto es falso y además encierra una calumnia contra quienes se pusieron de acuerdo en traer la democracia a España y para ello prepararon una Constitución consensuada.
No fueron cobardes, sino generosos.
El proceso necesitaba de la previa reconciliación, por eso -y sólo para eso- se votó la Ley de Amnistía, cuya vigencia se pretende ahora negar echando mano de las normas del Derecho Penal internacional que declaran imprescriptibles los crímenes contra la Humanidad.
Normas éstas que, según los especialistas consultados, no invalidan en nada la Ley de Amnistía de 1977.
En efecto, el único texto vinculante en materia de crímenes contra la Humanidad está en el convenio que se elaboró y aprobó en el seno de la Asamblea General de Naciones Unidas (Resolución 2391 -XXIII- de 26 de noviembre de 1968), que no contiene codificación alguna de normas de Derecho Internacional.
Es un tratado-ley que sólo obliga a los Estados ratificantes, que han sido apenas una cincuentena, entre los que no está España ni Estados Unidos ni países importantes de la Unión Europea.
Por lo tanto, la ley española de amnistía no se opuso a ninguna otra norma de origen internacional que la contradijese.
Por otro lado, el tratado por el que se instituyó el Estatuto de la Corte Penal Internacional establece en su artículo 11 que esa Corte sólo tendrá competencia respecto de crímenes cometidos después de su entrada en vigor, lo cual deja fuera los crímenes del franquismo y también, por cierto, aquellos que pudieran haber cometido -permitido- las autoridades republicanas.
En cualquier caso, ha quedado bien claro que en los dos bandos se practicó una enfurecida "limpieza étnica".
Y aquí llega el segundo mensaje perverso:

Mensaje nº 2: Los asesinados en la retaguardia republicana ya fueron "honrados" y sus victimarios perseguidos por el franquismo. Los únicos que ahora deben ser "honrados" -y sus asesinos juzgados- son los represaliados por el franquismo.Lo que se consigue con un mensaje tan sectario es perpetuar la división.
Precisamente todo lo contrario de lo que una persona bien nacida debiera desear.
En efecto, lo que se debiera hacer es precisamente lo contrario, es decir, ampliar el mutuo perdón y hacer que todos los muertos -todos- sean también de todos.
Que quienes cayeron bajo la represión en la retaguardia republicana no por cometer algún delito sino por ser (ser cura, ser militar, ser noble, ser rico, ser de derechas...) sean reivindicados por las gentes de la izquierda, y los asesinados por los franquistas sin haber cometido delito alguno, simplemente, ellos también, por ser (ser sindicalista, ser republicano, ser socialista, ser comunista...) deben ser reivindicados por las gentes de la derecha. ¿Con qué fin? Simplemente, para poder decir todos juntos: ¡Nunca más!

