domingo, 22 de octubre de 2017

"Hay que tener cuajo político para que solo hace dos meses el islam radical asesinara a 15 personas en Las Ramblas a 15 metros de su oficina y, después de eso, la alcaldesa diga que restablecer el orden constitucional es lo más terrible de los últimos 40 años. Hay que tener cuajo, señora Ada Colau para decir eso y seguir siendo alcaldesa de Barcelona", ha afirmado.


Maroto critica el «cuajo político» de Colau

Reprocha a la alcaldesa que considere el 155 el hecho más terrible de los últimos 40 años, meses después de los atentado de Barcelona y Cambrils

  • El vicesecretario de Política Social y Sectorial del PP, Javier Maroto /Efe
    El vicesecretario de Política Social y Sectorial del PP, Javier Maroto /Efe

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El vicesecretario de Política Social y Sectorial del PP, Javier Maroto, ha dicho hoy que estos días "ha habido momentos especialmente convulsos", como el de este sábado, tras conocerse la propuesta del Gobierno para Cataluña, porque "se han escuchado respuestas que ponen los pelos de punta". De esta forma, se ha referido a las declaraciones de Carles Puigdemont, de Oriol Junqueras, de Pablo Iglesias o de Ada Colau.
En un acto celebrado en el Kursaal de San Sebastián, junto al presidente del PP vasco, Alfonso Alonso, y el presidente del PP de Guipúzcoa, Borja Sémper, Maroto ha explicado las medidas "significan respetar la democracia, ganar la libertad y volver a restablecer valores de convivencia donde todo eso se había perdido por parte de sus dirigentes", y por ello, ha pedido el respaldo a Rajoy en la aplicación del 155.
Maroto ha aludido a que Colau asegurara que "la aplicación del 155", que supone "devolver el autogobierno a Cataluña, era el hecho más terrible de los últimos 40 años".
"Hay que tener cuajo político para que solo hace dos meses el islam radical asesinara a 15 personas en Las Ramblas a 15 metros de su oficina y, después de eso, la alcaldesa diga que restablecer el orden constitucional es lo más terrible de los últimos 40 años. Hay que tener cuajo, señora Ada Colau para decir eso y seguir siendo alcaldesa de Barcelona", ha afirmado.

Rajoy toma el control de la Generalidad

Francisco Cózar

Todos los diarios dedican sus primeras al 155.
El Mundo, breve en cuanto a titulares, lleva a su primera que "El Gobierno toma el control absoluto de la Generalitat"; "Puigdemont convoca al Parlament para 'actuar en consecuencia'".

El País apunta que "El Gobierno restaura el orden constitucional en Cataluña"; "Las medidas permiten el mando de los Mossos y de la televisión"; "Sánchez apoya el paso 'para poner freno a una quiebra unilateral'"; "Rivera: 'Aplicar la Constitución no es una opción, es una obligación'"; "Urkullu: 'Es algo desproporcionado, extremo y que dinamita puentes'"; "Pablo Iglesias: 'Esto aleja aún más a Cataluña de España'".
ABC: "La hora de la democracia"; "Puigdemont pide reunir al Parlament para responder al 155"; "La Fiscalía acusará de rebelión al presidente de la Generalitat si declara la independencia"; "El apoyo de Ferraz a Rajoy divide al PSC y lleva a Núria Parlon a abandonar la Ejecutiva Federal"; "La inestabilidad amenaza con reducir a la mitad el volumen del negocio inmobiliario en Cataluña"; "Morate: 'La he liado gorda. Tengo aquí a Marina'"; "Raqa, epicentro del terror yihadista de Dáesh"; "Un manto de ceniza sobre Galicia tras el infierno"; "Cristiano se refugió en su familia y en un nuevo abogado en mitad de la tormenta judicial"; "Jordi Pujol Ferrusola, castigado por trapichear en prisión con tarjetas de teléfono".

La Razón: "155: Rescate a Cataluña"; "El Parlament declarará la DUI el 27-O".
La Vanguardia: “Rajoy anuncia el cese del Govern y Puigdemont convoca al Parlament”, “El president lo considera’el peor ataque desde los decretos de Franco’”. La foto, “Contra el 155”.
El Periódico destaca: "Hachazo: el 155 dejaría en suspenso la autonomía de Cataluña"; "Réplica en la calle: miles de personas protestan en BCN y exigen la libertad de Sànchez y Cuixart"; "El Barça gana al colista (2-0) en un partido espeso"; "Niñas de compañía en Japón".

El Correo: "Rajoy asume el Gobierno de Cataluña"; "Los ministerios asumirán la gestión de las consejerías tras el cese de Puigdemont y de su Govern"; "Parlament: no podrá plantear iniciativas contrarias a la Constitución ni candidatos a la Generalitat"; "Mossos d'Esquadra: el Gobierno les dará órdenes 'directas y de obligado cumplimiento' y Trapero podrá ser cesado"; "Sánchez justifica su apoyo al 155 para defender la Constitución pero abre una grieta en el PSC"; "Urkullu dice que es una medida 'extrema' que 'dinamita puentes' y brinda su apoyo al Govern"; "Puigdemont compara a Rajoy con Franco y pide un pleno en el Parlament".
Heraldo de Aragón titula: “Rajoy decide el cese de Puigdemont y de todo el Govern y convocará elecciones”. Destaca que el p”El presidente catalán pide al Parlament que responda al ataque”.

Barcelona es en estos días una ciudad deprimida, políticamente desahuciada y con brotes de odio. La voz del Parlamento ha sido sustituida por una “masa de acoso” dirigida y espoleada por la ANC y Òmnium Cultural

Estado de excepción

Barcelona es en estos días una ciudad deprimida, políticamente desahuciada y con brotes de odio. La voz del Parlamento ha sido sustituida por una “masa de acoso” dirigida y espoleada por la ANC y Òmnium Cultural