Mensaje nº 3: Todos los represaliados por el franquismo son héroes de la democracia y de la libertad.
Los ganadores de la guerra civil sostuvieron durante los años de la dictadura que "sus" muertos (1936-1939) en el frente o bajo la represión en los territorios fieles al Gobierno republicano eran "mártires de la Cruzada", afirmación que está tan lejos de la verdad como cerca de la propaganda.
Ahora, con parecido entusiasmo, se pretende que todos los enemigos del franquismo que fueron represaliados durante aquella interminable dictadura fueron "héroes de la Democracia".
Esta es, también, una afirmación sectaria, y por eso debe ser negada. Lo haré a continuación, a sabiendas del riesgo que corro con ello.
Vivir durante la guerra en la retaguardia republicana -nadie que se haya ocupado de ese asunto lo negará- representó para mucha gente un auténtico infierno de persecución y de muerte.
Bastaría la lectura de la gran novela de Juan Iturralde, Días de llamas, para ilustrarlo.
Y esa novela me lleva a un personaje -ligado a la UGT y al PSOE- que resultó ser un individuo siniestro: Agapito García Atadell, quien se hizo famoso en Madrid al inicio de la guerra civil como jefe de una de las Brigadas del Amanecer que operaban en la capital (también los de la FAI fueron maestros en "represión revolucionaria" y montaron, por ejemplo, una checa en el Cine Europa de la calle Bravo Murillo desde donde salían a dar paseos nocturnos y a llenar de cadáveres la Dehesa de la Villa).
Estas pandillas -muy contentas de exhibirse armadas por la retaguardia y de no pisar el frente- aparecían de madrugada en los domicilios de la gente "de derechas" para dar el paseo a sus moradores y, de paso, "requisar" en su propio beneficio los bienes que encontraban en los registros de aquella casas.
Según se cuenta, Indalecio Prieto -que era ministro de la Guerra- dio la orden de detener al "compañero" García Atadell y a su cuadrilla, pero, quizá alertado, Atadell arrambló con todo lo que pudo y se fue a Marsella, desde donde tomó un barco con destino a Buenos Aires.
Pero el buque hizo escala en Canarias y los franquistas (quizá avisados desde la zona republicana) lo sacaron del navío y lo tomaron preso.
Sabemos a través de Koestler (autor de El cero y el infinito), entonces encarcelado por los franquistas en Sevilla, que García Atadell estuvo en aquella cárcel y allí le dieron garrote. Probablemente, sus restos reposen en alguna fosa común de algún cementerio sevillano y ahora podrían ser exhumados... ¿Con honores?
¿Por qué no aceptamos la verdad de una puñetera vez? La inmensa mayoría de la derecha española renegó de la democracia durante la República y, desde luego, durante la guerra... Pero es que la izquierda, en gran parte, hizo lo mismo, tomando la deriva "revolucionaria". En cualquier caso, una guerra civil no es el mejor momento para la defensa de los derechos civiles ni para la discusión civilizada... "Es la hora de los hornos y no se ha de ver sino su luz", ¿recuerdan?
En fin, que entre tanto ruido se ha impuesto, al fin, una consigna según la cual "el PP se niega a reconocer la sangrante realidad de las fosas" (sic). Se llega así al último mensaje. Éste ya en clave electoral.

Mensaje nº 4: La derecha española es heredera y añorante del franquismo.
¿O sea, que casi la mitad de los votantes españoles prefieren el franquismo? No sé si los ideólogos que sostienen tal mensaje y tal barbaridad, son conscientes del disparate que perpetran con este tipo de propaganda sectaria.
Mas debo decir, para concluir, que somos muchos los que -hartos de simplificaciones- nos negamos a que la izquierda se reduzca a ser la mera expresión de una aversión, la aversión a una derecha a la que visten de maniqueo sin ningún rigor intelectual.
Joaquín Leguina es economista.

jueves, 22 de abril de 2010

Texto de la Ley de Amnistía, 1977


De conformidad con la Ley aprobada por las Cortes, vengo en sancionar:

Artículo Primero.

I. Quedan amnistiados:
Todos los actos de intencionalidad política, cualquiera que fuese su resultado, tipificados como delitos y faltas realizados con anterioridad al día 15 de diciembre de 1976.
Todos los actos de la misma naturaleza realizados entre el 15 de diciembre de 1976 y el 15 de junio de 1977, cuando en la intencionalidad política se aprecie además un móvil de restablecimiento de las libertades públicas o de reivindicación de autonomías de los pueblos de España.
Todos los actos de idéntica naturaleza e intencionalidad a los contemplados en el párrafo anterior realizados hasta el 6 de octubre de 1977, siempre que no hayan supuesto violencia grave contra la vida o la integridad de las personas.

II. A los meros efectos de subsunción en cada uno de los párrafos del apartado anterior, se entenderá por momento de realización del acto aquel en que se inició la actividad criminal.
La amnistía también comprenderá los delitos y faltas conexos con los del apartado anterior.

Artículo Segundo.
En todo caso están comprendidos en la amnistía:
Los delitos de rebelión y sedición, así como los delitos y faltas cometidos con ocasión o motivo de ello, tipificados en el Código de Justicia Militar.
La objeción de conciencia a la prestación del servicio militar, por motivos éticos o religiosos.
Los delitos de denegación de auxilio a la justicia por la negativa a revelar hechos de naturaleza política, conocidos en el ejercicio profesional.
Los actos de expresión de opinión, realizados a través de prensa, imprenta o cualquier otro medio de comunicación.
Los delitos y faltas que pudieran haber cometido las autoridades, funcionarios y agentes del orden público, con motivo u ocasión de la investigación y persecución de los actos incluidos en esta Ley.
Los delitos cometidos por los funcionarios y agentes del orden público contra el ejercicio de los derechos de las personas.
Artículo Tercero.
Los beneficios de esta Ley se extienden a los quebrantamientos de condenas impuestas por delitos amnistiados, a los de extrañamiento acordados por conmutación de otras penas y al incumplimiento de condiciones establecidas en indultos particulares.