independencia cataluña
Los pasados días 6 y 7 de septiembre, cuando seguía atónito las sesiones del Parlamento de Cataluña en la que se trató de legitimar una nueva e improvisada legalidad, recordé una reflexión de Elias Canetti en sus Apuntes, escrita en Londres y en 1942, cuando Reino Unido resistía a solas el imparable avance de Hitler en toda Europa: “Siempre que los ingleses atraviesan un mal momento, me embarga un sentimiento de admiración por su Parlamento. Éste es como un alma reluciente y sonora, un modelo representativo en el que, ante los ojos de todos, se desarrolla aquello que de otro modo permanecería secreto”. La admiración de Canetti por la indesmayable pervivencia de la vida parlamentaria británica, aun en uno de los periodos más oscuros de su historia, era el sentimiento opuesto a la vergüenza y la humillación que yo sentía en aquellos momentos como ciudadano de Barcelona, viendo cómo se violaban en directo mis derechos de representación en un acto dirigido por una presidente —tan ente es la mujer como el hombre— con vocación totalitaria y en connivencia con una mayoría absolutista.
Esos dos días en el Parlamento fueron el huevo de la serpiente de lo que estamos viviendo en Cataluña desde entonces y que no sabemos cómo puede acabar, si es que algún día acaba. Ahí se escenificó la batalla que se está librando —no solo en Cataluña sino en toda Europa— entre la democracia representativa y una supuesta democracia plebiscitaria de la que no sabemos nada, salvo que quiere instaurar una república de gente buena. La abstracción del pueblo —el Volksgeist— se ha puesto por encima del poder legislativo y del poder judicial, con un Ejecutivo que actúa como oráculo visionario de la voluntad demótica. A la espera de saber cómo se van a aplicar exactamente las medidas que Rajoy, al amparo del artículo 155 de la Constitución, ha elevado ya al Senado para restaurar el orden constitucional, los ciudadanos de Cataluña estamos viviendo un verdadero estado de excepción, zarandeados entre una paralegalidad promulgada y suspendida, pero amenazante, y otra vigente y constitucional que está aún en trámite. Recordemos que, inmediatamente después de llegar al poder, Hitler proclamó, el 28 de febrero de 1933, el Decreto para la protección del pueblo y del Estado que suspendía la Constitución de Weimar, un decreto que nunca fue revocado y que rigió en Alemania el estado de excepción durante 12 años.
Esa excepcionalidad se ha trasladado ahora a la calle, donde las voces del Parlamento han sido sustituidas por el clamor unánime de una “masa de acoso” —la expresión es, otra vez, de Canetti—, dirigida y espoleada por la ANC y Òmnium Cultural, las dos asociaciones que están tratando de escenificar la farsa de un “pueblo oprimido” contra un “Estado represor”. La operación es de una perversión moral absoluta. Una oligarquía política que lleva gobernando Cataluña desde hace 40 años se disfraza, con la ayuda teatral de la CUP, de pueblo asfixiado y, armada con un fenomenal aparato propagandístico que cuenta con la televisión, la radio y la escuela públicas, pretende poner en jaque al Estado de derecho. Los juristas nazis hablaban sin ambages de un gewollte Ausnahmezustand, un estado de excepción deliberado, con el fin de instaurar el Estado nacionalsocialista. Giorgio Agamben, el filósofo que con mayor ambición y rigor ha estudiado el fenómeno del estado de excepción como una de las prácticas de los Estados contemporáneos —la “abolición provisional de la distinción entre los poderes legislativo, ejecutivo y judicial”— ha dicho que el estado de excepción se presenta “como un umbral de indeterminación entre democracia y absolutismo”, exactamente lo que está instaurando Puigdemont en nombre de la democracia, la libertad y los derechos humanos.
Una oligarquía política que gobierna desde hace 40 años se disfraza de pueblo asfixiado
En Cataluña, el nacionalismo se mantuvo durante muchos años en un ámbito aparentemente simbólico, pero en realidad se iba haciendo carne por debajo del folclore. Y eso se ha visto estos días, de una manera trágica, en las escuelas. Un amigo me contaba desolado que el director del colegio de sus hijos había recibido la propuesta de sacar a los niños —escolares de nueve años— con las manos pintadas de blanco a protestar contra las cargas policiales del 1 de octubre. Me llamaba hace poco para lamentarse de que en el colegio de sus sobrinos se hubiera obligado a los alumnos a guardar cinco minutos de silencio por la legítima encarcelación de los señores Sànchez y Cuixart. Se trata de la imperdonable destrucción de la escuela como estatuto intermediario, como pedía Hannah Arendt, entre la vida familiar y la vida pública, la pausa de educación y pensamiento que precede a todo ejercicio responsable de la libertad.
Barcelona es en estos días una ciudad deprimida, políticamente desahuciada, con brotes de odio como nunca habíamos conocido. Por ello es más lamentable si cabe la ingenuidad de algunos políticos como Ada Colau o Pablo Iglesias, presuntos renovadores de la izquierda, que no han dudado en dar su apoyo a una propuesta totalitaria que amenaza con destruir nuestra vida social y nuestro orden político. No les ha bastado con defender, sin la más mínima reflexión seria al respecto, el referéndum como solución mágica a nuestros problemas, ignorando que el plebiscito nunca puede resolver problemas ab ovo y que, tal y como se expone en nuestros días, no es más que la adaptación política de los likes de Facebook, una manera pueril de simplificar brutalmente la enorme complejidad que encierran los sistemas políticos democráticos.
Ada Colau y Pablo Iglesias no han dudado en dar su apoyo a una propuesta totalitaria
En contra de lo que suele decirse, es mucho más frágil la libertad de pensamiento que la libertad de expresión, incluso en una democracia. Según cuenta en sus memorias, el editor Manuel Aguilar, encarcelado en Vallecas en otoño de 1936, se hacía la siguiente reflexión: “¿Dónde estaban el orden y la ley que debían garantizar la vida y la actividad de los ciudadanos? Al hacerme esta pregunta medí lo que habíamos perdido, de pronto, los españoles”. ¿Son conscientes los secesionistas y sus amigos de la nueva izquierda de todo lo que podemos perder? ¿Se han parado a pensar los independentistas a qué mundo están enviando a esos niños a los que obligan a manifestarse cuando ni siquiera han alcanzado la edad de conciencia? ¿Qué están, en realidad, defendiendo? Quizá es que, como dice un personaje de Faulkner, “cuando se tiene una buena dosis de odio, no hace falta la esperanza”.
Siempre recordaré, con emoción y agradecimiento, el coraje que mostraron los políticos de la oposición, sobre todo Inés Arrimadas, Miquel Iceta y Joan Coscubiela, los días 6 y 7 de septiembre. En su trabajo, a pesar del secuestro del Parlamento decretado desde entonces por la mayoría, sigue estando mi representación y mi esperanza. Ojalá que, después de las próximas elecciones, el Parlamento de Cataluña refleje de verdad la complejidad y la pluralidad de la sociedad catalana. A los señores Mas, Puigdemont, Junqueras y Turull, solo les deseo que, al final de este proceso, la vergüenza les sobreviva.
Andreu Jaume es editor y crítico literario.