Artículo Cuarto.
Quedan también amnistiadas las faltas disciplinarias judiciales e infracciones administrativas o gubernativas realizadas con intencionalidad política, con la sola exclusión de la tributarias.

Artículo Quinto.
Están comprendidas en esta Ley las infracciones de naturaleza laboral y sindical consistentes en actos que supongan el ejercicio de derechos reconocidos a los trabajadores en normas y convenios internacionales vigentes en la actualidad.
La amnistía determinará en general la extinción de la responsabilidad criminal derivada de las penas impuestas o que se pudieran imponer con carácter principal o accesorio.
Respecto del personal militar al que se le hubiere impuesto, o pudiera imponérsele como consecuencia de causas pendientes, la pena accesoria de separación del servicio o pérdida de empleo, la amnistía determinará la extinción de las penas principales y el reconocimiento, en las condiciones mas beneficiosas, de los derechos pasivos que les correspondan en su situación.

Artículo Séptimo.
Los efectos y beneficios de la amnistía a que se refieren los cuatro primeros artículos serán en cada caso los siguientes:
La reintegración en la plenitud de sus derechos activos y pasivos de los funcionarios civiles sancionados, así como la reincorporación de los mismos a sus respectivos cuerpos, si hubiesen sido separados. Los funcionarios repuestos no tendrán derecho al percibo de haberes por el tiempo en que no hubieren prestado servicios efectivos, pero se les reconocerá la antigüedad que les corresponda como si no hubiera habido interrupción en la prestación de los servicios.
El reconocimiento a los herederos de las fallecidos del derecho a percibir las prestaciones debidas.
La eliminación de los antecedentes penales y notas desfavorables en expedientes personales, aun cuando el sancionado hubiese fallecido.
La percepción de haber pasivo que corresponda, en el caso de los militares profesionales, con arreglo al empleo que tuvieren en la fecha del acto amnistiado.
La percepción del haber pasivo que corresponda a los miembros de las fuerzas de orden público, incluso los que hubiesen pertenecido a cuerpos extinguidos.

Artículo Octavo.
La amnistía deja sin efecto las resoluciones judiciales y actos administrativos o gubernativos que hayan producido despidos, sanciones, limitaciones o suspensiones de los derechos activos o pasivos de los trabajadores por cuenta ajena, derivados de los hechos contemplados en los articulos primero y quinto de la presente Ley, restituyendo a los afectados todos los derechos que tendrían en el momento de aplicación de la misma de no haberse producido aquellas medidas, incluidas las cotizaciones de la seguridad social y mutualismo laboral que, como situación de asimiladas al alta, serán de cargo del Estado.

Artículo Noveno.
La aplicación de la amnistía, en cada caso, corresponderá con exclusividad a los jueces, Tribunales y autoridades judiciales correspondientes, quienes adoptarán, de acuerdo con las leyes procesales en vigor y con carácter de urgencia, las decisiones pertinentes en cumplimiento de esta Ley, cualquiera que sea el estado de tramitación del proceso y la jurisdicción de que se trate.
La decisión se adoptará en el plazo máximo de tres meses, sin perjuicio de los ulteriores recursos, que no tendrán efectos suspensivos.
La amnistía se aplicará de oficio o a instancia de parte con audiencia, en todo caso, del Ministerio fiscal. La acción para solicitarla será pública.

Artículo Diez.
La autoridad judicial competente ordenará la inmediata libertad de los beneficiados por la amnistía que se hallaren en prisión y dejará sin efecto las ordenes de busca y captura de los que estuviesen declarados en rebeldía.

Artículo Once.
No obstante lo dispuesto en el artículo noveno, la administración aplicará la amnistía de oficio en los procedimientos administrativos en tramitación y a instancia de parte, en cualquier caso.

Artículo Doce.
La presente Ley entrará en vigor el mismo día de su publicación en el Boletín Oficial del Estado.

Dada en Madrid a 15 de octubre de 1977.
- Juan Carlos R. -

El Presidente de las Cortes,Antonio Hernández Gil.