La paciencia de los “malos catalanes


El País | Ignacio Martín Blanco
El pasado miércoles, 4 de noviembre, aparecía en El País mi artículo Provocación y deslealtad, en el que revelaba parte de lo que dijo Jordi Sánchez, presidente de la Asamblea Nacional Catalana (ANC), en una cena que tuvo lugar el 5 de octubre en un piso particular de Barcelona. Entre otras cosas, mi artículo denunciaba la estrategia del independentismo, cuyos líderes reconocen en privado la evidencia de que no cuentan con el suficiente apoyo popular para proclamar la independencia, pero siguen actuando en público como si de hecho la estuvieran proclamando. Su objetivo es provocar una reacción del Estado que nos lleve a un punto de no retorno, ya sea la aplicación del artículo 155 de la Constitución o la celebración de un referéndum de secesión impuesto por la comunidad internacional ante una situación de inestabilidad política insostenible generada a propósito por los propios independentistas. Esa es la lógica de la resolución aprobada ayer por el Parlament.
Mentiría si dijera que me sorprendió el revuelo que provocó el artículo. Por un lado, asumo las críticas por publicar algo que se dijo en una tertulia privada, pero tengo la conciencia tranquila porque sigo pensando que el interés general debe prevalecer sobre los compromisos individuales, máxime cuando entre lo que alguien con responsabilidades de gobierno dice en público y lo que dice en privado no es que haya diferencias de matiz, sino que existe un abismo de deslealtad y engaño. Parece que hay quien considera reprobable mi decisión de hacer pública la determinación constatada de unos representantes políticos decididos a malear la opinión pública y vaciar las instituciones de autogobierno mediante la aprobación de resoluciones inaplicables. Supongo que les parecería más digno que asumiera el papel de mero espectador de la odisea separatista que el guión del “procés” reserva a los catalanes no independentistas, y que me resignara a que los independentistas prosigan su travesía a Ítaca sin reparar en que en el barco de Cataluña viajamos todos los catalanes, independentistas o no.
Sánchez no es un cualquiera, no es un simple activista político, sino que es el presidente de una asociación que desde el 2012 se ha convertido en una suerte de Gobierno de Cataluña en la sombra, que ha condicionado sobremanera la política catalana a pesar de situarse más allá del control de las instituciones democráticas. En los últimos años los catalanes hemos asumido como si nada cosas tan anómalas como que el presidente de la Generalitat, Artur Mas, convocara en el Palacio de la Generalitat a la ANC -y a Òmnium Cultural- cada vez que se planteaba la necesidad de tomar decisiones de especial trascendencia, como la convocatoria de elecciones. Sin el beneplácito de la ANC, no hubiera habido elecciones catalanas el pasado 27 de septiembre. ¿Alguien se imagina que el presidente del Gobierno de España necesitara la aprobación de una asociación como, por ejemplo, la Fundación para la Defensa de la Nación Española para convocar elecciones generales? Así pues, no hay duda de que lo que diga el presidente de la ANC tiene interés público.
Por otro lado, más allá de los aplausos y los silbidos públicos, he recibido con satisfacción multitud de llamadas y mensajes de amigos, conocidos y saludados, la mayoría de los cuales ciudadanos catalanes que me agradecen que haya puesto negro sobre blanco la estrategia independentista. Algunos me dicen que ellos también han oído a otros líderes independentistas decir cosas parecidas, reconocer en privado que no tienen suficiente apoyo popular para culminar su proyecto rupturista, pero que deben seguir actuando como si lo tuvieran para provocar la reacción del Estado, seguir pedaleando porque si no, la bicicleta se cae antes de llegar a la siguiente meta volante. Van de farol en su desafío al Estado, es cierto, pero no porque no quieran sino porque saben que no pueden y, conscientes de su debilidad relativa, han decidido forzar la máquina y que salga el sol por Antequera.
De un tiempo a esta parte los independentistas se han autoerigido en representación exclusiva y abusiva de los intereses de Cataluña, y eso es con toda seguridad lo que explica que utilicen impunemente ese doble lenguaje que denunciaba en mi último artículo. De ahí, también, que manifiesten como si tal cosa su voluntad de proclamar la independencia contra la Constitución y el Estatut ¡con el apoyo del 48% de los catalanes!, dejando claro que la desconexión aprobada ayer no será con el resto de España, sino directamente con la realidad. Tan convencidos están de que Cataluña les pertenece que se permiten airear su deslealtad para con la mayoría de sus conciudadanos incluso ante alguien como yo, que llevo desde el inicio de este fatigoso proceso defendiendo en público y en privado la concordia entre los catalanes y la unión entre todos los españoles. Pero, cuando llevas tres años dividiendo la sociedad catalana entre buenos y malos catalanes y actuando como si los no independentistas no existiéramos, deberías contemplar al menos la posibilidad de que a alguno de esos “malos catalanes” no independentistas, harto de tanta deslealtad, se le acabe la paciencia y decida asumir los riesgos de romper en algún momento la espiral del del silencio